CAPÍTULO 5
Espejo de piel
ELARA
Me duermo sin darme cuenta. Estoy agotada. No sé en qué momento exacto ha ocurrido. Y entonces las pesadillas vuelven.
Estoy de pie en un pasillo del barco que no reconozco. Las paredes están forradas en piel, y creo que es piel humana. Vibran, y tienen marcas que reconozco demasiado bien: cortes, quemaduras, cicatrices y tatuajes. Nombres que no recuerdo dónde los he visto, pero que mi mente conoce.
Escucho una voz, pero no veo de dónde proviene.
—Mírate —me dice—. Siempre fingiendo que nada te asusta. Que eres fuerte. Siempre fingiendo que tienes el control de todo.
Camino despacio, sintiendo mis pies descalzos en la madera húmeda, y noto cómo el suelo se hunde bajo mis pies como si fuera carne blanda.
Al fondo hay una puerta. La puerta del calabozo.
La abro con las manos temblorosas. Dentro estoy yo; me estoy viendo a mí misma.
Más joven, con los ojos abiertos de par en par, suplicantes. Estoy golpeando la puerta desde dentro.
—Sácame de aquí —me dice cuando cruzo la mirada conmigo misma—. Por favor.
—No puedo —respondo, aunque quiero hacerlo—. Es por tu bien.
Las voces ríen.
—¿Ves qué fácil? —me dicen—. Ya estás encerrada.
Algo se mueve detrás de mí. No necesito girarme para saber quién es. Adrian. Pero no es él. Es más grande. Más oscuro. Tiene los hombros rígidos y la mirada vacía. En la mano lleva las llaves… y en la otra algo más. Un cinturón, viejo, agrietado y manchado.
—Eres débil. ¿Sabes lo que se hace con los débiles? —dice con una voz que no es la suya.
Quiero gritarle, pero no puedo. Quiero decirle que él no es así. Que nunca lo sería. Pero mi boca no responde. Las voces me empujan hacia delante.
—Hazlo —insisten—. Demuéstrale que puedes ser peor que él.
Me tiende el cinturón y lo agarro con las manos temblorosas. La Elara encerrada empieza a llorar y, cuando le vuelvo a mirar a la cara, le veo a él de niño.
—Por favor —me suplica con lágrimas en los ojos cuando levanto el cinturón—. Tú no...
Y entonces lo entiendo todo. Esto no va de poder.
Va de relevar a monstruos. Ellos quieren que se repita la misma historia.
Quieren acabar con mi voluntad. Que me pierda dondequiera que esté mi alma en este momento.
Me anulan y me utilizan a su antojo para que ellos puedan hacer todo tipo de maldades.
—¡NO! —grito por fin—. ¡Yo NO soy esto!
Todo se rompe de golpe.
Me despierto jadeando, empapada en sudor, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salir de mi pecho. Por un segundo no sé dónde estoy. La oscuridad me traga. El calabozo. La humedad y el barco.
Las voces aún se ríen; puedo escucharlas a lo lejos.
—Un poco más y serás como él —susurran—. Solo un poco más…
Me llevo las manos a la cabeza. Tiemblo y no puedo respirar bien.
—Parad… —murmuro apretando los ojos—. Parad ya, por favor...
Una sombra se mueve frente a mi.
—Elara.
Esa voz me da la paz que necesito en este momento.
Abro los ojos de golpe. Es Adrian. Está sentado frente a mí, despierto, con la espalda apoyada en la pared, los ojos clavados en los míos como si hubiera estado esperando exactamente este momento.
No invade mi espacio ni intenta acercarse, pero está ahí.
—Ha sido una pesadilla —dice—. Tranquila, ya ha pasado.
Niego con la cabeza y las lágrimas empiezan a caer sin permiso.
—No... —susurro—. No se van. Me dicen que soy como ellas. Como él...
Se inclina un poco hacia delante. Solo lo justo para que lo mire directamente a los ojos.
—Mírame —me pide.
Obedezco. Porque puedo. Porque con él hay momentos en los que aún puedo elegir qué parte mostrar.
—Solo estamos tú y yo —continúa—. Escúchame a mí, no a las voces. Ni a lo que intentan hacerte creer.
—En el sueño… —mi voz se rompe—. Aparecías... Y yo… yo te hacía cosas horribles... Soy un monstruo.
No me aparta la mirada.
—Los monstruos no sienten culpa al despertarse —dice con una sonrisilla—. Tú sí. Así que no eres un monstruo.
Eso me desarma. Sollozo. Dejo escapar todo lo que estoy sintiendo en este momento y el aire me quema al entrar otra vez en mis pulmones. Entonces, sin brusquedad, se levanta y viene hacia mí. Se sienta a mi lado y extiende la mano.
—¿Puedo? —me pregunta con miedo a mi respuesta.
Asiento. Su mano se cierra alrededor de la mía. Firme, real y caliente. No me aprieta. Solo se queda así, y puedo sentir cómo una red invisible de poder se cierra alrededor.
Las voces chillan, enfurecidas.
—Te está engañando —dicen—. Te encerrará. Te destruirá.
—Estoy aquí —dice Adrian, como si las oyera—. Y no voy a dejar que te pierdas esta noche.
Apoyo la frente en su hombro y, antes de darme cuenta de que lo estoy haciendo, vuelvo a retirarme. Él no me dice nada y me invita a que vuelva a hacerlo. No me aparta. Su respiración es lenta. Regular. Me presta su calma como quien ofrece una manta en mitad del frío.
—No quiero ser peligrosa —susurro entre sollozos—. Contigo no.
—Ahora mismo no lo eres —responde acariciando mi pelo.
Cierro los ojos. Las voces se alejan y, a regañadientes, se callan. Me duermo sabiendo que, si vuelven… no estaré sola al despertar.