32. EL PACTO DE LA NOCHE #2
Conforme caminaban por la sala del trono, se dio cuenta de que allí estarían el rey Athelstan y Alistair.
Le pareció imposible creer que lo hubiese olvidado por completo.
De pronto, el pulso se le disparó. Sabía que aquella imprudencia no era la mejor carta de presentación para unos seres que podían oír su corazón a decenas de codos de distancia.
Miró hacia los que allí esperaban y sintió un alivio inmediato al ver que no se encontraban entre ellos.
Al momento se preguntó por qué el señor de Inglaterra y su vástago habían decidido no comparecer.
Desde luego, era mejor así; aunque más tarde preguntaría el motivo de su ausencia.
Sonrió al pensar que no siempre se le mostraba la escena exacta, pero no tenía dudas de que el desenlace sí que lo era.
Continuó un poco más, fijándose en donde se hallaba el trono.
Había cuatro emblemas, el de la casa Wessex y otros, aunque, el que supuso que era el del Drăgoi, parecía destacar aún más.
Aquello era un signo indiscutible de quién mandaba ahora entre esas paredes.
El recibimiento de Helmet, imponente con su capa de terciopelo negro, los sorprendió.
Tras llevarse la mano de Lys a los labios, avanzó hasta ellos.
A su alrededor, Qiloçker, Bêwestan, Xwînxwar y Wêranker formaban medio círculo.
Dorek y Ønske aguardaron con los brazos cruzados, escoltados por un puñado de los suyos.
Gunnar, con su armadura vikinga y la espada al cinto, estaba de pie acompañado de seis vampiros Mosul.
Y Callen y Atwater, que también optaron por contar con el mismo número de soldados, observaron a los errantes con desconfianza.
Helmet fue quien habló primero.
―Os doy la bienvenida. ―Inclinó la cabeza hacia Alana y después le dedicó su sonrisa enigmática a Eirik.
―Si os soy sincero, jamás pensé que oiría esas palabras de vuestros labios ―reconoció el rey errante.
―Os agradezco enormemente que nos hayáis recibido ―dijo ella, quien adelantó un paso y le ofreció las manos.
El vampiro sintió un escalofrío. Cerró los ojos e hizo el mismo gesto, mostrando vulnerabilidad.
Sus generales no estaban tan tensos y preocupados como Lys, que no comprendía aquel comportamiento en su esposo.
La Elegida posó sus palmas y dejó que visualizara en su mente la visión que Eirik y ella habían tenido.
―Sabíais que aceptaría ―agregó el «No Muerto», maravillado.
―Desde hace tiempo. Comencemos, hay mucho de lo que hablar.
Helmet miró un instante a Nîga y se sintió extraño al no percibir la unión entre ellos. Supuso que la situación estaba nublando sus sentidos.
Tras presentar al grupo que formaba esa peculiar alianza, se sentaron en aquel círculo.
―¿El rey y el príncipe? ―preguntó Alana, incapaz de soportar la incertidumbre de que aparecieran en cualquier momento.
El vampiro miró a los consejeros, permitiéndoles que les revelara la verdad.
Ninguno esperaba aquella noticia, y ella mucho menos; pero ahora no era el momento para lamentarse.
Por respeto, les ofreció sus condolencias por la pérdida de Athelstan; aunque, en realidad, no la sentía.
Sabía que debía dejar lo pasado atrás; pero él había ordenado encerrarla allí para siempre, y le fue imposible separarse de aquel recuerdo.
Apartándolo, se centró en que debía encontrar la manera de convencerlos; solo que aún no le había sido mostrado cómo.
―Comprendo que me miréis de ese modo ―agregó con cierta timidez―.
Os estaréis preguntando quién soy y por qué una joven de apenas dieciséis años osa tomar la palabra.
Lo entiendo ―insistió―, y es razonable. Vosotros sois guerreros curtidos en mil batallas y os parece imposible que sea yo quien os venga a pedir una alianza y que os pongáis bajo mi mando. Pero así es.
Aceptando el aliento de Dios, cerró los ojos un instante y prosiguió.
―Me llamo Alana Shaw. Amada hija de Leala y Fairfax Shaw. Descendiente de un linaje que porta la sangre de Cristo en sus venas. Soy la que Mørket lleva siglos buscando. Soy la Elegida.
―¿Elegida? ¿De qué estáis hablando? ―preguntó el skyggene, contrariado―. Helmet, ¿quién es esta chica y a qué viene esto?
―Oíd lo que ha venido a decirnos ―lo calló el vampiro de forma tajante.
―Dorek, convertido en parte en demonio por aquel que se esconde en el infierno que él mismo ha creado con su odio y rencor, soy aquella que nació con la única misión de destruir a todos los «No Muertos» y también a los seres creados por Mørket, como los de vuestra raza.
Me complace deciros que ahora mi misión es muy distinta.
La Verdad es la responsable de que Eirik y yo estemos aquí.
Su Luz es la que le mostró que había sido humano ―dijo mirando a Helmet.
Gunnar se giró hacia su hija, que bajó la vista, sintiendo indignación porque no se lo hubiera dicho. Dorek, incrédulo, dejó escapar una sonrisa y se acercó a Ønske para susurrarle algo que nadie más oyó.
El Drăgoi miró a Lys y su expresión de decepción lo golpeó. No se lo había confesado por una buena razón. Lo que ocurrió fue que, tras decirlo la muchacha en voz alta, su decisión ya no le pareció tan acertada.
―Siento no habértelo contado, amor mío ―dijo el vampiro con sinceridad, volviéndose hacia ella―.
Temí que no me creyeras. Después, me dio miedo que pensaras que no era lo suficientemente bueno como para que tú, una Mosul, quisiera seguir a mi lado.
Solo soy un humano al que Mørket obligó a llevar su ponzoña para que la expandiera por la tierra.
―Eres un necio, Helmet ―susurró con los ojos enrojecidos.
―Fui marido y padre, Lys. Era feliz, pero él me lo arrebató todo.
¿Cómo podía decírtelo si has deseado toda tu vida engendrar un hijo?
Se me concedió la oportunidad de formar una familia y no quería que su recuerdo te destruyera.
Entiendo que estés dolida. Discúlpame por callármelo, pero no tuve corazón para romperte el tuyo.
―¿Acaso creías que iba a amarte menos tras saberlo? ―replicó desconcertada porque pensara eso de ella.
―Tú lo has dicho, soy un necio.
―¡Desde luego que lo eres! ―gritó Gunnar, enfurecido―. ¿Por qué has creído las palabras de una simple humana?
―Escuchadme ―los cortó Alana, ignorando al Mosul―, no vengo a someteros ni a exigiros sumisión.
Vengo a pediros unión, a mostraros la Verdad que vive en mi sangre.
Vosotros, que habéis vencido a Abbadon y que conocéis de primera mano lo que significa perderlo todo, sabéis que el verdadero enemigo aún no ha caído.
Mørket no perdonará esta derrota. Dentro de tres siglos, desatará su ira como jamás habéis conocido.
Dorek volvió a cruzar los brazos y miró a Ønske. Ella asintió, pero no dijo nada. Gunnar, en cambio, soltó una carcajada.
―¡Tres siglos! ¿Nos tomas por tontos, niña? ¿Esperas que creamos en profecías mientras los nuestros aún sangran?
―No dudes de Su palabra ―replicó ella.
―¿Dudar? No sé qué falsedades le habrás contado a Eirik, pero si te ha creído es que es tan necio como este ―agregó, mirando a Helmet.
Ella se puso en pie y cerró los ojos mientras sonreía, agradecida.
―Gunnar de la casa Mosul. Hijo del rey Erling y de Signe.
El menor de dos hermanos. Te viste forzado a ocupar el trono cuando Ebba murió tras caerse en las aguas heladas.
Lloraste su ausencia durante años, hasta que conociste a tu esposa, Arne, su madre ―dijo, mirando a Lys―.
Fuiste convertido por un Drăgoi llamado Sigurd; quien, al fallecer, te transformó en un ser libre…
―¡Mientes! ―vociferó, acercándose a ella para sujetarla de los hombros―. ¿Quién te ha contado todo eso?
Eirik y los errantes se pusieron en pie al momento, empuñando sus espadas, pero Alana los detuvo subiendo una mano.
Dejó que él la tocase y ella rozó su piel.
Sin esperarlo, decenas de bellos recuerdos regresaron a la mente del vampiro.
Los juegos de niños con su hermano. El amor de los besos de su madre.
El día en que conoció a Arne. Cuando nació Lys y le sujetó con fuerza el dedo índice por primera vez.
Volvió a sentir el abrazo de su esposa y también su calidez.
Unas lágrimas rosadas se le agolparon en los ojos y acabaron rodando por sus mejillas. La Elegida le había mostrado el pasado y el rey Mosul, destrozado por haberse forzado a olvidar todo aquello para dejar de sufrir, se cubrió el rostro con las manos.
―¿Qué me has hecho? ―balbuceó, impresionado por lo que había visto y por volver a llorar después de tantos siglos.
―Recordarte quién eres, Gunnar, no quien has decidido ser.
Alana los miró uno a uno, sabiendo que la estaban temiendo por lo que le había hecho al rey. Sin embargo, ella no se amilanó. Allí, en medio de todos, con sus vestimentas errantes y aquella pequeña cruz de madera que le había dado León en el último momento, volvió a dirigirse a ellos.
―Su intención es devolver el equilibrio, a lo que fue creado con el mayor de los esmeros. Quiere ofrecernos una nueva oportunidad.
Todos la miraban. El silencio era total.
―Abbadon aún no ha dejado estas tierras ―tembló sin poder evitarlo―.
En cuanto lo haga, correrá hacia Mørket para pedir su ayuda.
Una vez más, se la concederá. El Caído no se rendirá jamás.
Quiere la victoria, y vendrá por nosotros.
Por todos. Sin distinción. Por los vivos, por los «No Muertos», por los hijos de las sombras y por los errantes.
Somos una plaga para él, y hará cuanto sea necesario para destruirnos.
Hizo una pausa. Nadie emitió el más mínimo ruido.
―Por designio divino, llevo Su sangre en mis venas ―repitió―. Mørket pronto lo averiguará, y no parará hasta encontrarme.
Gunnar resopló, aún sobrecogido.
―¿Y propones que te protejamos? ¿Que pongamos nuestras vidas en juego por ti? Lo que pides es… imposible.