Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER #4
96%

31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER #4

Esta vez fue Yngvar quien se lanzó a su boca, imprimiendo en ese beso todo el amor que sentía por ella.

Aquel contacto les supo a muy poco a los dos, pero había demasiados testigos como para alargar el momento.

Cuando se separaron, Alana lo obligó a bajar la cabeza hasta apoyar la frente en la de ella.

―Recuerda que ÉL me guía.

―A todos, amor mío.

―Que el tiempo sea benevolente con nosotros y pase más rápido que nunca.

―Que ÉL te oiga.

Ella volvió a besarlo. Yngvar, que ya empezaba a rechazar la idea de quedarse allí, le respondió incluso con más intensidad que antes.

Ambos caminaron hasta donde se encontraban los demás y, tras despedirse, León, Vidar, Oskar, Erke y él se quedaron en las inmediaciones del pueblo con la patrulla Eide.

Sin perder tiempo, se dirigieron hacia la parroquia.

Mientras tanto, el resto siguió avanzando hacia el castillo de Athelstan. Apenas habían descansado la noche anterior, pero no podían arriesgarse a que Helmet se marchara. Alana sabía que eso no iba a ocurrir, pero era mejor asegurarse de que no sucediera.

Vang, Thorkell y Gudrun impusieron un ritmo más alto tras la petición de la Elegida.

Thyra y Nîga avanzaban a su paso. Eirik mantenía la mirada fija al frente.

Hacía siglos que no había regresado a la fortaleza.

De pronto, el recuerdo de sus errores y de las crueldades que había cometido le obligaron a reconsiderar que tal vez se había excedido.

En cualquier caso, ese no era el momento para pensar en ello.

Yngvar se había quedado mirando cómo se marchaban hasta que desaparecieron de su vista. Vidar le instó a continuar. Su misión era muy corta, aunque sumamente importante.

Bajo el manto de protección de los Parêzvanan, rodearon la iglesia, que, silenciosa y antigua, parecía estar esperándolos. Para tranquilidad de León, la puerta de atrás seguía cerrada. El obispo aún no había enviado a su sustituto.

Una vez pasaron por las habitaciones, que durante años habían sido su hogar, accedieron al interior de la pequeña capilla.

Tras persignarse, el párroco apartó el altar con una facilidad que volvió a sobrecogerle.

Junto a él estaban Vidar, Yngvar, Oskar y Borgervern.

Erke se había quedado en el exterior con el resto de los errantes.

Durante el trayecto habían visto a algunos Ursu, pero nada preocupante.

En silencio, cada uno de ellos tenía la mirada alerta y las manos cerca de las armas. Toda precaución era poca.

León se arrodilló ante la losa que semanas atrás había removido. Durante un momento, temió que alguien la hubiera descubierto. Murmuró una plegaria en voz baja y rozó con los dedos el símbolo tallado en su superficie: una cruz inscrita en un círculo.

―Aquí está ―susurró―. Donde siempre ha estado.

Los errantes vigilaron los accesos mientras él la retiraba sin esfuerzo. Debajo, resguardada en su bolsa de lana, descansaba solitaria la pequeña vasija de barro sellada con cera.

La levantó como si llevara el mundo entre sus manos.

―La sangre de Cristo ―susurró León con voz reverente.

―Creo que será mejor que la guarde yo ―dijo Vidar.

―Tuve la ocasión de cometer un pecado mortal y no lo hice. Aun así, os la entrego ―agregó, poniéndosela en la mano.

El líder Eide la introdujo en un cilindro reforzado para mantenerla protegida y se la guardó dentro de la chaqueta.

Tras dejar todo como estaba, salieron de la parroquia en completo silencio.

Afuera, el aire olía a humedad y ceniza.

Se encaminaron a toda prisa hacia la antigua casa de la Elegida para tomar el sendero del río.

Al atardecer, tras haber pasado más de mediodía corriendo, decidieron detenerse el escaso tiempo que tardaran en comer algo.

Al poco de retomar la marcha, se toparon de frente con cuatro patrullas Ursu.

Al verlos, los errantes se detuvieron. Pese a que el campo de fuerza permanecía intacto y los aislaba del exterior, no hicieron ruido.

Vidar les conminó a seguir al ver que el propio Abbadon junto a Rău las dirigían.

Con cuidado, trataron de esquivarlos, pero los vampiros estaban tan alterados que no dejaban de ir de un lado para otro mientras el líder discutía con su general por el nefasto resultado.

Poco a poco, se vieron rodeados. Mediante gestos, los Parêzvanan les indicaron que se agruparan más juntos, de modo que así ocuparían menos espacio.

Aquel vacío en medio de la nada comenzaba a ser un poco sospechoso.

Y, aunque la protección repelía a todo ser vivo, el estado alterado de aquellos que habían perdido parecía favorecer que no se dieran cuenta.

De pronto, los errantes vieron con preocupación que un par de vampiros corrían tras un ciervo, que, por desgracia, se dirigía flechado hacia donde se encontraban.

Si aquel magnífico ejemplar terminaba estrellándose contra ellos, quedarían expuestos.

Por mucho que trataran de mantenerse dentro de la protección, tarde o temprano, se verían obligados a salir.

Y si los Ursu los descubrían, no les quedaría más remedio que luchar.

Esta vez la suerte no estuvo de su parte.

Tratando de esquivar que uno lo atrapara, el animal giró de forma brusca y chocó de frente contra el campo de protección, rompiéndose ambas astas al mismo tiempo.

El pobre cayó muerto en el acto. El estruendo que causó el golpe fue de tal envergadura que los vampiros se giraron hacia todas partes al no entender qué había pasado.

Los que perseguían a la que iba a ser parte de su cena se quedaron confundidos porque habían presenciado cómo ocurría.

Al ver que la sangre de su cabeza resbalaba lentamente por una pared imaginaria, uno de ellos corrió a dar la voz de alarma, desapareciendo de ese modo toda la ventaja de los errantes.

Cuando el líder Ursu se acercó a aquella ilusión, resiguió con la mirada desde donde se había producido el impacto hasta el animal.

Se acercó un poco más y observó con detenimiento de arriba abajo y de izquierda a derecha.

Por último, se detuvo, clavando sus ojos al frente mientras mostraba una sonrisa de complacencia.

―Si os rendís, no os mataré a todos. ―Miró a su general y sonrió―. Parece que el día va a acabar mejor de lo que pensaba. Rodead el campo de fuerza, ¡tocadlo si es necesario!

Las quejas de los suyos no se hicieron esperar, pero lograron delimitar con rapidez dónde se hallaba. Rău se echó a reír, pensando en que se resarciría acabando con todos los que pudiera.

Vidar miró a los suyos, incluidos el padre León y el vampiro que los acompañaba. Aquella situación no pintaba nada bien. Erke tenía una expresión sombría. Si Abbadon descubría que seguía «vivo», no sabía cómo iba a explicarle el motivo de por qué su conexión se había desvanecido.

―Errantes ―dijo el de la casa Eide―, no nos queda más remedio que luchar. Padre León, tenga.

Sin dudar, le entregó su propia daga himmelsk , la misma que le había prestado a Yngvar para rescatar a la princesa y al joven Isaksen.

―No creo que pueda usarla. ¡Jamás he matado a nadie! ―susurró el párroco, con las manos temblorosas.

―Mire a su alrededor y decida si quiere que sean ellos o nosotros. Los Ursu lo tienen claro, así que en sus manos está ayudarnos a vencer. Erke, ¿qué vas a hacer?

―Si os sobra una espada, moriré libre.

Un Parêzvanan le dio una daga, él asintió agradecido.

―Guerreros ―prosiguió Vidar―, ha sido un honor combatir a vuestro lado. ―Bajó la cabeza y comenzó una plegaria―. ÉL forja nuestro destino. ÉL nos guía para que llevemos la luz a la oscuridad. Protégenos de todo mal y permítenos ver un nuevo amanecer.

―Amén ―dijeron todos al mismo tiempo; incluso el vampiro, quien se unió sin dudarlo.

―Venga, errantes ―gritó Rău―, os prometo que vuestro fin será agónico y muy doloroso.

Ellos se miraron. Justo antes de quitar el campo de protección, Erke tuvo una idea.

Era descabellada, pero tal vez les diera algo de tiempo.

Yngvar no estaba de acuerdo, ni Oskar tampoco.

Borg negó hacia Vidar, pero reconoció que lo que se le había ocurrido al «No Muerto» tal vez no fuese tan descabellado.

Si con ello ganaban unos pocos instantes, puede que eso supusiera la diferencia entre morir todos o que algunos escaparan.

Y harían cuanto pudiese para que la reliquia no cayera en manos de Abbadon.

Los Ursu gritaban y tiraban ramas contra aquella pared invisible cuando esta desapareció.

Borgervern fue el primero en atacar y en recibir el primer golpe.

Oskar logró abatir a uno de los enemigos antes de que lo lanzaran contra un árbol.

León trató de responder a otro, pero una garra le alcanzó el pecho, haciéndolo caer sobre su costado.

Yngvar, al que habían rodeado tres vampiros, luchó con fiereza. Sus ojos eran llamas y con su espada acabó con algunos de ellos, pero eran muchos. Demasiados.

Vidar se empleó a fondo y mató a dos casi al mismo tiempo. A uno le atravesó el corazón y justo después le cercenó la cabeza a otro.