CAPÍTULO 6
Cadenas de lealtad
ADRIAN
El amanecer no me trae paz, solo la luz suficiente para ver mejor mis problemas.
El mar está quieto, demasiado. Esa calma falsa que he aprendido a respetar más que a una tormenta.
La cubierta aún huele a noches sin dormir y a decisiones mal tomadas.
Jareck está apoyado en la barandilla de la borda, inmóvil, como si el horizonte pudiera darle respuestas. Cuando me acerco, no se gira.
—No has dormido —dice al fin—. O si lo has hecho… no ha sido un buen sueño.
Asiento. No necesito darle explicaciones. El silencio entre nosotros no es incómodo. Jareck es de los pocos que aún se atreve a decirme la verdad sin adornarla.
—La tripulación murmura —añade—. No sobre ella.
Eso sí me sorprende.
—¿Entonces?
—Sobre ti. Sobre hasta dónde estás dispuesto a llegar.
Giro la cabeza hacia él.
—¿Y qué dicen?
—Que el capitán sigue firme… —hace una pausa—. Pero que el hombre enamorado tiene que empezar a llevar el timón.
No digo nada. Jareck no lo dice para atacarme, sino para evitar que me hundan.
—Que digan lo que quieran —respondo—. Yo ya he tomado una decisión.
Ahora sí se gira. Sus ojos color ámbar se clavan en los míos.
—¿Cuál?
Respiro hondo.
—Isla Blanca.
El ceño se le frunce al instante.
—Se dice —continúo— que allí vive un pirata de los pocos que sobrevivió al mapa.
Eso lo tensa.
—Nadie sobrevive a eso.
—No siguió sus órdenes y pudo deshacerse de ello —añado.
Jareck guarda silencio. Lo conozco lo suficiente para saber que esa explicación le ha calado.
—Siempre haces lo mismo —dice en voz baja.
Frunzo el ceño.
—¿Hacer qué?
—Decidir por ella.
El comentario me golpea más de lo que debería.
—No sabes de lo que hablas.
Jareck suelta una risa seca, sin humor.
—Claro que lo sé. Porque fui yo quien se quedó cuando tú no estabas.
El aire se vuelve denso.
—Cuidado con lo que dices.
Da un paso hacia mí. Ya no hay distancia cómoda entre nosotros.
—Me pediste que la protegiera, ¿recuerdas? —dice en voz baja, más grave—. Que no la dejara sola. Que velara por ella mientras tú perseguías fantasmas.
Aprieto la mandíbula.
—Y lo hice —añade.
Jareck sostiene mi mirada sin apartarse.
—Quiero que sepas que no fue algo que yo buscara —continúa—. Pero ella estaba rota, Adrian. Y tú no estabas.
Cada palabra que dice me atraviesa el pecho.
—Y en algún momento… dejó de ser solo eso para mí. Nunca intenté reemplazarte —continúa—. Pero tampoco voy a mentirte: hubo momentos en los que ella necesitaba a alguien… y ese alguien no eras tú.
Cierro los puños con fuerza, hasta que los nudillos se me ponen blancos.
—¿Sabes qué es lo peor? —añade—. Que incluso cuando estaba conmigo…
Se detiene un segundo. No quiero que siga hablando, pero lo hace.
—Seguía siendo tuya en las cosas que importan.
Me quedo mirándolo unos minutos. Es la primera vez que lo noto derrotado. Y la primera que me habla con tanta honestidad.
—Si ese hombre existe —dice al fin— no te ayudará sin pedirte algo a cambio. Y nadie que haya sobrevivido a algo así sigue siendo… del todo humano.
—No busco un salvador, Jareck —respondo—. Busco conocimientos, respuestas o rituales. Una pista de cómo romper esta maldición.
—¿Y si lo que te ofrece es algo que no quieres oír? —pregunta con firmeza.
No dudo.
—Lo escucharé igualmente.
El viento hincha las velas. El barco cruje, inquieto, como si supiera que estamos a punto de cambiar el rumbo de algo más que una travesía.
—La Isla Blanca está fuera de rutas —advierte—. Arrecifes. Zonas muertas. Y no sé si la tripulación accederá a...
—Lo harán —lo corto.
Jareck me observa un largo rato. No hay maldad en su mirada, solo preocupación sincera.
—Te estás jugando más que el barco.
—Lo sé —respondo con firmeza.
—Te la estás jugando a ella.
Asiento.
—Y tu vida.
El silencio cae de nuevo entre nosotros, más pesado.
—Si vamos —dice finalmente— iré contigo hasta el final solo por ella. Pero escucha bien, Adrian. Si ese marrajo tiene una respuesta… puede que no sea la mejor. Puede que implique encerrar algo para siempre. O sacrificar algo que amas.
Cierro los ojos un instante. Veo a Elara dormida, rota y temblorosa, luchando contra la oscuridad que quiere devorarla.
—Si hay que pagar un precio —digo con firmeza—, que sea mi vida y no la suya.
Jareck niega despacio.
—Eso también es una forma de condena, capitán.
Quizá tenga razón.
—Pon rumbo oeste —ordeno—. Donde el mar se vuelve blanco.
Asiente y se aleja para dar las órdenes. Me quedo solo, mirando el horizonte mientras me pierdo en mis recuerdos.
Hace diez años el mar estaba en calma, pero yo no.
Era mi cumpleaños número diecinueve y acababa de recibir otro golpe que no dejaría marca visible. Mi padre prefería eso: que el daño no pudiera mostrarse en cubierta. «La debilidad es contagiosa», decía.
Aquella noche salí del barco de mi padre y bajé al puerto de San Telmo sin escolta.
Sin uniforme. Sin el apellido por delante.
La taberna del Muelle Rojo era el tipo de lugar donde los tratos se cerraban con ron y se rompían con cuchillos.
El aire estaba cargado de humo, sal y sudor.
Un violinista desafinaba en una esquina y las risas eran demasiado fuertes para ser sinceras.
Fue allí donde la vi por primera vez.
Yo observaba desde mi taburete, apoyado en la barra, intentando que no se me notara el interés.
Ya sabía quién era. Hija de la capitana Bravamar.
Parte del famoso pacto que mi padre había sellado años atrás.
Pero en ese momento yo no quería saber nada de ningún acuerdo.
Estaba sola, con el labio partido, la ropa sucia y el aspecto que yo he tenido mil veces por culpa de mi padre.
Ella se giró cuando me acerqué. Tuvimos un par de enfrentamientos.
Ella era todo lo que yo deseaba ser. Y creo que por eso llamó mi atención de aquella manera desde el primer minuto en que la vi.
Era valiente, tenía agallas para lo pequeña que era.
Sus ojos verdes eran atentos. Calculadores.
Como si midiera distancias invisibles. Y desde ese momento supe que ese era mi nuevo color favorito.
—¿Has venido a beber o a estorbar? —me preguntó sin una pizca de cortesía.
Sonreí.
—Depende de lo que necesites.
Un error. Lo supe en cuanto lo dije.
Ella alzó una ceja.
—No necesito nada de un hijo de capitán que todavía huele a aprobación.
El golpe fue bajo.
—Entonces supongo que tendremos que empezar de cero —respondí.
Sus labios se curvaron en una sonrisa malvada.
—Empieza.
Así que empecé.
—Me llamo Adrian Thorne —dije tendiendo mi mano.
—Elara.
No añadió nada más. Estrechó su mano con la mía y en ese momento pude notar la electricidad. Yo podría haber respondido con lo que mi padre habría querido: alianzas, beneficios, futuro compartido. Pero la verdad salió antes de que pudiera detenerla.
—¿No me vas a decir de qué barco vienes? —me preguntó.
—No. Porque aún no sé si quiero seguir viniendo de él.
No insistió. Solo alzó la botella de ron y bebió directamente de ella, como si fuera suya.
—¿Y tú? —dije al cabo de unos minutos—. ¿De qué barco vienes?
Se limpió la boca con el dorso de la mano, sin apartar la mirada.
—De uno que ya no existe.
—Todos dicen eso cuando no quieren dar nombres —dije sonriendo.
—Y algunos hacen demasiadas preguntas cuando no les conviene escuchar las respuestas.
Sostuve su mirada. No parecía incómoda. Tampoco desafiante. Solo… firme.
—No tienes pinta de marinera —dije.
Le tendí la mano para recuperar la botella y dudó un instante antes de devolvérmela.
—Mi capitán apostó mal. Perdió la mercancía y decidió que yo valía más que el resto de la carga.
Lo dijo sin dramatismo. Como si describiera el clima. Sentí algo oscuro subir por mi pecho.
—¿Y huiste?
—Le rompí la nariz y salté por la borda cuando atracamos —espetó.
No pude evitar una media sonrisa.
—Eso te complicará el regreso.
—No pienso volver —sentenció.
Se quedó en silencio. La música desafinada siguió de fondo. Yo pensé en mi padre. En la cubierta donde todos debían obedecerle. En los golpes que no dejaban marca. En la manera en que hablaba de mí como si fuera una herramienta y no su hijo.
—Yo tampoco —dije finalmente.
Ella me observó con más atención.
—¿Huirías por una desconocida?
Negué lentamente.
—Huiría por mí. Pero quizás tú seas la excusa que necesito para hacerlo.
Eso la hizo reír. Una risa breve, real.
—¿Y qué harías? ¿Robarías un barco?
—No —respondí—. Robar es empezar con una deuda.
—Entonces, ¿qué propones?
Miré alrededor. La taberna estaba llena de marineros sin bandera fija. Hombres y mujeres que vendían su espada al mejor postor.
—Mañana zarpa el Viento Gris —dije—. Necesitan tripulación. No preguntan demasiado y pagan poco, pero dejan que uno se gane su puesto.
—¿Y tú pasarías de heredero a marinero raso?
La palabra heredero quedó flotando entre nosotros. No le había dicho nada, pero lo había adivinado.
—Prefiero empezar desde abajo que seguir siendo propiedad de alguien —susurré.
Me sostuvo la mirada un largo segundo.
—Si te arrepientes, no pienso cargar contigo —me confesó.
—Si me arrepiento, será mi problema.
Se levantó, giró bruscamente y su cabello oscuro me golpeó el rostro con sal y perfume de mar.
—¿Quieres hacerlo, Adrian?
Nadie me preguntaba eso. Nunca nadie me preguntaba qué quería. Yo mismo evitaba preguntármelo.
—Sí —respondí sin dudar.
—Entonces mañana partimos al amanecer —dijo ella.
—Al amanecer —susurré.
—Y Adrian…
—¿Sí?
—Si intentas cualquier truco sucio, te mataré.
Sonreí.
Esa noche mi padre habló de estrategias, de acercamientos, de cómo debía «cultivar la conexión».
Yo apenas le escuché. Porque por primera vez no pensaba en pactos.
Pensaba en el brillo desafiante de sus ojos.
En cómo no retrocedió ni un centímetro. En cómo me habló como igual.
Y supe, mientras el barco se balanceaba bajo la luna, que lo que acababa de pasar entre nosotros no se parecía a ningún plan que mi padre hubiera diseñado.
Ella no era ninguna conquista. Era mi salvación. ..
Mis pensamientos se desvanecen cuando una ola choca con el casco. No sé si Isla Blanca nos salvará. No sé si ese hombre sigue vivo. Pero sí sé una cosa: no voy a quedarme quieto mientras pierdo a la mujer que amo.