Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Sombras en la bodega

ADRIAN

Han pasado dos días desde el incidente de Puerto Bruma .

Me apoyo en la barandilla y cierro los ojos un segundo. El olor a sal me devuelve a la bodega de mi infancia, a la humedad rancia, al miedo que se te mete en la garganta y no te deja tragar.

La puerta se cierra con un golpe seco que retumba en mis oídos y me deja temblando. La madera vibra bajo mis manos mientras trato de abrazarme a mí mismo, de calmar mi corazón que late como si quisiera salirse de mi pecho.

La bodega está oscura, tan oscura que siento que la oscuridad puede tocarme.

—¡Adrian! —grita mi padre desde arriba, y la rabia en su voz corta el aire como un cuchillo—. ¡Sal de ahí, maldito inútil!

Mi cuerpo se tensa. Cada músculo se congela. No me muevo. No quiero que vea cómo tiemblo.

Una vez intenté escapar de su mirada y lo pagué caro, un golpe en la espalda que me dejó sin aliento y la piel morada durante días. Nunca olvidaré el miedo de esa noche y el sabor a sangre mezclado con lágrimas.

Respiro despacio. Intento no hacer ruido. Cada crujido del suelo me parece un disparo. Escucho los pasos de mi padre arriba, fuertes y deliberados, como si buscara cada grieta de la bodega para asegurarse de que estoy atrapado.

—¡Te voy a enseñar lo que pasa con los cobardes! —grita, y algo golpea la puerta con fuerza, casi haciéndola ceder—. ¡Maldito bastardo! ¡Abre la puerta!

Me acurruco en la esquina más oscura de la estancia, llevando mis piernas al pecho, intentando desaparecer. Siento el nudo en mi estómago. Me arde la garganta y quiero gritar, pero sé que no debo.

Un golpe más fuerte hace que me sobresalte. La madera cruje y el polvo me cubre la cara. No puedo respirar bien.

El mundo se reduce a la oscuridad y a mi miedo.

—¡Cobarde! —escucho mientras golpea de nuevo—. ¡Abre ahora mismo, hijo de puta!

Mis manos se aferran al suelo, mis uñas arañan la madera, pero no me atrevo a mirar. Recuerdo otras noches así, noches en las que la bodega se convertía en mi prisión y él en un monstruo que no tenía nombre.

Cada lágrima que caía me dolía más que los golpes. Cada palabra de desprecio se quedaba dentro de mí, como un veneno que se esparce lento.

Me obligo a respirar. Cada inhalación es un ejercicio de supervivencia. Me digo que voy a resistir. Que, aunque me duela, aunque me quiebre, no voy a dejar que me rompa por completo.

—¡Eres un fracaso! —grita, y un golpe seco hace que mis oídos zumben—. ¡Nunca serás nada!

Cierro los ojos. Intento pensar en otro lugar: un jardín bonito, el sol de la mañana en la cara, la risa de alguien que me quiera... Pero la bodega lo devora todo. Cada sombra se vuelve un enemigo, cada crujido una amenaza.

Me abrazo a mí mismo con fuerza. La única promesa que puedo hacer ahora es resistir. Resistir hasta que pueda salir de aquí. Resistir hasta que deje de temer la sombra de su furia. Resistir hasta que sea capaz de vigilar, de proteger, en lugar de temer y temblar.

El tiempo no pasa. Cada minuto es una eternidad.

Cada golpe, cada grito, se graba en mí como un tatuaje de miedo y supervivencia.

Y, aun así, dentro de mí, algo chispea, un niño que se promete no quebrarse del todo, un niño que sabe que algún día habrá otra puerta, y que algún día estará del otro lado, protegiendo en lugar de sufrir.

Abro los ojos de golpe. No voy a permitirlo.

Bajo las escaleras despacio. Cada peldaño que bajo, hace que me duela el corazón. Cuando llego a la puerta reforzada, me detengo. Apoyo la mano en la madera y echo un vistazo a través del ventanuco de la puerta.

Siento vibrar algo al otro lado. Veo a Elara en una esquina, sujetándose las rodillas al pecho y con el rostro enterrado en ellas. Puedo escuchar su respiración y un murmullo bajo. Dice palabras que no alcanzo a entender.

—Elara —digo—. Soy yo.

Se queda en silencio unos segundos. Luego, escucho su voz frágil y cansada.

—¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?

Trago saliva. El tiempo es un arma. Lo fue para mí.

—No mucho —respondo—. Estoy aquí contigo. No voy a marcharme.

—¿He… hecho algo mal? —pregunta y puedo notar la vergüenza en su tono.

Me arde el pecho.

—No —digo sonriendo—. No has hecho nada, tranquila.

Apoyo la frente contra la puerta sin abrirla. No porque no confíe en ella, sino porque no confío en lo que la está devorando desde dentro. Porque sé lo que es despertar con sangre en las manos y no recordar en qué momento cruzaste el límite.

—No me dejes sola —solloza.

Cierro los puños. El impulso de romper el cerrojo, abrir la puerta, meterme ahí con ella y que sea lo que tenga que ser, me sacude el cuerpo entero. Pero el niño que fui grita más fuerte. El que aprendió que el amor sin límites también hiere.

—No lo haré —respondo—. Estoy aquí. Voy a quedarme aquí toda la noche si hace falta.

—Prométeme algo.

El corazón me da un vuelco.

—Dime.

—Si vuelvo a … —vacila—. Si empiezo a decir o hacer cosas que no haría… no me mires como si fuera un monstruo.

Aprieto la mandíbula.

—No podría —digo—. Ni, aunque quisiera.

Del otro lado, un sollozo contenido. Luego, un asentimiento que no puedo ver, pero que siento.

Me separo de la puerta y me siento en el suelo, justo enfrente, con la espalda recta y los ojos abiertos.

Las horas pasan lentas. El barco se mece. El mar golpea con paciencia.

Cada tanto, Elara habla en sueños. Nombres. Fragmentos. A veces, una risa que no es suya. Entonces me pongo de pie, me acerco y digo su nombre hasta que vuelve.

Y en cada repetición, algo dentro de mí se tensa.

No soy mi padre.

Soy el hombre que aprendió a resistir sin cerrar los ojos.

El que entiende que vigilar no es poseer si se hace desde el miedo de perder y no desde el deseo de dominar.

El que sabe que las jaulas existen… y que, a veces, la llave no es abrirlas de golpe, sino quedarse al otro lado hasta que el peligro pase.

Amanece. La luz pálida de la mañana se cuela a través de las rendijas de la madera, dibujando líneas delgadas sobre el suelo y rozando mis párpados con su brillo tembloroso.

Me arden los ojos; no he dormido nada, y no pienso hacerlo. El silencio de la estancia se siente más pesado que la oscuridad de la noche, como si hubiera acumulado todas las dudas y miedos que he guardado durante años.

—Adrian —me llama, con voz más clara y suave—. ¿Sigues ahí?

Sonrío sin darme cuenta.

—Sí —respondo—. Sigo aquí.

Y por primera vez desde que cerré esa puerta, siento que la promesa que me hice de niño no se ha roto del todo.

Porque esta vez no estoy solo en la oscuridad. Esta vez, vigilo para que alguien más encuentre el camino de vuelta.