Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Lecciones de un Monstruo

ADRIAN

Estoy tan agotado que mis sueños se sienten tan reales como si volviera a estar en el pasado. Estoy dormido, pero al mismo tiempo estoy despierto. Mi mente proyecta situaciones que mi padre me imponía sin que tuviera opción a llevarle la contraria.

Estaba sentado en la mesa del comedor, con los codos apoyados y la mirada perdida en algún punto de la madera. Tenía esa sensación de desear estar en cualquier otro sitio que no fuera ese. Oía los pasos de mi padre acercándose y notaba cómo algo dentro de mí se encogía sin poder evitarlo.

—Adrian —dijo con firmeza.

No alzaba la voz, pero llenaba todo el espacio. En el sueño, como en mis recuerdos, no me atrevía a ignorarle. Levanté la vista despacio. Estaba de pie frente a mí, con las manos a la espalda. Siempre hacía eso cuando quería decir algo importante. O algo que él creía importante.

—Ya eres mayorcito para entender ciertas cosas —añadió.

Esa frase. La odiaba incluso entonces, porque siempre significaba que no tenía elección. No respondí. Nunca lo hacía. Él interpretaba mi silencio como le daba la gana. Dio un paso hacia mí y se sentó al otro lado de la mesa. Sus ojos se clavaron en los míos, firmes y calculadores.

—Hay cosas que ya vienen dadas, Adrian —continuó—. Cosas que no elegimos.

Sentí una incomodidad rara, como si algo malo estuviera a punto de tomar forma, pero aún no pudiera verlo.

—¿Qué cosas? —pregunté con voz temblorosa.

Él exhaló por la nariz, molesto.

—No me hagas perder el tiempo con preguntas estúpidas —respondió—. Tu futuro, por ejemplo.

El silencio que siguió fue espeso. Jugué con mis dedos por debajo de la mesa, evitando mirarle directamente a los ojos.

—Hay una familia —continuó—. Importante. Antigua. Como la nuestra. Y vas a respetarla.

Ya sabía que eso significaba que no era negociable. Todo lo que tenía que ver con “lo antiguo” en su boca era ley.

—Tienen una hija —añadió.

Algo en mi pecho se tensó, aunque no entendía del todo por qué.

—¿Y a mí qué me importa eso? —pregunté despacio.

Era lo más cercano a una protesta que me atrevía a hacer. Él ladeó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluándome.

—Te importa porque vas a casarte con ella —dijo—. Te guste o no.

El golpe fue seco, aunque no levantara la voz. Me quedé inmóvil. El mundo se volvió pequeño, reducido a esa mesa, a sus ojos y a sus palabras.

—No puedes decidir eso —dije con voz temblorosa.

Pero sonó débil. Él no se enfadó. Eso era lo peor. Cuando no se enfadaba era cuando estaba más seguro.

—Claro que puedo —respondió—. Ya lo estoy haciendo. Está decidido desde antes de que nacieras.

Mentía. Ahora lo sabía. Pero con quince años… no tenía herramientas para cuestionarlo. Se me quedó mirando, esperando que le contradijera otra vez. No lo hice.

—¿Quién es? —murmuré.

La pregunta se me escapó. Y en el momento en que lo dije, supe que había perdido. Su sonrisa me puso los pelos de punta.

—Se llama Elara —dijo.

El nombre quedó suspendido entre nosotros. No significaba nada para mí. Era solo un nombre extraño, lejano.

—No la conoces —añadió—. Y es mejor así, por ahora.

Algo en su tono cambió. Más bajo. Más… oscuro.

—Porque esa chica no es como las demás —continuó.

El aire del sueño se enfrió. Lo sentí incluso entonces, mientras lo revivía.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

Mi voz tembló un poco. Él se inclinó hacia delante.

—Está maldita —dijo.

Esa palabra se clavó en mi mente. Hizo una pausa. Disfrutó de ese momento. Siempre lo hacía: medir el efecto de sus palabras.

—Su familia arrastra algo antiguo —dijo—. Algo peligroso. Y alguien tiene que hacerse cargo.

Se inclinó más, invadiendo mi espacio.

—Y ese alguien eres tú.

No entendía del todo lo que quería decir, pero sí lo suficiente: peligro, obligación, algo que recaía sobre mí sin preguntarme. El nudo en mi estómago se apretó.

—¿Por qué yo? —pregunté.

Error. Su mano golpeó la mesa. No muy fuerte, pero lo suficiente para hacerme dar un pequeño respingo.

—Porque es lo que te ha tocado —dijo—. Y punto.

El silencio que siguió fue tenso, eléctrico.

—Vas a encargarte de ella —continuó—. De mantenerla controlada. De asegurarte de que no se descontrole.

Sus palabras ya no eran una explicación. Eran órdenes. Ahora sabía lo que hacía: sembrar miedo. Darle forma a alguien que ni siquiera conocía para que, cuando la viera, ya no fuera una persona, sino una responsabilidad. Un problema.

—No quiero —dije.

Sus ojos se clavaron en los míos y supe en ese mismo instante que no tenía que haber abierto la boca.

—No es una cuestión de querer —respondió.

Se levantó despacio. Rodeó la mesa. Se detuvo a mi lado. Sentí su mano en mi hombro. Pesada.

—Es lo que tienes que hacer —añadió.

Apretó ligeramente. Lo suficiente para hacer que no quisiera volver a contestarle.

—Algún día la conocerás —continuó—. Y cuando eso pase, no puedes dudar. No puedes dejarte engañar ni hacer el imbécil.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Engañar? —pregunté temblando.

Se inclinó hacia mi oído.

—Parecerá normal —dijo—. Incluso… buena. Pero no lo es.

Esa frase se quedó conmigo. Se incrustó en mi cabeza.

—Tendrás que casarte con ella —añadió—. Es la única forma de mantener el equilibrio.

Equilibrio. Otra palabra suya. Siempre tan poderosa, imposible de discutir.

—¿Y si no lo hago…? —me atreví a preguntar.

No terminé la frase. No hacía falta. Él se apartó. Me miró desde arriba.

—No es una opción —sentenció.

Me quedé en silencio.

—Porque si fallas, Adrian… —continuó—, las consecuencias no serán solo para ti.

Tenía quince años y ya estaba cargando con algo que no entendía. Bajé la mirada. No dije nada más, porque ya sabía que no tenía otra salida en esa conversación. En el sueño, sentí exactamente el momento en que cedía. No dije “sí”. Nunca lo hice en voz alta. Pero él lo vio en mi silencio. Y sonrió.

El sueño empieza a deshacerse ahí. La mesa, el comedor, su figura… todo se vuelve borroso. Pero su voz permanece un segundo más.

—Recuerda quién es… y qué tienes que hacer...

El golpe seco contra la puerta me saca del catre como un cañonazo. Me despierto con esa frase todavía resonando en mi cabeza. Y lo peor es que, incluso ahora… una parte de mí sigue escuchándola. Me pongo las botas sin abrochármelas del todo y bajo las escaleras casi de dos en dos.

—Jareck —digo antes de verla—. ¿Qué ha pasado?

Lo encuentro sentado frente a la puerta del calabozo, con la espalda rígida y los ojos fijos en la madera como si pudiera atravesarla.

—No es ella —dice sin mirarme—. No me ha atacado y tampoco ha intentado salir. Pero me ha dicho cosas.

No necesito que me explique qué tipo de cosas. Las conozco perfectamente. Me acerco a la puerta. Apoyo la mano en la madera y siento un temblor al otro lado.

—Elara —digo.

Silencio. Luego, escucho su voz demasiado serena.

—Vaya… el capitán ha venido a verme.

—¿Qué has hecho? —pregunta.

Suelta una risa seca que hace que se me ericen los pelos de la nuca.

—Nada que no supieras que podía hacer.

Miro a Jareck. Está pálido.

—Vete —le digo quitándole las llaves.

—Adrian, creo que... —intenta rebatirme.

—Ahora —lo corto—. Es una orden.

Duda un segundo. Luego asiente y se marcha sin mirar atrás. Nos quedamos solos. Yo, la puerta y lo que sea que hay detrás.

—No deberías estar aquí, capitán —dice ella—. Te lo estoy advirtiendo.

—Elara —respondo—. No voy a discutir contigo desde una rendija.

—¿Tienes miedo? —susurra mientras empieza a desabrocharse la camisa—. Podría hacerte cosas muy malas, capitán.

Cierro los ojos un segundo. Respiro hondo y, cuando los abro, la decisión ya está tomada. Saco las llaves.

—Adrian —dice, ahora sí con su voz—. No sabes lo que haces.

—Lo sé perfectamente —contesto—. Estoy entrando.

El cerrojo cede con un sonido que me atraviesa como un recuerdo del pasado.

Empujo la puerta despacio. El calabozo está en penumbra y el aire es denso.

Huele a sal, a humedad… y a ella. Está de pie, apoyada en la pared del fondo, con el pelo suelto, la camisa desabrochada, los ojos brillantes y la boca entreabierta, como si me estuviera esperando desde hace horas.

Cierro la puerta detrás de mí.

—Ahora sí —dice—. Ya estamos solos.

No me muevo.

—Si das un paso hacia mí —le advierto—, tendré que detenerte.

Inclina la cabeza, divertida.

—Te dije que no debías entrar —susurra, mordiéndose el labio inferior, quitándose la camisa y dejando sus pechos al descubierto—. Pero aquí estás… y eso me gusta.

—Me da igual lo que te guste, Elara —contesto con firmeza—. No vas a salir de aquí.

Ella da un paso lento y decidido. El poder se mueve bajo su piel; puedo sentirlo y se me erizan los pelos de la nuca. Pero también siento algo más peligroso: la forma en que me mira. Como si supiera exactamente dónde tocarme sin usar las manos.

—Siempre tan disciplinado —murmura.

Avanza otro paso.

—Tan correcto —continúa.

Su mirada baja un instante por mi cuerpo.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —pregunta sonriendo, y esa sonrisa me eriza todos los pelos del cuerpo.

Aprieto los dientes.

—Para —ordeno.

—Que finges muy bien que no me deseas —añade.

Su cercanía altera el aire. Puedo sentir el calor de su piel antes de que me toque.

—Aléjate —digo con firmeza.

—¿O qué? —susurra en voz baja—. ¿Vas a castigarme?

Sonríe. Y esa sonrisa es venenosa.

—Siempre quise ver cuánto tardarías en perder el control.

La agarro antes de que dé otro paso. Mi mano se cierra alrededor de su cuello y la empujo contra la pared. El golpe resuena contra las tablas.

—Basta —sentencio.

Mi voz sale baja. Peligrosa. Su respiración se acelera… pero no parece asustada. Al contrario, lo está disfrutando.

—Ahí está —susurra.

Su mano se apoya en mi pecho.

—El verdadero Adrian.

Aprieto los dientes. El espacio entre nosotros se acorta y el aire se vuelve eléctrico.

—Mírate —continúa—. Temblando. Con ganas de salvarme… o de follarme. A veces ni tú sabes cuál de las dos quieres hacer primero.

—Si quieres follar… follaremos —digo acercando mi rostro al suyo—. Pero no te dejaré hacer daño. Ni a mí ni a nadie.

Sonríe con malicia. Cada centímetro de su cuerpo está cargado de desafío.

—No me gusta que me digan lo que puedo o no puedo hacer, capitán —susurra—. Pero me excita que lo intentes.

Cierro los ojos un segundo. La tensión me quema los pulmones. Cuando los abro, la veo más cerca, demasiado cerca. Su aliento roza mi cara.

—Si sigues así —le advierto—, me tendrás encima. Y no seré delicado.

—Eso espero —dice con una sonrisa torcida—. Siempre quisiste dominarme… y ahora me tienes aquí delante...

Comienza a deslizar su mano hacia mis pantalones. Mi cuerpo reacciona ante su contacto. Maldita sea, lo sabe. Siempre lo supo. Y lo disfruta.

—Vamos —murmura—. Sabes que lo estás deseando.

Sus ojos brillan de una forma que no es humana. El poder que lleva dentro se mueve como una sombra bajo su piel. Algo en mi cabeza me hace reaccionar. La giro bruscamente y la empujo otra vez contra la pared. Pego mi cuerpo contra el suyo. Demasiado cerca.

—No juegues conmigo —gruño contra su oído—. No me provoques.

Vuelve a reír, ladeando la cabeza, y algo dentro de mí se rompe.

Esto es un error. Su contacto es como una descarga.

Su piel está caliente, demasiado. Mis dedos bajan y resbalan por su clavícula, su pecho y su abdomen.

Siento cómo se tensa bajo mi contacto. Mi mano se cuela bajo la tela de sus pantalones.

No estoy siendo delicado; tengo tanta necesidad de ella, tanta rabia acumulada.

.. que mi furia está buscando una salida.

—A-Adrian —dice, y por el tono de su voz veo que ahora sí es ella—. Para. Por favor...

Me detengo de golpe. La suelto al instante, como si me quemara. Retrocedo dos pasos y por un momento veo a la verdadera Elara. Su cuerpo se tensa y veo en ella arrepentimiento o vergüenza, o una mezcla de ambas.

—No quería… —susurra avergonzada—. No quería decirle esas cosas a Jareck.

—Lo sé.

Se queda en silencio por unos segundos.

—No dejes que me duerma —murmura mientras se mira las manos—. Si cierro los ojos… vuelven.

Se me parte el corazón. Ahora también soy la última barrera entre la mujer que amo y aquello que quiere usarla para destruirnos a los dos. No es un monstruo. Es una mujer peligrosa, rota… y terriblemente viva.

Recojo su camisa del suelo y se la coloco por encima.

—Quédate quieta —respondo mientras le ato los cordones de la camisa despacio—. Y no me obligues a elegir entre salvarte… o desearte.

Levanta la mirada despacio. Veo miedo real en sus ojos.

—Voy a quedarme aquí —espeto.

Sus ojos se abren un poco más.

—¿Por qué? —pregunta sorprendida.

Vuelvo a clavar mi mirada en la suya.

—Porque si vuelves a perderte —digo—, alguien tendrá que detenerte.

Me giro sin darle la espalda del todo y me siento contra la pared opuesta. La siento moverse detrás de mí, pero no se acerca. La noche cae sobre nosotros como una trampa. Y sé, con una claridad aterradora, que esta guardia va a ser la más larga y peligrosa de mi vida.