Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER #3
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31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER #3

―El resultado de la batalla entre Helmet y Abbadon. Alrededor del castillo había cadáveres por todas partes. Abbadon escapaba y Helmet ondeaba su estandarte, celebrando la victoria. Después, lo vi en una colina. Miraba hacia el este. Nos espera, Eirik.

Él frunció el ceño.

―¿Y creéis que eso significa que debemos buscarlo?

―No lo creo. Lo sé. Mørket pronto averiguará lo sucedido. Abbadon no ha sido derrotado por completo, y sabes que la guerra no ha terminado. Para sobrevivir, para vencer, necesitaremos a todos los «inmortales». Me refiero a Helmet y a sus aliados.

Eirik no respondió de inmediato. Caminó por la tienda, pensativo. La luz de la mañana volvió a colarse entre los pliegues de la lona como si también aguardara su decisión.

―Confiar en los Drăgoi no es algo que mi pueblo vaya a hacer con facilidad. ―Se detuvo y clavó sus ojos en Alana―. ¿Estáis segura?

―Soy la Elegida. ÉL guía mis pasos. No son mis decisiones, sino las Suyas.

Eirik asintió lentamente. Había algo en su expresión que no era rendición, sino aceptación de un designio más grande que él.

―Haré cuanto necesitéis, pero dudo mucho que Athelstan quiera volver a luchar a su lado.

―No te preocupes por él ―dijo, bajando la mirada un instante.

―¿Qué has visto, Alana? ―le preguntó Nîga, que empezaba a vislumbrar cuando la Elegida parecía saber algo más que aún no había compartido.

―Más de lo que imagináis. Lo sabréis cuando llegue el momento. Debemos partir hoy mismo.

―Como ordenéis ―aceptó el rey―. Enviaré a mis propios hijos como emisarios. Ellos llevarán la propuesta que consideréis oportuna.

―Todos nosotros iremos con ellos.

Alana señaló en el mapa el castillo de Athelstan.

―No puedo permitir que os pongáis en riesgo ―dijo preocupado.

―Eirik, no podemos elegir.

Se dio la vuelta y caminó hacia la hoguera. Toda la fortaleza que sentía hasta hacía un instante desapareció y acabó doblada sobre sí misma, apoyando las manos en los muslos.

―¡Alana! ―exclamó Nîga.

Los dos corrieron a su lado para asistirla. Ella se dio la vuelta y levantó las manos para que no la tocasen. Después, negó con la cabeza.

―Alana ―repitió la vampira al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas―, ¿qué ocurre?

―El futuro no es una línea recta. Han de suceder muchas desgracias antes de lograr aquello para lo que fuimos elegidos. Todo tiene su razón de ser y, como ya he dicho, no seré yo quien cuestione Sus decisiones.

―Va a ocurrir algo muy malo, ¿verdad? ―añadió Nîga.

―¿Es cierto? ―inquirió él.

―Sí, pero podremos solucionarlo. ―Se secó un par de lágrimas que se le habían escapado―.

Eirik, avisa a tus hijos Vang y Thorkell.

Ellos llevarán esa misiva junto con Gudrun al castillo.

Nos quedaremos en las afueras y no entraremos hasta que os lo diga.

Nos acompañarán dos patrullas Parêzvanan.

Thyra y tú vendréis también ―dijo, mirando a la vampira.

Ella asintió, pese a que detestaba tener que ver de nuevo a Helmet.

―¿Necesitáis algo más? ―preguntó el rey.

―Sí. Marcharemos con la escolta que veas necesaria.

Ahora hemos de llamar al padre León. Tiene que recuperar la vasija antes de que Mørket descubra quién es y lo que esconde.

Para su protección, dejarás que le acompañen Vidar, Borgervern, Oskar, Erke e Yngvar.

Con ellos será suficiente hasta que regresen al campamento.

―De acuerdo.

Ella asintió y se encaminó hacia la mesa. Aún tenían mucho que organizar antes de marchar hacia el castillo, y esperaba que lo que acababa de mostrársele se cumpliera al pie de la letra o no sabría cómo podría sobrellevar la carga que le había sido impuesta.

Durante gran parte del día, después de todas las reuniones para determinar los pasos a seguir, la organización se hizo de manera meticulosa.

Los Eide, los Strøm y los Parêzvanan se movían rápidamente, equipando a los suyos con las armas necesarias y provisiones.

Los príncipes, tal y como había decidido Eirik, marcharían al frente con su fiel Gudrun.

El general había aceptado de buen grado la responsabilidad de llevar la misiva sellada con el emblema del pueblo errante destinada a Helmet.

Las instrucciones eran claras: debían solicitar una audiencia y lograr entregarla antes del anochecer del segundo día.

Vang se ajustó los brazales de cuero mientras Thorkell revisaba el filo de su espada.

Ambos sabían lo que estaba en juego, pero no mostraron ningún temor.

Gudrun los había entrenado muy bien, y por fin tenían la ocasión de demostrarlo.

La misión para la que llevaban varias lunas preparándose tendría que esperar.

Cuando estuvieron listos, los tres se dirigieron a la tienda principal. Alana, al verlos, inspiró para mantenerse firme.

―No os desviéis del camino que os he mostrado ―dijo ella―. Si lo hacéis, los Ursu que todavía andan por la zona nos descubrirán.

―Por supuesto, Elegida ―respondió Vang. Cruzó la mirada con su hermano y, sin más, asintieron.

―¿Pensáis que Abbadon aún no se ha marchado? ―preguntó el segundo general.

―No aceptará la derrota así como así. Seguid mis instrucciones y todo saldrá como se me ha mostrado.

―Sí, mi señora ―añadió Gudrun.

―Eirik, he de despedirme de mi familia antes de partir. Apenas he tenido tiempo de verlos en estos últimos días. Que todos estén preparados, no tardaré.

El rey asintió y ella salió a su encuentro. Fuera, el resto la aguardaba impaciente.

Yngvar se acercó a Alana con una sonrisa en los labios. Deseaba hacer gran parte del camino a su lado y no podía esperar para ver si se cumpliría lo que les había contado en la reunión que tuvieron por la mañana.

―¿Te encuentras bien, Lana? Estás muy seria.

―Más bien estoy concentrada ―mintió―. Voy a despedirme de mis padres y de Wade, no tardaré.

―De acuerdo.

La vio marchar y tuvo un mal presentimiento. Tal vez la misión no acabara bien para alguno de ellos. Mientras Oskar le decía algo por lo que rio, él no fue capaz de quitarse aquella sensación extraña.

La Elegida, algo apesadumbrada, caminó hacia la tienda de sus padres. Había decidido que no estuvieran en las reuniones a fin de no preocuparlos más. Su madre, nada más verla, la abrazó con fuerza. Después, su hermano se tiró a sus brazos y Fairfax cerró aquella despedida.

―¿Va todo bien, hija? ―preguntó Leala.

―Sí, madre. Solo quería deciros adiós. Regresaremos en unos días. Todo ocurrirá como tiene que ser.

―¿Por qué me da la sensación de que no te gusta el desenlace? ―dijo su padre, observando con detenimiento su expresión.

―¿Y no ha venido Yngvar contigo? ―interrumpió el pequeño Wade, que había corrido a por su espada de madera.

Ella se puso a su altura y volvió a abrazarlo. El niño respondió con una ligera queja, era la segunda vez que lo hacían en apenas unos instantes.

―Cuando regrese, ¿te parece?

―¡Vale!

―Ahora debo marcharme. Haz caso a madre y padre, ¿eh, Wade? Que no me entere yo de que has desobedecido.

―¡Que sí, pesada!

Ella se acercó una vez más y le dio un beso en la mejilla. Esta vez su hermano protestó con más brío. La joven no se lo tuvo en cuenta. Tras abrazar a sus padres, caminó hacia donde la esperaban. Sabía que no había respondido a la pregunta de su madre, y era mucho mejor así.

En cuanto llegó hasta ellos, Yngvar se tranquilizó al ver que su expresión era otra, una mucho más risueña. Supuso que antes solo sentía preocupación, y no era para menos.

―¿Todo bien? ―le preguntó, cogiéndola de la mano.

Ella se acercó y lo besó en los labios delante de todos los guerreros, dejando atrás las distancias que ambos habían decidido mantener hasta que Eirik anunciara su sjelevenner en la siguiente luna.

―¿Qué ocurre, Lana? ―dijo algo receloso. Le acarició el rostro mientras los errantes, incluido el rey, desviaban la mirada.

―Al verte me he dado cuenta de que vamos a estar separados demasiados días y no he podido resistir la necesidad de expresar lo mucho… mucho que te quiero.

―Yo también te quiero ―sonrió al oírselo decir―. Terminemos con esto y regresemos a casa.

―¿A casa?

―A nuestro verdadero hogar en el norte.

―Cuando todo esto acabe, ¿de acuerdo? ―negoció emocionada.

―De acuerdo ―sonrió.

Ella le hizo una señal a Eirik, quien, sin ceremonia, dio la orden de marchar hacia Felsted.

Dos patrullas de Parêzvanan los escoltaban, también una Eide y otra Strøm.

Thyra avanzaba junto a Oskar, mientras Nîga no se apartaba de Erke.

El padre León corría junto a Eirik, y los dos generales.

Sus hijos y el resto mantenían un ritmo brutal.

El silencio en el grupo era casi reverencial.

Todos sabían que estaban asistiendo al tejido de un nuevo destino que iba a lanzarlos directamente a las fauces de Mørket, pero que así fuera si con eso lo hacían desaparecer.

Al amanecer del segundo día, llegaron al bosque que demarcaba Felsted. Alana se acercó a León, quien no dejaba de mirar hacia el oeste, hacia su parroquia. Sus manos temblaban ligeramente. No por miedo, sino por la urgencia de recuperar lo que custodiaba.

―¿Crees que seguirá allí? ―preguntó ella en voz baja.

―Eso espero porque, si no, el camino habrá sido en vano. Alana, quiero que te quedes esto ―dijo, dándole la cruz de madera que aún llevaba en el bolsillo―. No sé por qué, pero tengo fe en que te protegerá.

―Gracias, padre. ―Lo abrazó con el peso de saber que así sería.

Eirik los alcanzó desde la retaguardia.

―Debemos proseguir. Vidar, en cuanto la recuperéis, regresad al campamento. ¿Lo has oído, León? ―insistió. Luego miró a Alana, que se estaba separando unos pasos con el joven Knutsen.

―Sé que eres la Portadora de Su sangre ―dijo Yngvar, mirándola a los ojos―, pero prométeme que no harás ninguna locura.

―Lo mismo digo. No os detengáis por nada. Corred lo más rápido que podáis y no miréis atrás.

―No te preocupes. Todo saldrá bien.

―Lo sé.