Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Guardia de Sangre

ADRIAN

Estoy apoyado en la pared de la bodega cuando escucho pasos en la escalera. No necesito mirar para saber quién es. Jareck camina como siempre: firme, sin hacer ruidos innecesarios, como si el barco le debiera obediencia.

Cuando aparece, sus ojos se van directos a la puerta reforzada.

—Te toca dormir —dice sin rodeos.

Niego rotundamente.

—No.

Jareck frunce el ceño. Se acerca más a mí y baja la voz.

—Adrian. Llevas toda la noche aquí. Te estás muriendo de sueño.

—Estoy bien. —Miento.

Jareck suspira y se cruza de brazos.

—No puedes proteger a nadie si no recuperas fuerzas.

Lo miro a los ojos. Y al hacerlo, ve algo en mi cara que lo hace tensarse.

—Esto no será una guardia normal —digo—. Si te dice algo… no le creas.

Eso lo detiene.

—¿Cómo que no le crea?

Me paso una mano por la cara. La barba me raspa y la piel me arde.

—No es ella todo el tiempo —murmuro—. A veces… dice lo que sabe que te duele. Lo que hace que bajes la guardia. Lo que te haga querer abrir la puerta.

Jareck traga saliva con dificultad. Sé que piensa que exagero. Sé que cree que la conoce.

—Elara no es una persona manipuladora. Nunca lo ha sido.

—Eso de ahí dentro no es Elara —digo con un tono seco—. Y si abres esa puerta cuando no es ella… alguien puede morir.

El silencio se instala entre nosotros. Desde dentro llega un golpe seco. Luego otro. Como si supiera que estamos hablando de ella. Jareck mira la puerta y su mandíbula se tensa.

—¿Ha dormido? —pregunta.

—Toda la noche —respondo—. A ratos lloraba. A ratos reía. A ratos… decía mi nombre como si fuera una salvación y al mismo tiempo una amenaza. No lo sé.

Jareck aprieta los puños.

—Déjamelo a mí —dice al fin—. Tú confías en mí, ¿no?

Lo pienso por un segundo. ¿Lo hago?

—Confío —respondo al fin—. Pero confía tú también en esto: no estás hablando con la mujer de la que estás enamorado. Estás hablando con algo que la utiliza.

Jareck asiente despacio. Se acerca a la puerta, apoya la mano cerca del ventanuco… pero no mira.

—Bien. Si intenta seducirte —continúo—, te apartas. Si intenta humillarte, no respondas. Si te suplica, recuerda que yo también supliqué una vez y nadie me abrió la puerta.

Jareck gira la cabeza hacia mí.

—No voy a abrir —dice—. Aunque me lo pida de rodillas.

Lo observo un segundo más. Busco dudas en su rostro, pero no las veo. Me quito las llaves del cuello y se las entrego. El metal me pesa más de lo que debería.

—Solo tú y yo haremos las guardias —digo—. Nadie más tiene acceso a la bodega.

Jareck coge las llaves y las aprieta contra su mano.

—Vete a dormir, Adrian.

Dudo por un segundo y miro la puerta una última vez.

—Elara —digo en voz alta, sin pensar—. Vuelvo pronto.

Me responde con silencio y eso me parte el alma en dos.

Me doy la vuelta y subo las escaleras despacio.

Cada paso que doy lo siento como una traición necesaria.

Sé que Jareck se quedará ahí, firme y atento, creyendo que puede con ello.

Ojalá no descubra esta noche lo fácil que es amar a alguien y lo peligroso que es hacerlo desde fuera de una jaula.

Cuando llego a cubierta, el viento golpea mi rostro y me recuerda que estamos en medio del océano; pero hoy no me importa el mar, mi atención está en la bodega. La brisa arrastra un olor a sal y madera mojada, pero incluso el aire fresco parece cargar un olor a peligro.

Los hombres me miran. Sus ojos no buscan mi rostro, buscan respuestas que saben que no puedo darles del todo.

—Adrian —dice Ray, con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que siempre me irrita—. ¿Qué pasa con la capitana? ¿Por qué está encerrada?

Respiro hondo manteniendo la calma. No puedo permitir que ninguno de ellos baje allí.

—Elara no puede salir de la bodega —digo con firmeza, con una voz que no admite réplica alguna—. No es seguro hasta que sepamos cómo enfrentar lo que sea que le pasó en la isla.

—¿Qué? —pregunta Torrent, con un dejo de nerviosismo—. ¿Es por la maldición?

El viento se detiene un instante, como si también quisiera escuchar. Miro a cada hombre y veo miedo en sus ojos, y no solo por ella, sino por lo que todos saben sobre esas maldiciones que devoran a los vivos.

—No puedo contaros mucho —respondo—. Solo sé que algo ha cambiado dentro de ella. Algo que le devora la razón, la memoria, la calma… y la humanidad.

Hay un silencio tenso. Entonces el viejo Cicatriz, arrugado y con la mirada hundida, carraspea.

—He oído historias —dice en voz baja—. Historias de hombres tocados por la misma maldición.

Uno, en Isla Blanca , sobrevivió… pero no era un hombre cuando lo encontraron.

Los cuerpos de los demás… mutilados, rotos por dentro y por fuera.

Él caminaba… pero los ojos… los ojos no eran humanos.

Decían que había aprendido secretos del mar y de la oscuridad para no morir, pero nunca volvió a ser el mismo.

El murmullo se extiende entre la tripulación. Algunos apartan la mirada, otros palidecen. Puedo oír el miedo creciendo como una ola. Me quedo mirándole unos segundos, analizando lo que acaba de decir. Me giro despacio hacia los demás.

—Escuchadme bien —digo, cortando cualquier comentario—. Nadie, y repito, nadie, bajará a la bodega salvo Jareck y yo. Las guardias serán solo nuestras. Cualquiera que desobedezca… no querrá saber lo que le puede pasar.

Los hombres asienten, algunos con miedo, otros con respeto, y se dispersan lentamente. La cubierta queda vacía excepto por mí y el mar. Subo por la escalera y dejo atrás la cubierta. No me detengo. Solo quiero llegar a mi camarote.

Abro la puerta y cierro detrás de mí. Me acerco a la cama y me dejo caer sobre el colchón; me duelen todos los huesos.

Me saco las botas, me acuesto, estiro los brazos a los lados y cierro los ojos.

Por un momento, todo el ruido del barco y del mar parece desvanecerse.

Aun así, pienso en Elara, en cómo estará en la bodega.

Respiro hondo. Por fin puedo descansar un poco. Mañana volveré para vigilarla.