Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Besos de sal

ADRIAN

El grillete pesa más de lo que debería. No por el material, sino por lo que implica.

Lo sostengo entre las manos y siento cómo me tiembla el pulso, aunque no dejo que se me note.

El viejo me observa con calma, como si ya hubiera visto este gesto mil veces en otros hombres que creían estar preparados.

Nunca lo estamos. Elara no aparta los ojos del objeto.

No hay desafío en su mirada ni provocación; solo una calma tensa, antinatural, como la del mar justo antes de una tormenta.

—Explícamelo otra vez —digo—. Despacio.

El viejo asiente.

—El grillete se alimenta de lo que la habita —dice—. Las voces quedarán atrapadas en un bucle. No podrán tomar el control de su cuerpo… pero intentarán romperla desde dentro. Usarán recuerdos. Culpa. Deseo. Todo lo que tengan a mano.

Aprieto la mandíbula.

—¿Y qué pasará con ella?

—Ella sentirá cada batalla —responde—. Pero seguirá siendo ella. Mientras resista.

Miro a Elara. Sus muñecas aún están marcadas por las cadenas del camino. Sus ojos están clavados en los míos, como si me pidiera permiso para existir un poco más.

—¿Cuánto tiempo? —pregunto.

—Hasta que no le haga falta —contesta el viejo—. O hasta que uno de los dos muera.

Elara cierra los ojos con fuerza y da un paso atrás. Otro.

—No las escuches —digo con la voz rota—. Si empiezas a dudar… ya habrán ganado.

Me acerco despacio.

—Mírame —le pido.

Abre los ojos. Ahí está: la verdadera Elara. Cansada, asustada, pero aún en pie.

—Confía en mí —le digo—. Esta vez… de verdad.

Asiente una sola vez. Me arrodillo frente a ella y tomo su muñeca con cuidado, como si fuera de cristal. El metal frío del grillete roza su piel y ella se estremece. Cierro el mecanismo con un sonido metálico seco y retiro las cadenas que le puse esta mañana.

Elara se arquea con un jadeo ahogado, como si algo quisiera atravesarle el pecho desde dentro.

—¡Adrian! —me llama, clavándome las uñas en el antebrazo—. No me dejes.

Rodeo su cintura con los brazos mientras su cuerpo tiembla. No la dejo caer. No la dejo sola ni un segundo.

—Estoy aquí —repito—. Te tengo.

El viejo se aparta, respetuoso.

—Esta noche será la peor —dice—. Aún hay esperanza.

Elara apoya la frente contra mi pecho. Su respiración es irregular. Siento el latido desbocado de su corazón golpeándome las costillas.

—Dicen que vas a cansarte —susurra—. Que me dejarás cuando empiece a suplicar de verdad.

Bajo la cabeza hasta apoyar mi frente en la suya.

—Que digan lo que quieran —responde—. Ya no deciden.

La abrazo más fuerte. Fuera, el viento empieza a golpear la casa. Isla Blanca cruje como si también nos escuchara. Mientras sostengo a Elara entre mis brazos, entiendo que salvarla no va a costarme la vida: va a costarme cada parte de mí que aún no ha aprendido a sangrar.

El viejo no dice nada durante un buen rato. Se limita a observarnos desde el otro extremo de la estancia, apoyado en su bastón de hueso pulido, como si estuviera decidiendo si seguimos siendo personas… o solo restos arrastrados por la marea.

La casa cruje con el viento nocturno. Huele a hierbas secas, a sal y a humo antiguo. Elara se duerme por fin, agotada, en un jergón junto al fuego. No ha tenido un sueño tranquilo, pero al menos no ha gritado. Eso ya es una victoria.

—Podéis quedaros —dice al fin el viejo—. Una noche.

—Gracias —responde—. No molestaremos.

El anciano me mira con su ojo blanco y lechoso.

—No dormirás —dice—. Los que vigilan a los suyos nunca lo hacen.

No lo niego. Me siento frente al fuego, a una distancia prudente. Él se mueve despacio y se sienta también, al otro lado de las llamas.

—Dijiste que sobreviviste al Mapa —le digo directamente—. Nadie lo hace.

Una sonrisa torcida se dibuja en su boca.

—Nadie debería —corrige—. Pero el mar no siempre se cobra sus deudas de inmediato. —El silencio cae pesado entre nosotros—. Sobreviví porque no luché contra el poder. Porque entendí demasiado tarde que el Mapa no quiere sangre… quiere que elijas.

Levanto la vista.

—Explícate.

—El Mapa no maldice a quien lo toca —continúa—. Maldita está ya la persona que lo abre. El Mapa solo escucha lo que llevas dentro… y te lo devuelve amplificado.

Mi estómago se tensa.

—Entonces… Elara…

—Ya tenía algo antiguo —interrumpe—. Algo que nació con ella. Algo que encontró un espacio cuando el mar la rompió por dentro.

Aprieto los puños.

—¿Y tú? —insisto—. ¿Qué te dio el poder a ti?

El viejo alza la mirada. Por primera vez, algo parecido al miedo cruza su rostro.

—Me ofreció descanso —responde—. Me prometió silencio. Que ya no tendría que seguir luchando. Que podría dejar de resistir.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Y por qué no aceptaste?

Su risa es seca, sin humor.

—Porque ya había aceptado una vez —dice—, y aprendí que todo lo que te promete el mar… te lo cobra con intereses.

Miro a Elara; dormida parece tan frágil.

—¿Se puede romper? —pregunto—. La maldición.

El viejo guarda silencio.

—No como esperas —responde al fin—. No puedes arrancársela, y de nada sirve que la encierres.

—Entonces dime cómo —digo, con la voz baja pero firme—. Porque no pienso perderla.

El anciano me observa, como si midiera mis palabras.

—Mañana —dice—. Cuando salga el sol y ella despierte… hablaremos del origen. De las voces. Y del precio.

Se levanta con esfuerzo y se dirige a una puerta lateral. Antes de desaparecer, se detiene.

—Pero escucha bien, muchacho —añade—: sobrevivir no significa vencer. A veces solo significa aprender a convivir con el monstruo… sin dejar que te convierta en uno.

Me quedo mirando la puerta por donde se ha marchado durante unos minutos. Me incorporo, salgo un momento de la casa del viejo y cierro la puerta con cuidado a mi espalda. El aire de fuera se siente más frío. Camino unos pasos hasta donde está Jareck con el resto de la tripulación.

—Jareck —digo, mirándolo directamente a los ojos—.

Cambio de planes. Nos quedamos aquí esta noche.

La casa es segura… por ahora. —Escucho a uno de los hombres murmurar algo incómodo, pero no le doy importancia—.

Vosotros volvéis al barco. Necesito que lo vigiléis y que todo esté listo por si tenemos que zarpar rápido al amanecer.

Jareck cruza los brazos.

—¿Y tú? —pregunta.

—Yo me quedo —digo sin vacilar—. Tengo que hablar con el viejo. Hay algo que no me encaja.

El silencio pesa unos segundos. Al final, Jareck asiente lentamente.

—Está bien. Pero si no apareces al amanecer…

Esbozo una leve sonrisa.

—Apareceré. Ahora, moveos.

Empiezan a marcharse, todavía con dudas.

Jareck es el último en irse; se detiene un instante, mira la casa…

y luego desaparece en la oscuridad. Respiro hondo y me doy la vuelta.

Sin pensarlo más, vuelvo a entrar. Cierro la puerta con cuidado y regreso junto al fuego, con el sonido del mar colándose por las rendijas.

Miro a Elara: su precioso rostro, su cabello largo y negro como la noche, sus labios rosados.

Aún recuerdo la primera vez que la besé.

Hace diez años...

El Viento Gris llevaba meses navegando con nosotros a bordo.

Ya no éramos los recién llegados; ya no nos miraban como intrusos.

Habíamos demostrado que sabíamos trepar, pelear, resistir tormentas y guardar silencio cuando era necesario.

Pero había algo que no sabíamos manejar: lo que estaba creciendo entre nosotros.

Fue después de una travesía larga hacia el sur.

El mar había estado inquieto durante días, y cuando por fin amainó, la tripulación cayó rendida como si alguien hubiera cortado los hilos que nos mantenían en pie.

Yo no podía dormir. Subí a cubierta y la encontré allí, sentada sobre un barril, con una aguja gruesa remendando una vela rasgada. La luna iluminaba su perfil.

—¿No crees que eso puede esperar al amanecer? —pregunté.

Sin mirarme, respondió:

—El viento no espera a que descansemos.

Me apoyé en la barandilla.

—Tú tampoco.

Ella bufó, pero no dejó de coser. Había algo distinto entre nosotros desde hacía semanas.

No era solo la confianza que habíamos forjado; era esa tensión que aparecía cuando nuestras manos se rozaban al tomar la misma cuerda.

Cuando entrenábamos demasiado cerca. Cuando uno buscaba al otro con la mirada sin darse cuenta.

La observé en silencio. Su cabello recogido de cualquier manera.

Las manos firmes pese al cansancio. Una pequeña cicatriz nueva en el antebrazo, recuerdo de una pelea en el último puerto.

—Te estás quedando atrás, marinero —dijo de pronto.

—¿En qué?

Ahora sí me miró.

—Antes eras más rápido a la hora de replicar.

Sonreí ante su respuesta.

—Antes no tenía que pensar antes de hablar.

Se quedó quieta un segundo.

—¿Y ahora sí?

Asentí con timidez. El viento movió la vela suelta, golpeando suavemente el mástil.

—Eso es peligroso, Adrian —murmuró.

—¿Pensar?

—Dudar.

No era una conversación sobre cuerdas ni viento. Me acerqué un poco más.

—Yo no dudo en cubierta —dije.

—No hablo de la cubierta.

El silencio se hizo más denso. Podía escuchar el mar golpeando suavemente el casco. La respiración de ambos era demasiado rápida.

—No quiero estropear lo que tenemos —añadió ella.

Lo dijo con miedo, y yo me quedé petrificado. Me senté frente a ella con curiosidad.

—¿Y qué tenemos? —pregunté. Necesitaba saber la respuesta.

La aguja quedó suspendida en el aire.

—Una alianza que funciona. Confianza.

—Eso no se rompe tan fácil —murmuré.

Ella me sostuvo la mirada unos segundos.

—Todo se puede romper fácilmente si no sabes cómo cuidarlo, Adrian.

Extendí la mano sin pensar y aparté un mechón de cabello que el viento había soltado sobre su rostro. El gesto fue pequeño, pero el mundo pareció detenerse. Su respiración cambió y la mía también.

—Si cruzas esa línea —dijo en voz baja—, no habrá vuelta atrás.

No apartó la cara.

—No quiero volver atrás —respondí con total sinceridad.

Ella dejó la aguja a un lado.

—Eres un problema —susurró.

—Lo sé.

—Y yo no necesito problemas —dijo posando su mirada en mis labios.

—Yo tampoco.

Fue ella quien finalmente cerró la distancia.

Se inclinó hacia delante y posó sus suaves labios sobre los míos.

Fue un beso lento, como si ambos estuviéramos comprobando que el otro era real.

Su mano se apoyó en mi pecho; la mía en su cintura.

El barco crujió bajo nosotros como si protestara por el cambio. Nos separamos unos centímetros.

—Si esto sale mal —murmuró—, trabajamos en el mismo barco.

Sonreí, apoyando mi frente contra la suya.

—Entonces más vale que lo hagamos bien.

Ella soltó una risa nerviosa.

—No prometo ser fácil —sentenció.

—Nunca lo has sido.

Cuando finalmente nos apartamos, el mar seguía allí. Éramos dos personas que se habían elegido. Y en el mar, donde todo puede perderse en una tormenta, elegir a alguien es el acto más arriesgado de todos.

El sonido de las ascuas del fuego me trae de vuelta al presente. Tengo miedo de perderla… y de lo que tendré que sacrificar para que siga viva.