Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 32. EL PACTO DE LA NOCHE
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32. EL PACTO DE LA NOCHE

A ntes del atardecer del segundo día, la Elegida y los errantes avistaron las murallas.

Los Parêzvanan mantenían el campo de fuerza a su alrededor, de manera que ni soldados ni vampiros pudieron verlos acercarse.

El desenlace de la batalla aún era visible.

Los humanos seguían retirando cuerpos para darles digna sepultura.

Aquello les recordó que pronto les tocaría enfrentarse a un ejército mucho más poderoso; pero, de momento, debían concentrarse solo en la misión que los había llevado hasta allí.

Eirik se sorprendió al ver los estandartes Drăgoi, Kveld y Mosul junto al del inglés. Sin duda, aquella alianza continuaba. Se dirigió a Gudrun y a sus hijos.

―Ha llegado el momento. Tened mucho cuidado.

―Él os recibirá nada más anunciaros ―dijo Alana―. Decidle que no entraremos mientras no seamos invitados.

Ellos avanzaron hasta el borde del campamento exterior. Gudrun se topó allí con el mismísimo Xwînxwar, que lo reconoció al instante.

―Jamás pensé veros en otro lugar que no fuese ensartado en mi acero, Strøm ―reconoció el vampiro.

―Lo mismo digo, Drăgoi ―replicó el segundo general de Eirik.

―Soy el príncipe Vang. Traigo una misiva para tu señor.

―Vang, Thorkell, Gudrun y una patrulla de errantes. Si el mundo no se hubiera ido al infierno, no podría creer lo que ven mis ojos ―dijo Xwîn con ironía―. Adelante, lleva días esperándoos.

El rey miró a Alana, quien asintió convencida de que pronto llegarían a la visión que ambos habían experimentado. Y, con ello, al futuro que debía ser.

Los recién llegados sintieron cómo centenares de ojos se posaban en ellos al atravesar el patio de armas.

Gudrun se mantuvo impasible, pero los recuerdos de los días vividos con Eirik y Vidar entre aquellos muros le devolvieron un regusto amargo, como si cuanto había hecho por la causa no estuviera del todo justificado.

Observó de reojo a los príncipes y se tranquilizó al comprobar que parecían aguantar bien la presión de atravesar aquel pasillo repleto de miradas curiosas.

Debía de ser cierto lo que antes le había dicho Xwînxwar porque allí había soldados ingleses y normandos, Drăgoi, skyggene y Mosul conviviendo como si se conociesen desde hacía años.

Era cierto que las batallas convertían a sus participantes en hermanos; pero aquello era demasiado extraño hasta incluso para él con todo lo que ya había vivido.

Mientras pensaba que debía informar de aquella insólita alianza entre las tres razas, entraron en el gran salón.

Al igual que en las almenas, los cuatro estandartes reposaban juntos, todos iluminados por enormes antorchas.

Las sombras que aquellas ofrecían danzaban ociosas en los muros de piedra, proporcionando al ambiente cierta calidez de hogar de antaño.

El Strøm se fijó en que todas las chimeneas estaban encendidas.

Sin duda, un despilfarro de recursos inusual después de haber terminado una batalla sin saber si volverían a ser atacados.

El murmullo tenso de los que habían sido convocados, que los miraban con visible recelo desde sus sillas colocadas en semicírculo, se mezcló con el eco de sus pisadas hasta que se detuvieron frente a ellos.

Helmet se encontraba de pie en el centro, junto a Lys.

Detrás de ambos, los tres generales Drăgoi a modo de protección.

El rey Gunnar no se levantó, sino que permaneció sentado al lado de su hija.

Dorek, a la izquierda del vencedor, mantenía una pose con los brazos cruzados y un rostro inescrutable.

Ønske, a su vez, los observaba con atención.

Por último, los consejeros Sir Avery Callen y Sir Thane Atwater ocupaban los dos últimos asientos junto al Mosul en representación de Inglaterra.

Alistair continuaba en su alcoba con Herleva.

No se habían marchado aún a la espera de que llegara su tío, pero no quería saber nada de reuniones ni de acuerdos, teniendo en cuenta que su neófita se pasaba el día entero discutiendo y exigiendo humanos para alimentarse.

La falta del rey Athelstan y su hijo en aquella reunión sorprendió a Gudrun. Supuso que, en algún momento, el vampiro le explicaría el motivo de sus ausencias. El pensamiento de que tal vez ambos estuvieran heridos le cruzó por la mente.

―General ―lo saludó el Drăgoi, caminando hacia ellos.

―Helmet.

Los tres errantes saludaron con la cabeza tal y como les había pedido Eirik. Aquella era una visita oficial, y era mejor mostrar respeto hasta que se vieran obligados a lo contrario.

―Permitidme que os presente a los príncipes Vang y Thorkell ―agregó el Strøm.

―Sois la viva imagen de vuestro padre ―dijo sin disimular su expresión de asombro mientras les ofrecía el antebrazo. Ambos se lo estrecharon―. Jamás pensé que nos veríamos en estas circunstancias, Gudrun ―reconoció el «No Muerto», saludándolo del mismo modo.

―Os aseguro que yo tampoco.

El general miró a Vang, que asintió al momento.

―Helmet ―comenzó solemne, con los nervios templados―, nuestro padre os envía esta misiva ―agregó, tendiéndole un pequeño cilindro de hueso sellado con un poco de cera.

―¿Estas palabras son solo suyas, príncipe? ―preguntó con voz grave, esperando una respuesta concisa.

―Bien sabéis que no ―confirmó.

El Drăgoi extendió la mano y Vang colocó el objeto en su palma. Sin perder tiempo, rompió el sello y desplegó el pergamino con cuidado. En silencio, sus ojos leyeron con suma avidez. A medida que avanzaba, su ceño se suavizó. Lo que la joven inglesa le había prometido estaba a punto de cumplirse.

―El rey Eirik solicita una reunión con nosotros ―dijo, mirando a su esposa y aliados―. Si aceptamos, no tardará en llegar.

Lys entrecerró los ojos, incrédula.

―¿Y qué es lo que busca exactamente? ―soltó Gunnar, que no estaba dispuesto a acatar las exigencias de un errante.

Helmet dobló el pliego con gesto meditativo.

―Eso es lo que debemos descubrir. Esta era llega a su fin, y estoy convencido de que hemos de cambiar nuestra forma de proceder. Después de lo vivido, estoy dispuesto a escucharlos. ¿Y vosotros?

Dorek no pudo resistirlo y miró a Bêwestan, que asintió hacia él.

Después, el skyggene acarició la mano de Ønske, quien elevó los hombros en señal de ¿por qué no?

Gudrun se fijó en su hija y supo al instante que apoyaba a Helmet sin reservas.

Callen y Atwater, perdidos al no saber qué estaba ocurriendo, intercambiaron una mirada cargada de tensión.

Los consejeros tampoco habían tenido la oportunidad de elegir.

Una vez que Helmet les compartió cuál era la verdadera naturaleza de todos ellos y que aun así Athelstan había consentido continuar con aquella alianza, se ciñeron a seguir las indicaciones de este hasta que se hubieran marchado.

Al menos no se alimentaban de ninguno de los dos, aunque Atwater no estaba seguro del todo.

―En nombre de Inglaterra, nosotros… ―comenzó Sir Avery con firmeza, tratando de formar parte activa de aquella reunión impuesta.

―Aceptamos esa reunión ―lo cortó el rey Mosul con brusquedad. Tras ver que Dorek se sumaba a su yerno, no le importaba la decisión de los ingleses.

―¿Transmitimos esa respuesta, señor? ―dijo Thorkell, esperando una confirmación positiva.

Helmet los miró con firmeza.

―Os lo ruego. Aseguradle a vuestro padre que su comitiva será bien recibida en cuanto llegue.

―Será mucho antes de lo que pensáis ―agregó Gudrun.

―Está bien ―el Drăgoi se acercó un poco más a él―, estoy deseando volver a verla.

El Strøm entendió de quién estaba hablando. Les hizo una señal a los príncipes y, con un leve movimiento de cabeza, salieron de la sala del trono escoltados por los soldados que los habían llevado hasta allí.

En cuanto los vieron salir de la entrada del castillo, Alana cerró los ojos e inspiró para aceptar lo que estaba por venir. Todo seguía su curso, y ya se encontraban un paso más cerca de completar Su propósito.

El anochecer cubrió con un enrevesado manto de estrellas el cielo despejado.

Tras una orden de Helmet, los suyos encendieron antorchas estratégicamente situadas a lo largo del camino hacia la entrada del castillo y en el interior de este, con el propósito de recibir al séquito que estaba a punto de llegar.

Al verlos acercarse, abrieron las puertas.

Los Drăgoi, vampiros disciplinados de mirada acerada, se apartaron en formación perfecta al ver llegar al grupo de los errantes.

Alana y Eirik encabezaban la marcha flanqueados de cerca por Gudrun, Vang y Thorkell.

Tras ellos, Thyra y Nîga, seguidas por los Strøm y Parêzvanan, serenos pero listos para todo.

La comitiva se movió con paso firme por el empedrado del patio.

Los vampiros no solo no ofrecieron resistencia, sino que, tal como su señor les había exigido, rindieron armas en señal de respeto.

Alana no desvió la mirada. El Destino que debía abrazar estaba justo delante y no podía desfallecer.

Su historia había comenzado mucho antes de que ella naciera, y ahora daba un paso más hacia lo inevitable.