Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER #2
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31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER #2

Eirik se había incorporado como un resorte, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor.

Tras vestirse, salió de la tienda sin despedirse de Brina, que aún dormía, y atravesó el campamento con pasos silenciosos.

No podía ignorar aquellas revelaciones. En cuanto amaneciera, mandaría llamar a la Elegida.

Debía informarla cuanto antes, aunque esperaba no tener que ver a Helmet más allá del momento de acabar con él, pero algo en su interior le decía que eso no iba a pasar.

La historia había empezado a girar en otra dirección. La cuestión era hacia dónde.

Alana abrió los ojos de golpe. El aire le llenó los pulmones con violencia, como si emergiera de un lago helado.

A su alrededor, todo estaba en penumbra, y Nîga dormía en silencio a poca distancia.

Se abrazó el cuerpo con sus brazos, temblando.

Pero no era por el frío, sino por la certeza de que el momento había llegado.

De pronto, se le mostró que Eirik también había visto lo mismo. Ambos habían tenido aquellas dos visiones, solo que ella no tenía dudas sobre lo que debían hacer.

Se incorporó y se vistió sin hacer ruido.

Cuando salió, miró al cielo. Este era un sinfín de líneas grisáceas y anaranjadas.

Caminó con paso firme hacia la tienda del rey, sabiendo que la recibiría enseguida.

Los dos guardias que la vieron acercarse la saludaron con respeto.

Eirik ya los había instruido. Si ella aparecía, debían dejarla pasar al momento.

Alana cruzó el umbral y lo encontró de pie junto a una de las hogueras que calentaba el ambiente. La luz de la mañana se filtraba en haces dorados por la lona, y el aroma a incienso quemado aún flotaba en el aire tras el último rito del alba.

En cuanto se miraron, lo descubrieron.

―También lo has visto ―dijo emocionada, confirmando lo que ya sabía.

Eirik alzó la barbilla, solemne.

―Las dos visiones. ¿Por qué las habéis tenido vos?

―No lo sé, tampoco importa. Debemos hablar lo antes posible con Nessa.

Él asintió sin vacilar. Hizo un gesto a uno de sus guerreros para que fuera a buscarla.

Mientras esperaban, la Elegida cerró los ojos un instante al sentir una nueva conexión.

Fue como una ráfaga que no venía del exterior, sino de dentro de su propio cuerpo.

Un presentimiento. Un hilo invisible que de pronto la unía a la errante sin entender bien el motivo.

Se acercó a Eirik, quien tenía las manos crispadas y unidas tras la espalda.

Pese a todo lo ocurrido, el rey no pudo evitar tensarse al verla.

La joven inglesa ladeó la cabeza hacia él.

Entendía que no estuviera cómodo con su presencia; pero su misión era mucho más elevada, y no podía centrarse en alimentar su odio hacia Nessa, cuando se había arrepentido de sus errores.

Él bajó la mirada y afirmó con la cabeza.

Cuando entró, su porte sorprendió a ambos.

La errante que tenían frente a ellos apenas era una sombra de la arrogante y desquiciada que los había amenazado días atrás.

Cierto era que ya no parecía quebrada ni resentida.

Ahora vestía con sencillez. Sus oscuros cabellos sueltos le caían sobre los hombros, y una pequeña trenza, tejida con hilo rojo, decoraba su sien izquierda.

Su rostro irradiaba paz. Eirik habría jurado que incluso la veía feliz.

Sin duda, algo había cambiado en ella. Y aunque había poder en su forma de caminar, la energía que transmitía era muy distinta.

Alana supo al momento que la transformación que esperaba en ella se había completado y entendió el motivo de ambas visiones.

―Buenos días, me habéis hecho llamar ―dijo tras asentir hacia los dos con respeto, mostrando una cálida sonrisa que provocó en Eirik un leve malestar.

―Gracias por venir ―respondió Alana con la misma suavidad―. Nos alegra verte así.

―Por primera vez en mucho tiempo me siento en paz ―admitió Nessa―. Había olvidado lo que significaba estar entre los míos. Os aseguro que agradezco cada instante aquí. Sé que no merecía su perdón, y, aun así, me lo han concedido. Creedme, no los defraudaré.

Sin poder ocultar una sombra de emoción, Eirik asintió. Al fin y al cabo, el pueblo errante era un único ser que respiraba y vivía por y para la Elegida. Que ella hubiera regresado para asumir su deber solo podía suponer una ventaja.

―Me alegro de que hayas encontrado el camino de vuelta ―dijo él con templanza.

Ella bajó la cabeza. Alana dio un paso adelante.

―Nessa ―comenzó―, sabemos que contabas con un grupo de aliados con los que has vivido hasta que encontraste el campamento.

Ella la miró pensativa. No recordaba si en la celda le había hablado de ellos, aunque ya no existía ninguna razón para ocultarle la verdad. Confiaba en su juicio sin reservas. Y, como errante, estaría a su lado todo el tiempo que la necesitara.

―Así es. Tras escapar del lago, estaba completamente sola. Hui hacia el norte. Allí me topé con un grupo formado por muchas razas.

Alana la miró satisfecha. Lo que contaba coincidía con la primera visión que había tenido. Convencida de que ellos también eran los que Nîga quería encontrar, le pidió al rey que la llamase para poder confirmarlo.

―¿A qué te refieres? ―preguntó Eirik.

―El grupo del que os hablo estaba formado por vampiros cuyos creadores habían muerto, skyggene e incluso algunos tvillinger.

Todos habían desertado. Ninguno deseaba seguir bajo las órdenes de sus amos y escaparon en cuanto tuvieron la oportunidad.

Durante todo este tiempo que he compartido con ellos, su número no ha hecho más que aumentar.

―Eirik, necesito que Nîga esté presente en esta reunión ―intervino la Elegida―. ¿Podrías enviar a uno de vuestros guerreros en su busca?

Él la miró extrañado. No entendía el propósito de agregar a la vampira cuando no había aparecido en sus visiones. Decidido a aceptar lo que ÉL exigiera a través de Alana, atendió a su petición al momento.

―Entonces, Nessa ―prosiguió la joven inglesa―, ¿tú lideras a los que aún pueden elegir?

Ella negó con la cabeza.

―No, es un vampiro muy antiguo el que lo hace.

―¿Quién es? ―preguntó el rey.

La sonrisa de la errante se suavizó ante su exigencia y lo reveló como una confesión largamente esperada.

―Eierløs.

―«Sin dueño» ―repitió él, subiendo una comisura del labio por la elección tan acertada de su nombre.

―Así es. Él comanda el grupo que se hace llamar Brorskapet [15] .

En ese momento, apareció la vampira. La exprisionera bajó la cabeza como saludo.

―¿Habéis requerido mi presencia? ―preguntó Nîga, paseando la mirada de uno a otro.

―Sí ―dijo Eirik.

La Elegida le resumió lo que Nessa les había dicho para confirmar si aquellos eran los que estaba buscando.

Ella asintió emocionada. No esperaba que conociera su paradero ni que formara parte del grupo.

De todos modos, encontrarlos ya no le resultaba necesario.

Alana la había liberado, y ya no le pertenecía a nadie.

―Bien, Nessa ―continuó la Portadora, mirándola como si su respuesta fuese a decidir el futuro de todos―, necesito saber si te has puesto en contacto con ellos de alguna forma.

Ella bajó la vista un instante y asintió avergonzada.

―¿Has delatado nuestra posición? ―gritó el rey, enfurecido.

―¡No! Solo quería que supieran que estoy bien. ¡Yo no traiciono a los míos! ―lo enfrentó.

―¡Basta! ―medió Alana, tratando de que aquella pugna repetitiva terminase de una vez―. No estamos aquí para volver a juzgarte, pero hemos de estar seguros de que podemos confiar en ti.

―Ellos no saben dónde se encuentra el campamento. Ni cuando seguí a Vidar lo dije. Puede que te odiara con todas mis fuerzas ―añadió mirando a Eirik―, pero jamás condenaría al resto por tu culpa.

―No se te ocurra hablar de culpas, Nessa ―le advirtió él.

―Por favor, parad ―pidió la Elegida―. ÉL nos necesita unidos, no echándonos en cara el pasado. Si continuáis así, nos llevaréis a una muerte segura. Dudo mucho de que esa sea vuestra intención, así que dejad las rencillas atrás y centraos en lo que de verdad importa.

Eirik torció el gesto; pero ambos aceptaron callar, sellando así una tregua momentánea.

―Nessa, ¿puedes contactar con ellos? ―insistió Alana.

―Sí.

Eirik la vio asentir. En ese momento, regresó a la visión. Era justo lo que se le había mostrado. La piel se le erizó sin poder evitarlo.

―Entonces, hazlo. Dile a Eierløs que me reuniré para hablar con él en la próxima luna creciente, pero antes hemos de hacer algo mucho más decisivo.

―Ninguno luchará en la guerra contra Mørket, si eso es lo que vais a pedirles ―agregó la errante.

Alana le sostuvo la mirada y sonrió levemente.

―Cuando «los libres» escuchen Su voz en sus corazones, te aseguro que no se negarán.

―¿Estáis segura de esto? ―le preguntó el rey.

―Tanto como de todo lo demás. Gracias, Nessa. A nuestro regreso, formalizarás un encuentro con el líder Brorskapet.

Eirik adoptó una postura erguida e inspiró, aceptando sus órdenes. El amanecer apenas despuntaba, y el Destino reescribía una vez más sus caminos sin tinta ni pliegos. Sus mundos volvían a cambiar, y así sería hasta que la auténtica guerra llegase.

La errante se despidió de ellos para regresar a su puesto en la entrada del campamento.

Debía enviar una misiva y estaba convencida de que Eierløs querría despellejarla viva en cuanto descubriera las verdaderas intenciones que escondían sus palabras.

Sin embargo, su corazón no temió sus represalias.

Eran Sus designios, y ella no volvería a dudar.

Cuando abandonó la tienda, el silencio entre Alana, Nîga y Eirik se tornó espeso.

El rey fue directamente a su mesa y paseó la mirada por los mapas extendidos.

Parecía estar buscando algo, quizás una señal de que aquella decisión no era un error; pero esa respuesta no la iba a encontrar en un antiguo pliego.

―¿Qué ocurre? ―dijo la inglesa al rey sin entender por qué se había volcado en aquellos documentos.

―¿Qué visteis exactamente en vuestra segunda visión? ―preguntó él al fin.