CAPÍTULO 7
Rumbo a Isla Blanca
ELARA
Cada vez que tomo aire, las paredes del calabozo parecen acercarse un poco más a mí.
Las voces aún no han empezado, pero las siento agazapadas, esperando el momento exacto en que el silencio se vuelva demasiado pesado para comenzar a salir.
Estoy sentada en el catre, con las rodillas al pecho y la cabeza enterrada en ellas, cuando me parece escuchar unos pasos.
No levanto la cabeza; temo equivocarme, pero entonces la puerta se abre y el aire cambia.
Siempre cambia cuando es él. Adrian entra sin hacer ruido; trae una manta bajo el brazo y, en la otra mano, un plato con algo de comida.
—Vengo a quedarme —dice, simplemente.
Levanto la vista, pero no me muevo.
—He traído algo para que comas —añade.
La presión en mi pecho se afloja un poco.
No me atrevo a sonreír. Se sienta a mi lado y el frío de la estancia retrocede, como si su cuerpo lo empujara.
Cuando me mira, no busca mis heridas ni mis fallos.
Me mira como si yo siguiera entera. Como si siguiera siendo yo.
Las voces empiezan a susurrar, molestas.
Me dicen que no durará mucho. Que nadie se quedará conmigo.
Deja el plato sobre el colchón, a una distancia prudente, como si acercarse más pudiera romper algo invisible entre los dos. Luego apoya la espalda contra la pared.
—No tienes que confiar en mí si no quieres —añade—. Pero deberías comer.
Miro el plato unos segundos y luego a él.
—¿Por qué? —pregunto con desconfianza.
—Porque necesitas fuerzas.
Me arrastro un poco hacia el plato. No dejo de mirarle mientras lo hago. Cojo un trozo de pan. Me lo acerco a la boca y doy un bocado pequeño, como si esperara que algo pasara después, pero no pasa nada. Adrian no se mueve. Ni siquiera parece respirar más fuerte.
—No está envenenado, tranquila —dice al cabo de unos segundos, casi sin mirarme.
Un silencio breve se instala entre nosotros.
—No voy a hacerte daño —continúa.
Aprieto el pan entre los dedos. El problema no es ese; el problema es que yo no estoy segura de si yo no se lo haría a él.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que sí va a hacerlo.
No se defiende y tampoco insiste. Solo asiente una vez, como si aceptara que tengo razón.
Eso me desconcierta más que cualquier otra cosa.
Como otro bocado. Y otro. Más rápido esta vez.
El hambre termina imponiéndose. Adrian acerca el plato un poco más hacia mí, despacio, dándome tiempo para apartarme si quiero. No lo hago.
—¿Y tú? —pregunto con la boca todavía medio llena—. ¿No comes?
—Ya lo he hecho.
No le creo del todo, pero tampoco insisto.
El frío empieza a colarse otra vez en mis huesos cuando dejo de comer.
Adrian se tumba y me deja espacio. No me dice nada y tampoco me obliga.
Lo miro durante unos minutos que se vuelven eternos y decido tumbarme con él.
Nos acomodamos en el catre estrecho, frente a frente, tan cerca que puedo contar sus respiraciones.
Cuando su mano encuentra la mía, eso basta para que las voces pierdan fuerza.
—Háblame —le pido en voz baja—. Antes de que empiecen.
Él asiente despacio.
—A veces pienso —dice— que el miedo es como este lugar. No desaparece, pero se vuelve más pequeño cuando alguien está contigo.
Cierro los ojos un segundo. Las voces protestan. No les gusta esa idea.
—Tengo miedo de dormir —confieso—. Es cuando más gritan.
—No te duermas todavía —responde—. Quédate aquí conmigo.
Sus palabras no intentan salvarme. Me acompañan y eso me sostiene más de lo que debería. Le cuento cosas pequeñas: cómo la humedad cae del techo en gotas irregulares, cómo estoy aprendiendo a distinguir qué voces son recuerdos y cuáles no, cómo algunas noches olvido mi propio nombre.
Él me escucha como si cada detalle importara.
—Elara —dice, pronunciándolo despacio—. Sigues aquí. Ahora mismo, eres tú.
Repito mi nombre en silencio, aferrándome a su voz. Las sombras de mi mente retroceden un paso. Apoyo la frente en su pecho y dejo que su respiración marque el tiempo. No me promete que mañana será mejor ni que todo pasará. Solo se queda conmigo.
—Gracias —murmuro— por no irte cuando todo se pone difícil.
Siento cómo sonríe sobre mi pelo.
—Nunca fue difícil quedarme —responde—. Lo difícil para mí es dejarte sola.
Cierro los ojos un segundo. El calabozo sigue siendo oscuro y las voces siguen existiendo.
Levanto la cabeza lentamente, lo suficiente para mirarlo.
En la penumbra, su rostro no es el del hombre que todos ven afuera.
Ahora mismo no muestra esa dureza que le caracteriza.
Puedo ver que está cansado de fingir que nada le duele. Aquí es real.
—Adrian... —susurro.
—Voy a estar aquí —responde de inmediato, como si hubiera estado esperando que dijera su nombre.
No sé qué quería decirle. Tal vez nada en concreto.
Tal vez todo. Mis dedos se aferran un poco más a su ropa, un gesto pequeño que traiciona lo que siento antes de que me atreva a nombrarlo.
Él levanta una mano y aparta un mechón de cabello de mi cara.
El gesto es lento, cuidadoso, como si temiera romper algo frágil.
—Cuando estás cerca —confieso—, las voces se confunden. No saben bien qué decir.
—Me gusta pensar que se callan porque no te conocen de verdad —responde acariciando la cicatriz de mi mejilla—. Porque si lo hicieran, no se atreverían a decirle nada a la capitana más temida de los mares del este.
Sonrío de verdad. Es un movimiento nuevo para mí, como si mis labios estuvieran reaprendiendo su función. Nos quedamos mirándonos. El espacio entre nosotros es mínimo. Noto cómo su pulgar tiembla levemente donde descansa en mi mejilla. Él también siente esto.
—Elara —dice otra vez—. Si en algún momento quieres que me aparte…
Niego con la cabeza antes de que termine la frase.
—Quédate conmigo —le pido—. Aunque sea solo así.
No responde con palabras. Inclina la cabeza despacio, dándome todo el tiempo del mundo para arrepentirme. Pero no lo hago.
Sus labios rozan los míos en un beso suave y sin exigencias. El beso no ahoga las voces, pero las reemplaza.
Por un instante, solo existe el calor de nuestros cuerpos, la cercanía de sus labios y el hecho increíble de que alguien me elija incluso estando rota.
Apoyamos nuestras frentes otra vez. El mundo se reduce a este espacio mínimo: el catre, la madera fría y nuestras respiraciones intentando acompasarse.
—Estás temblando —dice en voz baja.
—Tengo miedo —responde, sorprendida por mi propia certeza.
Me atrae un poco más hacia él, con cuidado.
Mi cuerpo encaja contra el suyo como si hubiera estado esperando esto desde hace mucho, como si lo reconociera antes que mi mente.
Apoyo la cabeza en su cuello. Su olor es simple, real.
Nada que ver con las pesadillas. Nada que ver con el encierro.
Comienzo a besar su cálida piel, mordiendo justo esa cicatriz que tan bien conozco, y puedo sentir cómo su cuerpo se tensa.
—Elara… —dice mi nombre como si yo fuera algo frágil.
Me inclino hacia él sin pensar, dejando que mi cuerpo hable por mí. Cierro los ojos un instante, permitiéndome sentir el peso de su brazo alrededor de mi cintura y la forma en que me mantiene cerca de su cuerpo sin atraparme.
—Quiero esto —susurro, pasando mis manos por su abultada erección—. No tienes que hacerlo perfecto; solo quiero sentirte. Lo necesito de verdad.
Siento su sonrisa contra mi piel.
—Elara...
No sé exactamente en qué momento cambia el aire entre nosotros. Solo sé que dejo de pensar.
Adrian baja la mirada despacio, como si estuviera decidiendo algo, y mi respiración se engancha en el pecho al notar cómo sus manos se deslizan con más intención, más seguras.
Me quito la camisa lentamente, dejando mis pechos al descubierto, y puedo notar cómo su miembro palpita dentro de los pantalones al mirarlos.
Me pasa la mano por uno de ellos y es todo lo que necesito para continuar.
Abro poco a poco su camisa y le ayudo a desprenderse de ella.
Desabrocho con urgencia sus pantalones y él me ayuda con los míos.
En pocos minutos estamos desnudos, jadeando; nos tocamos el uno al otro con una intimidad que no necesita más.
Me introduce un par de dedos y me mira sorprendido al notar mi humedad.
De verdad que no sabe cuánto necesito esto.
Mi cuerpo se relaja poco a poco, como si hubiera estado esperando este permiso: el de sentirse deseado sin peligro y querido sin condiciones.
Agarro su miembro duro y lo noto palpitar bajo mi mano mientras fricciono con movimientos ascendentes y descendentes.
El rostro se le contrae y entreabre los labios soltando un gemido apenas audible.
Clava su mirada en la mía mientras me sigue tocando, cada vez con más firmeza, como si estuviera midiendo cada reacción en mi rostro.
Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando sus labios rozan mi cuello, despacio, casi con cuidado, como si estuviera descubriendo algo por primera vez.
Cierro los ojos automáticamente, dejando escapar una respiración que no consigo contener.
—Ven aquí —susurra, incorporándose un poco.
Me abre las piernas y se posiciona para penetrarme.
Acerca la punta caliente y húmeda de su miembro a mi entrada y me acaricia con ella.
Siento electricidad por todo mi cuerpo. Su mirada me enciende y despierta todas las partes de mi cuerpo que creía dormidas.
En un segundo lo tengo dentro y por un momento me olvido de todo.
Solo existimos él y yo, y nuestros cuerpos chocando, sudando juntos.
Puedo notar sus embestidas hasta el fondo. Su hambre de mí y mi hambre de él.
—Adrian... más fuerte —le pido.
Me mira con admiración, como me miraba la primera vez que lo hicimos, y yo me derrito con esa mirada.
Me agarra del cuello con delicadeza y puedo notar mi pulso acelerado contra sus dedos y cómo, poco a poco, aprieta cada vez más.
Sigue embistiendo duro y fuerte, haciéndome temblar con cada movimiento.
—Eres mía —sentencia—. Y los únicos gritos que vas a escuchar esta noche son los tuyos, Elara.
—A-Adrian —grito su nombre y me da igual que el océano entero se entere.
Puedo sentir cómo subo al cielo y bajo de nuevo.
El orgasmo me atraviesa el cuerpo y comienzo a temblar.
Me falta el aire. Me deshago para él y no puedo evitar arquear el cuerpo hasta notar cómo cruje mi columna.
Me agarra por las caderas mientras me embiste por última vez y noto cómo explota en mi interior.
Suelta un gruñido y grita mi nombre como si fuera la primera vez que lo pronuncia.
Se deja caer sobre mi cuerpo, jadeando, respirando con dificultad, y lo abrazo.
Lo aprieto contra mi pecho con el miedo de que alguien venga y me lo quite.
Que me quiten a lo único que me hace seguir cuerda.
Las voces siguen ahí. Pero ahora hay algo más fuerte: calor, presencia y un silencio que no me duele.
Me acomodo contra él, dejando que la noche pase a nuestro alrededor, y entiendo que esta cercanía —lenta, cuidadosa y profundamente humana— es la forma más intensa de refugio que he conocido.