Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Susurros del Mar

ELARA

El calabozo huele a sal vieja y a madera húmeda. El barco se mece al ritmo de mi respiración. Me llevo las rodillas al pecho y tiemblo, pero no es el frío lo que me hace temblar. Es el silencio.

Adrian ya no está al otro lado de la puerta. Lo sé sin mirar por el ventanuco. Con él, el aire es distinto, más tenso. Como si su sola presencia mantuviera a raya a lo que sea que me esté pasando.

Ahora hay un vacío. Un espacio en mi mente. Y en ese espacio… ellas se mueven a sus anchas.

—No desperdicies la oportunidad —susurran —. Este es mucho más fácil de manipular.

Oigo unos pasos que se detienen frente a la puerta y, antes de que diga nada, ya sé quién es. Jareck.

Trago saliva y levanto la cabeza despacio.

Me incorporo, dejo que el pelo me caiga por la cara y luego lo aparto con cuidado, como si no quisiera parecer una amenaza.

Como si aún pudiera elegir qué parte de mí mostrar.

El ventanuco se abre de golpe. Sus ojos ambarinos se encuentran con los míos y siento el tirón inmediato.

—Elara… —dice mi nombre como si fuera una plegaria.

—¿Ves cómo te mira? Siempre te ha mirado así.

Me levanto despacio, sin brusquedad. Camino hasta quedar justo frente a la puerta. Sé cómo me ve: pálida, vulnerable, con esa fragilidad que despierta su instinto de protegerme.

—Hola, Jareck —digo en voz baja y sonriendo—. ¿Vienes a sustituir a Adrian?

Asiente lentamente.

—Necesita dormir. Yo… yo me quedaré un rato.

Sonrío levemente, solo lo justo.

—Eres... tan bueno —murmuro—. Siempre cuidando de todos.

Sus dedos se tensan sobre la madera.

—¿Estás… mejor? —pregunta—. Ha sido una noche muy larga.

Inclino la cabeza. Doy un paso más cerca del ventanuco, dejando que vea mis ojos y mi boca.

—Me siento sola, muy sola... —confieso—. Adrian no me deja salir… pero contigo será distinto, ¿verdad?

Silencio. Siento cómo el poder se estira dentro de mí, como un gato desperezándose.

—Tú me conoces desde hace años —continúo—. Sabes que no soy peligrosa. Que nunca te haría daño. ¿Verdad?

Sus labios se separan un poco. Duda.

—Elara… las órdenes son muy claras.

Sonrío de nuevo.

​ —No te estoy pidiendo que me dejes salir de inmediato —digo—. Solo… que me escuches. Que me des un poco de cariño... —digo pasándome las manos por mis pechos y descendiendo por mis costados—. ¿No me debes eso?

—Pues claro que te lo debe —susurran.

Baja su mirada siguiendo el gesto.

—¿Sabes lo que más miedo me da, Jareck? —pregunta—. No es estar encerrada. Es que me miren como si ya no fuera yo, como si ya no fuera la capitana...

Veo cómo aprieta la mandíbula y traga saliva con dificultad.

—Yo no pienso eso —dice rápidamente—. Jamás lo pensaría.

—Eso es...

—Mírame —suplico—. Como amigo. Como algo más.

El silencio se alarga. Su respiración cambia. Lo siento incluso a través de la puerta.

—Un poco más —insisten las voces.

Escucho el tintineo de las llaves y, acto seguido, la puerta se abre despacio. Jareck asoma la cabeza y lentamente se adentra en el calabozo. Me quedo muy quieta mirando cómo poco a poco avanza hacia mí.

—Vamos a divertirnos un poco —me dicen las voces, y no puedo evitar sonreír con malicia.

—No sabes cuánto he pensado en este momento —murmuro—. En salir de aquí contigo y… olvidarnos del mundo.

Me acerco lentamente y apoyo la frente en su pecho, sintiendo su calor, su conflicto interno. Su corazón late tan desbocado como el mío. Levanto despacio la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Mírame —le susurro.

Por un instante, solo uno, el silencio vence a las voces.

Sus brazos me rodean con cuidado, como si temiera romperme, y yo cierro los ojos, aferrándome a él como si este abrazo pudiera salvarnos a los dos.

Me besa antes de que me dé tiempo a reaccionar.

Es torpe al principio, como si aún luchara consigo mismo.

Pero cuando mis labios responden, cuando me permito aferrarme a este instante, algo en él cede.

El beso se vuelve más profundo, más urgente, y siento cómo el mundo se reduce a este momento, a este calor en medio de esta fría estancia.

Sus manos me recorren el cuerpo con cuidado, como si estuviera pidiéndome permiso.

Cuando no me aparto, cuando suspiro contra su boca, se vuelven más firmes.

Me aprieta contra él y eso solo hace que el deseo crezca más.

Cierro los ojos. Me pierdo en la sensación de sus dedos, en cómo me reclama sin palabras, en cómo su amor se mezcla con algo más oscuro, más peligroso.

Mis manos suben por su cuello, lo siento tensarse y oigo cómo las voces me gritan más fuerte dentro de mi cabeza.

—Jareck… —su nombre se me escapa como un ruego.

Me estremezco cuando vuelve a besarme, esta vez sin dudas.

Ya no hay cuidado, solo hambre contenida durante demasiado tiempo.

Su boca reclama la mía con una intensidad que me deja sin aire, y yo le respondo igual, mordiéndole el labio, saboreando su respiración entrecortada.

Arqueo el cuerpo buscando su calor. Sus manos me recorren con una lentitud desesperante, subiendo por mis brazos, por mis costados, como si quisiera memorizarme.

Cada roce enciende algo en mí que creía apagado desde que me encerraron aquí.

Gimo suavemente contra su boca cuando sus dedos se hunden en mi cintura y me atrae hacia él.

Siento su excitación, su cuerpo tenso, y eso me hace temblar.

Mis manos se aferran a sus ropas; lo necesito cerca, más cerca, como si su presencia pudiera borrar el calabozo entero.

—He soñado con este momento —confiesa—. Con hacerte olvidar dónde estás. Con hacerte olvidar a Adrian y que me elijas a mí.

Sonrío, jadeando suavemente.

—Hazlo —le digo—. Hazme olvidar todo… menos a ti.

Sus manos bajan por mis costados, lentas, decididas, y su voz se quiebra cuando me responde:

—Maldita seas, Elara… sabes exactamente cómo hacer que pierda la cabeza.

Y yo cierro los ojos, porque eso es justo lo que quiero. Sus manos me toman del rostro con firmeza, obligándome a mirarlo.

—Si sigues así —murmura—, no voy a poder parar.

—No quiero que pares —respondo, rozando mis labios con los suyos—. Te lo estoy pidiendo.

El beso vuelve, cargado de intención. Se separa lo justo para hablar contra mi boca.

—Dime que me detenga —dice en voz baja—. Dímelo ahora.

Sonrío, lenta y peligrosamente.

Un gruñido ahogado se le escapa y vuelve a besarme, más lento esta vez, como si quisiera saborearme. Sus manos se mueven con intención clara, firme, provocando escalofríos que me recorren entera. Yo me arqueo hacia él sin pudor, buscándolo, dejándole claro lo que quiero.

—Siempre fuiste mi debilidad —murmura contra mi oído—. Incluso antes de que todo se rompiera.

Se queda quieto un segundo. Lo siento tensarse cuando paso mis manos por encima de su ropa y acaricio su abultada erección. Su respiración se vuelve irregular. Pero cuando sus dedos me aprietan con decisión, sé que ha perdido otra batalla.

—Te deseo —continúa—. Te amo. Y ahora mismo… no quiero nada más que a ti.

Sonrío cuando dice "te amo". Y entonces… algo en mí se tuerce. La dulzura se evapora como si nunca hubiera existido.

—¿Sabes lo patético que eres? —digo de repente, apartándome de él.

Jareck se queda inmóvil.

—Perdona… ¿qué?

Me acerco un paso más; mis ojos ya no suplican.

—Años mirándome como si yo fuera una recompensa que nunca te atreviste a reclamar —continúo—. Años esperando que te viera como algo más… mientras yo me follaba a otros.

Su rostro palidece.

—Elara, para —dice—. No estás bien.

Una risa seca se me escapa de los labios.

—¿Y tú sí? —pregunta clavando la mirada en sus pantalones—. ¿Creíste de verdad que si abrías esta puerta me iría contigo? ¿Que te elegiría ahora, por lástima?

Las palabras salen solas. Afiladas. Precisas y crueles.

—Siempre fuiste el segundo en todo —sigo—. El que espera. El que cuida mientras otro se lleva lo que deseas.

Aprieta los puños.

—No sabes lo que dices.

—Lo sé perfectamente —respondo, inclinando la cabeza—. Y tú también.

Por un instante creo que va a gritarme o a sacudirme para demostrar que no sé lo que digo. Pero no lo hace. Da un paso atrás y respira hondo.

—No voy a dejarte salir —dice finalmente—. Digas lo que digas.

Las voces sisean, frustradas.

—Entonces destrúyelo.

—Claro que no —susurro—. Nunca haces nada. Siempre obedeces órdenes. Siempre te quedas al otro lado.

Clavo la mirada en sus ojos.

—Eso es lo único que sabes hacer, Jareck. Vigilar lo que nunca será tuyo.

Me responde con silencio. Da media vuelta y la puerta vuelve a cerrarse despacio. Escucho cómo se sienta frente a la puerta, al otro lado. No se marcha. No huye. No cede.

—Descansa, Elara —dice con la voz cansada—. No voy a dejar que te hagas daño. Ni que me manipules.

Me dejo caer al suelo, con la espalda contra la pared.

Las voces gruñen y se repliegan. Cierro los ojos y siento algo parecido a la vergüenza.

No por lo que he dicho, sino por lo fácil que ha sido decirlo.

Y por saber que, cuando vuelva Adrian… tendré que vivir con lo que soy capaz de hacer para salir de aquí.