CAPÍTULO 9
El despertar de la bestia
ELARA
Abro los ojos y el techo de madera me devuelve la mirada, pero esta vez no me aplasta.
Giro un poco la cabeza y lo veo: dormido, con el ceño relajado, sin las arrugas constantes que suelen acompañarlo.
Me permito observarlo unos segundos más de lo necesario.
Cuando se mueve, me quedo quieta, temiendo romper este momento.
—Buenos días, mi capitana —murmura, aún con la voz cargada de sueño.
Sonrío antes de poder evitarlo.
—Sigues aquí, marinero.
—Te dije que no me marcharía —responde, abriendo los ojos.
Se incorpora un poco y apoya la frente en la mía. El gesto es simple, pero me encoge el corazón de una forma nueva.
—¿Cómo están las voces hoy? —pregunta en voz baja.
Intento escuchar dentro de mí. Noto movimiento, pero no oigo nada.
—Calladas —digo—. Como si también se estuvieran despertando.
Asiente, pensativo. Luego respira hondo, como si hubiera tomado una decisión importante.
—Elara… hoy salimos de aquí.
Mi cuerpo se tensa de inmediato.
—¿Cómo?
—Vamos a Isla Blanca .
Ese nombre cae pesado entre nosotros. Lo conozco. Todos lo conocen. Un lugar rodeado de sal, supersticiones y restos de historias que nadie terminó de contar.
—Hay un hombre allí —continúa—. Un pirata. El único que sobrevivió a una maldición como la tuya.
El silencio se rompe en mi interior.
—¿Lo ves? Te quiere llevar donde empezó todo. Isla Blanca huele a muerte. Y nosotras no sobrevivimos dos veces.
Me llevo una mano al pecho, conteniendo el aliento. Las voces se superponen, afiladas, urgentes. Me dicen que es una trampa. Que él no volverá conmigo. Que yo no volveré a este barco. Adrian lo nota al instante. Se acerca con firmeza.
—Elara —dice, sosteniendo mi barbilla—. Mírame.
Lo hago. Me aferro a sus ojos azules como si fueran un ancla.
—Tranquila —continúa—. Yo estaré contigo en todo momento.
Las voces se ríen en voz baja, crueles.
—Te va a abandonar cuando vea lo que llevas dentro. Nadie vuelve de Isla Blanca intacto. La maldición siempre gana.
Aprieto los dientes. Respiro. Una vez. Dos.
—Tienen miedo —susurro, más para mí que para él.
—¿Las voces?
Asiento.
—Eso puede ser buena señal —dice con suavidad—. Significa que algo puede cambiar.
Apoya su mano sobre la mía, anclándome al presente.
—No te prometo que será fácil —añade—. Pero te prometo que, pase lo que pase en esa isla, lo enfrentaremos juntos.
Las voces gritan. Se agitan. Me insultan y amenazan. Pero bajo todo eso, pienso que hay algo nuevo: esperanza.
—Está bien —digo al fin.
El nombre de la isla sigue vibrando dentro de mí incluso después de decirlo en voz alta. Isla Blanca. Ahora cuchichean entre ellas, calculan y afilan recuerdos como cuchillos viejos.
—Allí empezó. Allí morimos una vez. Él no sabe lo que dice.
Me incorporo despacio. El calabozo vuelve a mostrarse tal como es: húmedo, estrecho, implacable. Pero algo en mí ya no encaja del todo con este lugar. Adrian se levanta conmigo. Me ofrece la manta y la coloca sobre mis hombros con cuidado.
—Quiero que estés preparada —dice.
—¿Preparada para qué? —pregunto, aunque creo saber la respuesta.
—Para escuchar cosas que no van a gustarte —responde—. Para que las voces intenten convencerte de volver atrás.
Las voces reaccionan al oír que las nombra.
—No le digas nada. Él no sobreviviría a la verdad. La maldición no se explica. Se hereda.
Me llevo una mano a la sien. El murmullo me atraviesa como una marea.
—Han vuelto —admito.
Adrian no se tensa, solo asiente.
—¿Qué dicen?
Dudo. Siempre dudan de mí cuando hablo por ellas. Pero esta vez no quiero esconderme.
—Que me vas a tender una trampa —responde—. Que tú… —trago saliva— no volverías igual.
Él me mira unos minutos y luego sonríe despacio.
—Probablemente tengan razón en una cosa —dice—. No volveremos iguales. —Se acerca un poco más—. Pero no todos los cambios tienen que ser una pérdida.
Las voces sisean, irritadas.
—Te está manipulando. Quiere lo que tú llevas dentro. La maldición siempre se cobra algo.
Cierro los ojos un instante y respiro como me enseñó: contando, sintiendo el suelo bajo mis pies y el peso real de mi cuerpo.
—No quiero obedecerlas —digo, más firme de lo que esperaba, intentando que no apaguen mi voluntad.
Cuando abro los ojos, Adrian sigue ahí. No ha dado ni un paso atrás.
—Vamos —me dice, ofreciéndome su mano.
La puerta del calabozo se abre poco después. La luz de la mañana entra como una herida blanca, demasiado brillante, demasiado real. Las voces se encogen ante ella.
—La luz no es para nosotras.
Pero para mí sí.