CAPÍTULO 11
Grilletes
ELARA
El interior de la casa es más grande de lo que parece desde fuera. Cada pared está cargada con símbolos, huesos blanqueados por el salitre, amuletos hechos con dientes, conchas rotas y trozos de madera que seguramente una vez fueron barcos.
Barcos muertos.
Las voces se retuercen dentro de mi mente.
—Aquí no podemos quedarnos. Aquí no tenemos poder.
Eso me irrita y me asusta al mismo tiempo. Adrian me hace avanzar un paso más. El choque de las cadenas resuena por toda la estancia. El viejo no las mira; me mira a mí directamente. Sin miedo, sin deseo y sin compasión. Eso sí que es peligroso.
—No hace falta que la ates más —dice el viejo pirata, dándose la vuelta—. Si quisiera matarnos, ya estaríamos todos muertos.
—No sabe lo que puede hacer —responde Adrian—. Ni ella misma lo sabe.
—Oh, sí lo sabe —contesta el viejo—. Lo que pasa es que no siempre es ella la que decide.
Suelto una risa seca.
—Qué listo eres, ¿no? —digo—. ¿Eso lo has leído en mis ojos o te lo han contado los fantasmas?
El hombre se detiene frente a una mesa cubierta de mapas antiguos. Uno de ellos está quemado por los bordes. Reconozco las líneas incluso antes de querer hacerlo. Las voces chillan.
—No lo toques. No lo recuerdes.
—Sobreviví porque entendí una cosa —dice el viejo sin mirarme—. El mapa no maldice a los fuertes. Maldice a los que desean poder sin medida.
Adrian se tensa detrás de mí.
—Ella no buscaba poder —dice—. Buscaba respuestas.
El viejo sonríe con tristeza.
—Eso es lo que todos decimos.
Se vuelve hacia mí por fin y se acerca despacio. Cada paso suyo hace que algo dentro de mí se revuelva, como un animal atrapado que intenta escapar.
—Mírame, muchacha —ordena.
No quiero hacerlo, pero mis ojos lo hacen igualmente. Y entonces ocurre. No me mira a mí. Mira a las voces. Mira los hilos negros enredados en mi pecho, en mi garganta, en mi cabeza. Ve los recuerdos que no son míos. Los futuros que no deberían existir. Retrocede un paso.
—Estás marcada hasta el hueso —murmura—. No estás poseída del todo. Estás… compartida.
—Compártela —se burlan ellas—. Como se compartía el botín.
Aprieto los dientes.
—Sácamelas —escupo—. O mátame. Pero deja de de mirarme como si ya estuviera muerta.
El silencio que sigue es brutal. Adrian da un paso adelante.
—Haga lo que tenga que hacer —dice—. Yo me quedaré con ella.
El viejo niega despacio.
—No —responde—. Si te quedas, ella no sobrevivirá. Y si te vas… quizá tampoco. Pero esto —señala el espacio entre los dos— es un ancla. Y las anclas también hunden barcos.
Las voces se ríen.
—Elige. Hazle elegir.
Siento el temblor en las manos de Adrian a través de la cadena. Por primera vez desde que llegamos, algo se quiebra dentro de mí.
—No —susurro, casi sin voz—. No me apartes de él.
El viejo me observa un largo rato.
—Veo que esta vez hablas tú —dice—. No ellas.
Asiento, tragando saliva.
—Si me dejas sola… —mi voz se quiebra— ganarán.
Adrian me mira como si acabara de volver de la muerte.
—No te voy a dejar —dice—. Ni aunque me cueste el alma.
El viejo suspira.
—Entonces escucha bien, capitán —dice—, porque lo que voy a decirte no te va a gustar.
Camina hacia una estantería y saca un objeto envuelto en tela oscura. Al descubrirlo, el aire se vuelve más frío. Un grillete antiguo de hierro viejo.
—Esto no le hará daño, tranquilo —explica—. Esto encierra lo que intenta devorarla. Pero cada noche que lo lleve… ella sentirá lo que sienten las voces. Hambre. Miedo. Dolor.
—No —dice Adrian de inmediato.
—Sí —responde el viejo—. Porque la otra opción es esperar a que ellas aprendan a usar su cuerpo mejor que ella misma.
Las voces guardan silencio. Por primera vez… no se burlan. Miro el grillete. Y luego a Adrian.
—Hazlo —digo—. Antes de que no pueda pedírtelo.
El silencio que cae sobre la casa es tan pesado que me duele al respirar. Y sé, con una certeza helada, que lo peor de la maldición no es lo que me está haciendo a mí. Es lo que va a obligar a hacer a Adrian para salvarme.