32. EL PACTO DE LA NOCHE #3
Dorek asintió con el ceño fruncido. No quería creer nada de lo que había visto con sus propios ojos por temor a que fuese verdad.
―Elegida ―dijo con un deje despectivo―. No somos mártires. Los skyggene no lucharán nunca más contra Mørket. Ese fue el trato que sellamos hace mucho para no volver a ser atacados.
Errantes y vampiros no podían creer en sus palabras, aunque al fin quedaba explicada la razón de por qué Ketî no los había vuelto a perseguir.
Helmet dio un paso adelante.
―Parece mentira que dos líderes inmortales le tengan tanto miedo ―dijo entre dientes con rabia―. Si la abandonamos, todos caeremos. Primero, ella. Luego, nosotros. Y, después, el mundo entero. ¿Es eso lo que queréis?
―Helmet tiene razón ―intervino Eirik, que, hasta el momento, no se había pronunciado―.
Ella es nuestra única esperanza. Los errantes fuimos creados con un propósito vital: protegerla y estar a su lado en la batalla final.
Estoy seguro de que Abbadon reunirá a un nuevo ejército antes de hablar con Mørket.
Puede que hasta le mienta diciendo que Helmet no se presentó y que él ganó.
―Eso no tiene ningún sentido ―replicó Gunnar.
―¿Acaso algo lo tiene? ―añadió Thyra―. Me resulta inconcebible que aún dudes después de lo que te ha mostrado.
―Brujería.
Alana se quitó la cruz del cuello y se la colocó en la palma. Después, se acercó a Helmet y le ofreció la mano. El «No Muerto» no dudó en tocarla mientras Lys gritaba que no lo hiciera.
Una visión lo golpeó con la fuerza de mil tormentas.
Volvió a ver la caída de su pueblo, el instante exacto en que Mørket lo transformó en lo que era.
El dolor, el fuego, la sangre… y luego, Luz.
Una Luz distinta. No que cegaba, sino reveladora.
El alma de Alana se abrió ante él: una dualidad imposible.
La sangre de Cristo y de Mørket en un mismo cuerpo.
Esperanza y destrucción en perfecto equilibrio esperando a ser desatado para ganar una guerra que llevaba anunciada milenios.
Cuando la retiró, él cayó de rodillas. Todos contuvieron el aliento mientras inclinaba la cabeza y le ofrecía la garganta.
―Soy Suyo, Elegida. Iré contigo a la guerra. Te ofrezco mi ejército. Mis tierras. Mi fuerza. Mi sangre. Todo para detener a Mørket. Para vencerlo. Porque si no nos unimos ahora, no habrá un después.
Un murmullo se alzó entre los presentes y Lys, pálida como el alabastro, dio un paso hacia él.
―¿Qué te ha mostrado?
―La Verdad.
―¿Y puedes enseñármela a mí? ―le pidió la vampira, tratando de comprender qué estaba pasando.
―A todo el que quiera ver.
Detrás de Alana, Nîga cerró los ojos al comprender que tenía razón.
Pese a todo, Helmet también era una víctima de las circunstancias.
Por supuesto, tardaría en perdonarlo. De hecho, no sabía si lograría hacerlo algún día.
De lo que sí estaba segura al ver a Bêw y al resto de los suyos, es que merecían una oportunidad.
Thyra miró a su padre con los labios entreabiertos, quien le dedicó una sonrisa cargada de esperanza.
Mientras la Elegida iba devolviéndole parte de la humanidad que les había sido arrebatada a todo aquel que estaba dispuesto a creer; poco a poco, el aura del gran salón fue cambiando.
El último en acercarse fue Dorek, y solo lo hizo después de ver que Ønske también se arrodillaba ante ella, como los demás.
Tras sentir el amor golpeándolo en el pecho, fue capaz de recordar su antiguo hogar antes de ser transformado en una bestia sin alma que desafiaba las leyes de la naturaleza.
―Acepto ―dijo el skyggene al fin―. Por los míos. Por lo que aún podemos salvar.
Gunnar se levantó. Observó a su hija. Lys no dijo nada, pero su mirada era clara como el hielo del norte y su sonrisa hablaba por sí sola.
El rey Mosul suspiró.
―Entonces, que así sea. Lucharemos juntos.
―Pacto ―dijeron uno a uno Helmet, Dorek, Gunnar y Eirik.
―Pacto ―sentenció Alana.
Tras mirar a todos ellos, se colgó la cruz al cuello y cerró los ojos para recuperar el aliento.
En ese instante, el pacto de la noche quedó sellado.
No hizo falta tinta, tampoco un apretón de manos.
Sus almas conocían la Verdad. Y, pese a ser imposible, sus corazones comenzaron a sentir la calidez de la vida que les fue arrebatada.
Antes de partir, acordó con sus nuevos aliados inmortales y el rey errante que lo mejor era que los humanos no formaran parte de esa alianza.
La Elegida se acercó a los consejeros y les pidió que llamaran a los soldados.
Desafortunadamente, ninguno de ellos resistiría el paso del tiempo, así que no podía dejarlos que contaran lo que allí había sucedido.
Con un leve susurro, les hizo olvidar aquella reunión; sin embargo, les permitió que conservaran los recuerdos vívidos y la sensación de que aún podían tener la esperanza de que el futuro sería más sencillo.
La guerra por la salvación comenzaba a gestarse, y no contaba solo con el acero, sino con la fe que, gracias a ÉL, ella acababa de mostrarles.
Alana formó una sonrisa cargada de ilusión y dolor. Aún debían volver al campamento errante, y sabía que lo que iban a encontrar desataría un nuevo caos del que todavía no conocía el desenlace.
Por primera vez, tuvo miedo de perder la esperanza. Hasta que Nîga y Thyra se pusieron a su lado.
―¿Va todo bien? ―preguntó la vampira.
―Pronto lo sabremos. Ahora, «regresemos a casa».