Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Herencias malditas

ADRIAN

Isla Blanca aparece en el horizonte. El mar se vuelve opaco de repente, como si alguien hubiese borrado la profundidad con cal. Luego llega la bruma: espesa, inmóvil, antinatural. No se mueve con el viento, y el casco la atraviesa con un sonido apagado.

—¡Tierra a la vista! —grita uno de los hombres.

Bajo corriendo a la bodega. Elara está de pie; no se ha sentado desde hace horas.

Las cadenas que rodean sus muñecas están ancladas al aro del suelo.

No porque intentase escapar, sino porque hoy…

hoy no es ella. Esta mañana, al intentar sacarla del calabozo, he tenido que encadenarla para evitar que se hiciera daño.

Estaba fuera de sí: gritando, arañándose la cara y tirándose del pelo.

Levanta la cabeza cuando entro y sonríe con malicia.

—¿Qué pasa, capitán? —pregunta—. ¿Has venido a hablar o sigues fingiendo que tienes control sobre todo esto?

No respondo. Me acerco despacio. Cada paso es una negociación con la violencia.

—No vamos a hablar de nada —le digo—. Camina.

—¿Y si no quiero? —inclina la cabeza—. ¿Vas a arrastrarme como hacían contigo?

Ahí está. Esa voz que no es suya. No reacciono a su pregunta; no pienso darle ese placer. Le coloco las cadenas de muñeca a muñeca, cortas. Me duele en el pecho tener que hacer esto, pero son necesarias.

—No te debo explicaciones —respondo—. Obedece.

Se ríe con una risa sucia y rota.

—Te encanta decir eso —susurra—. Te hace sentir poderoso. Seguro que a él también.

La ignoro. La levanto con firmeza. Su cuerpo está tenso, parece un animal enjaulado. Cuando subimos a cubierta, la bruma nos envuelve al instante. La tripulación no nos mira. Nadie hace preguntas. Saben que hoy no es un buen día. Desembarcamos; la arena cruje bajo mis botas como sal gruesa.

—Qué sitio tan bonito, me encanta —dice ella—. Es ideal para enterrar secretos… o capitanes.

Tira de las cadenas y la fulmino con la mirada.

—Camina —ordeno.

—¿Te das cuenta de que podría salir corriendo? —continúa—. Y decirles a todos quién eres. Lo que llevas dentro. Lo que hiciste para sobrevivir.

Ignoro sus palabras, aunque me golpeen como látigos.

El pueblo aparece entre la bruma: casas bajas de piedra blanca manchada de salitre. Ventanas sin cristal. Puertas abiertas, pero nada acogedoras. La gente nos observa con curiosidad, pero sin asombro. Es como si ya supieran por qué estamos aquí.

Elara se inclina hacia mí mientras caminamos.

—¿Sabes lo que va a pedirte? —susurra—. ¿Sabes qué precio cobran los que sobreviven a lo imposible?

Aprieto la cadena. Estoy a punto de perder la poca paciencia que me queda.

—Cállate.

—Oh, Adrian… —dice—. Si supieras lo poco que me queda para dejar de fingir que quiero salvarme.

Nos detenemos frente a una casa aislada al final del pueblo.

No tiene símbolos ni adornos. Solo una puerta de madera vieja y marcas en el marco; marcas hechas por uñas humanas.

Me giro despacio y hago un gesto con la mano a Jareck y los demás para que se queden allí.

Levanto la mano para llamar a la puerta, pero antes de hacerlo, Elara habla una última vez.

Esta vez, con una crueldad limpia y precisa:

—Cuando todo esto termine, capitán —dice, marcando cada palabra—, o me matas… o me pierdes.

Cierro los ojos un momento y, cuando los abro, golpeo la puerta. Desde dentro, una voz anciana responde, grave y sin sorpresa:

—Pasa, capitán. La isla ya te ha visto llegar.

Aprieto más fuerte las cadenas. No suelto a Elara porque sé que, si lo hago, no volverá conmigo.

La puerta se abre y el hombre que aparece no parece un pirata, ni siquiera un anciano común.

Es alto, demasiado recto para su edad. Tiene la piel curtida hasta parecer cuero viejo blanqueado por la sal.

Le falta un ojo y el otro casi no parpadea.

Lleva el torso desnudo, cubierto de cicatrices que no siguen un orden: cortes, quemaduras, marcas que reconozco aunque me niegue a hacerlo. Marcas de ritual o de castigo.

—Pasa —dice—. Y tráela contigo.

No pregunta quién soy ni qué quiero, y eso me desconcierta. Entro. El interior de la casa huele a humo frío, a hierbas secas y a sangre vieja. No hay altares. Solo cuerdas colgadas del techo, recipientes de hueso y símbolos grabados directamente en la madera del suelo…

Elara se detiene en seco al cruzar el umbral. Las cadenas tintinean.

—No —dice con una voz que no es suya—. No quiero entrar aquí.

El hombre sonríe.

—Así que tú eres el recipiente —murmura—. Pensé que pondrías más resistencia.

Ella tira de la cadena con fuerza.

—¡No le hables! —gruño.

El hombre me mira por primera vez.

—¿Crees que ella no me escucha? —pregunta—. Lo que vive dentro de ella me conoce mejor que yo.

Se acerca despacio a Elara. Ella retrocede un paso… y luego se queda quieta, rígida, como si algo la hubiera clavado al suelo.

—Huele a mapa roto —dice él—. A promesa incumplida. A poder arrancado sin permiso. —Le levanta el mentón con dos dedos—. Y huele a amor —añade—. Eso es lo que más duele al final.

—Apártate de ella —ordeno.

Ríe. Una risa seca y sin humor.

—Capitán… tú no has venido a dar órdenes. Has venido a pagar. —Se gira hacia mí lentamente—. Yo sobreviví al Mapa porque no pedí controlarlo. Lo dejé entrar… y luego lo encerré.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Encerrarlo dónde?

Señala mi pecho.

—Aquí —dice—. Donde ya sabes cómo se hace.

Elara gime de dolor.

—No… —susurra ella—. No le digas nada.

El hombre ladea la cabeza.

—¿Ves? Ella lo sabe. El poder no la eligió por casualidad. La eligió porque tú estabas cerca.

Aprieto los puños.

—¿Puedes salvarla? —pregunto—. Dímelo claro.

El anciano me observa un largo rato. Demasiado largo.

—Salvar… —repite—. Qué palabra tan limpia para algo tan sucio. —Camina hasta una mesa baja y apoya las manos sobre ella—. Puedo enseñarte a romper la maldición, pero no sin crear otra.

—¿Cómo?

Me mira sin pestañear.

—La jaula no será para ella.

Elara me mira; me mira de verdad. Por primera vez hoy… es ella.

—Adrian… —susurra—. No.

El hombre sonríe.

—Si lo encierras, ella vive. Si no lo haces… el poder la consumirá y vendrá por ti después.

Trago saliva.

—¿Encerrarlo dónde?

La respuesta cae sobre mí como una sentencia:

—En alguien que ya sabe cómo sobrevivir en la oscuridad.

El silencio se vuelve insoportable.

—No… —digo—. Buscaremos otra forma.

El anciano niega despacio.

—No la hay.

Elara tira de la cadena hasta que sus muñecas sangran.

—¡No lo hagas! —grita—. ¡Prefiero perderme!

Me acerco a ella y le sujeto las manos. La sangre me mancha los dedos.

—Mírame —le digo—. Todavía no he aceptado nada.

El hombre se aleja hacia las sombras de la estancia.

—Piensa rápido, capitán. Isla Blanca no concede segundas visitas.

La puerta se cierra sola detrás de nosotros. Y en ese instante entiendo la verdad más cruel de todas: No he venido a salvarla. He venido a decidir quién paga el precio. Y esta vez… el Mapa no quiere sangre ajena.