CAPÍTULO 8
Bienvenido a la libertad
ADRIAN
La abrazo como si el mundo pudiera romperse si la suelto.
Elara está contra mi pecho y siento cada pequeño movimiento de su cuerpo, cada respiración que busca acompasarse con la mía.
El calabozo sigue siendo el mismo lugar miserable, pero ahora mismo no me importa.
No escucho nada más que a ella. Su calor es real y me ancla al presente.
He pasado demasiadas noches fingiendo que no me importa, que nada me duele, pero esta noche no quiero hacerlo.
Esta noche la dejo quedarse conmigo tanto como yo me quedo con ella.
Mi mano recorre su espalda despacio, recordando por dónde se tensa y por dónde se relaja.
Cada reacción suya me importa más de lo que debería admitir.
Cuando levanta la cabeza y me besa, siento el peso exacto de mi decisión.
No entré aquí con ella por impulso; fue por elección.
Siempre la elegiré a ella. Aunque me destruya.
La vuelvo a besar con cuidado. Su forma de responder no es urgente, pero sí honesta, y eso me atraviesa el alma más que cualquier deseo inmediato.
Apoyo mi frente en la suya y respiro su aire.
—Estaré aquí —le digo otra vez, porque necesito que lo sepa incluso si mañana lo duda.
Sus manos se aferran a mí con una necesidad silenciosa que no pide nada más que presencia.
No me pide que la salve; me pide que no me vaya.
Y eso… eso sí puedo hacerlo. La acerco un poco más.
Siento cómo su cuerpo cede, no por debilidad, sino por confianza.
Es un peso ligero y absoluto al mismo tiempo.
—No tienes que esconderte conmigo —murmuro—. Ni ser otra.
La siento asentir contra mi pecho. Las voces —esas malditas sombras que la persiguen— parecen más lejanas desde aquí. Como si no supieran cómo atravesar esto. Como si no supieran qué hacer con alguien que se queda con ella.
Mi pulgar dibuja un movimiento lento, casi inconsciente, sobre su brazo. Me doy cuenta de que también yo me estoy calmando. De que cuidarla también me sostiene a mí.
—Gracias —me dice en un susurro apenas audible.
La abrazo un poco más fuerte, lo justo para que lo sienta sin perderse. Para que sepa que no se va a quedar sola en la oscuridad que quiere arrebatármela. Se queda profundamente dormida en mi pecho y mi mente vuelve a viajar al pasado mientras me traga la oscuridad del calabozo...
Hace diez años...
Cuando regresé al barco de mi padre esa noche, fui directo a mi camarote.
Empaqué lo mínimo. Dejé el anillo con el emblema familiar sobre la mesa y me fui sin escribir ninguna nota de despedida.
Al alba, el puerto estaba cubierto de neblina.
El Viento Gris no era imponente. No tenía velas perfectas ni madera reluciente.
Era un barco de exploradores. De los que sobreviven por esfuerzo y no por su apellido.
Ella ya estaba allí. Apoyada en la pasarela, sin equipaje, con el pelo ondeado por la brisa de las primeras horas de la mañana, y se miraba las manos con nerviosismo.
—Pensé que no vendrías —dijo al verme llegar.
—Yo también pensé que no estarías aquí.
La sonrisa que salió de sus labios hizo que me diera un vuelco el corazón.
Subimos al barco sin mirar atrás. El capitán del Viento Gris nos evaluó con una sola mirada.
—¿Sabéis trabajar? —nos preguntó.
—Sí, señor —respondimos al mismo tiempo.
No preguntó más. Cuando el barco zarpó y el puerto empezó a alejarse, sentí algo que nunca había sentido en la nave de mi padre: paz.
No tenía rango. No tenía privilegios; solo tenía ampollas nuevas en las manos y sal en el cabello.
La miré mientras ajustaba una cuerda con una concentración feroz.
El barco avanzó. Atrás quedó el puerto. Atrás quedó el estandarte de mi padre.
Atrás quedó la vida que me asfixiaba. Cuando finalmente estuvimos lo bastante lejos, el silencio del mar nos envolvió.
Nos miramos durante unos minutos. Éramos dos jóvenes sin flota.
Sin permiso. Sin respaldo. Pero con un nuevo barco bajo los pies.
—Bienvenido a bordo, marinero —dijo ella divertida, apoyándose en la barandilla.
Miré el horizonte abierto. Por primera vez, no sentí el peso de mi apellido.
—No —respondí—. Bienvenido a la libertad.
Mis recuerdos se evaporan cuando pienso en esa palabra...
Eso era lo que ella siempre me había hecho sentir: libertad. Y ahora yo se la estaba quitando. No sé qué pasará cuando amanezca. Solo sé que mientras respire, mientras yo esté aquí, no voy a dejar que la noche la devore. Porque cuidar de ella también me salva a mí.