Sangre y Maldición (Hijos de la Sal 2)
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Prólogo
ADRIAN
Estoy de rodillas otra vez. El suelo está húmedo. La sal gruesa se me clava en la carne y no puedo moverme. Dice que es para que aprenda.
Tenía ocho años la primera vez que entendí que no me pegaba por lo que hacía, sino por lo que era. Estaba sentado en el suelo con un trozo de madera que había intentado convertir en barco. Lo miré con entusiasmo, esperando que viera lo que había hecho, buscando su aprobación.
El golpe llegó sin avisar. Caí de lado y el barco se rompió al tocar el suelo. Eso fue lo que más me dolió.
Levanté mis temblorosas manos hacia arriba y recé para que ese gesto hiciera que mi padre se apiadara de mí. Si las bajaba, dolería más. Si lloraba o respiraba fuerte, dolía más. Hiciera lo que hiciera, dolía más.
—Mírame cuando te hablo, maldita rata; quiero ver en tus ojos lo poco que vales.
Mi padre no necesitaba gritar. Nunca lo hacía, y era peor así. Su voz era tranquila, precisa, como si todo aquello fuera lo más normal del mundo.
Levanté la cabeza despacio para mirarlo. El golpe llegó igualmente. Esta vez con el cinturón. Porque dejaba marcas que tardaban en irse. Porque me obligaba a contarlas después. Porque quería que las recordara.
Volví a caerme y no me dejó levantarme.
—¡Eso por desafiarme! ¡Si no fueras de mi sangre, ya te habría arrojado por la borda!
Lo peor de todo era que no había dicho nada. Nunca lo hacía.
Aprendí pronto que el silencio no te salvaba, pero al menos no empeoraba las cosas.
Me agarró del pelo y me obligó a ponerme en pie. Me levantó la cabeza hasta que me lloraron los ojos. No podía parpadear. Si lo hacía, me golpearía en la cara con los puños.
—Eres débil —dijo con desprecio—. Y yo no estoy criando a débiles. ¿Sabes qué se hace con lo débil?
Negué despacio. Nunca parecía responder bien.
Me estampó contra la pared. Me ordenó quedarme ahí, con los brazos en cruz. Si los bajaba, volvía al suelo. Si me cansaba, volvía al suelo. Si temblaba, volvía al suelo.
El tiempo pasaba lento. Las piernas empezaron a fallarme. Me ardían los hombros y la espalda por el cinturón. La respiración me quemaba el pecho. Me mordí la lengua para no hacer ruido y el sabor metálico de la sangre me inundó la boca.
—Aguanta, maldita escoria de mar —dijo—. No sirves para nada.
Aprendí a aguantar. Aprendí a no gritar cuando me dejaba encerrado en la bodega, a oscuras.
Aprendí a no suplicar cuando me obligaba a arrodillarme sobre sal gruesa.
Aprendí a no llorar cuando me llamaba esas cosas.
Aprendí a obedecer antes de que diera la orden.
Aprendí a castigarme antes de que lo hiciera él. Porque eso, a veces, reducía el dolor.
Había días en los que no me pegaba. Y eran peores. Esos días me miraba como si no existiera, como si estuviera esperando que hiciera algo mal solo para justificar lo inevitable.
—Así se hace—continuó—. Así aprende un hombre de verdad.
Aprendí a desaparecer. Aprendí a encerrar todo lo que sentía en algún lugar muy hondo y oscuro, donde no pudiera alcanzarme mientras él estuviera cerca.
Aprendí que amar era peligroso. Que cuidar era una debilidad.
Que proteger significaba controlar. Aprendí que las jaulas no siempre tienen barrotes.
Me prometí dos cosas sentado en la oscuridad, con las rodillas al pecho.
La primera, que nadie volvería a encerrarme jamás.
La segunda, que nunca me convertiría en el monstruo que era mi padre.
Y ahora...
Ahora estoy de pie en la cubierta del barco. El mar está negro y la noche pesa.
Elara está abajo, encerrada en el calabozo de la bodega. He retirado todo lo que pueda usar como arma. He asegurado la puerta para que nadie entre ni salga. Solo yo haré turnos de vigilancia, no porque no confíe en otros, sino porque esto es mi responsabilidad.
Ella está encerrada por mi culpa y no me tiemblan las manos, y eso... eso es lo que más miedo me da.
Escucho sus voces abajo. Un golpe. Luego otro. Como entonces. Como cuando yo aprendí a golpear las paredes sin gastar fuerzas.
—Estoy aquí —digo en voz alta, aunque sé que no me oye—. No te voy a hacer daño.
Y me odio por saber exactamente cómo suena esa frase desde dentro de una prisión.
Pienso en el niño que fui, en la oscuridad y en mi promesa. Pero también pienso en algo más.
Sé lo que es ser el monstruo y sé lo que es sobrevivirle.
Mi padre me enseñó a estar siempre alerta. A resistir. A no apartar la mirada, aunque te queme por dentro.
Y ahora… ahora voy a usar todo lo que me rompió para que ella no se pierda.
No soy como él. No voy a serlo. Pero si tengo que quedarme despierto cada noche, si tengo que vigilar esa puerta el resto de mi vida y si tengo que cargar con el peso de ser su carcelero para que ella siga viva… lo haré.
Porque aprendí de niño que el amor no siempre salva.
No todos los carceleros creen ser monstruos, algunos solo creen que no hay otra forma de proteger lo que aman...