Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER
93%

31. TODO TIENE SU RAZÓN DE SER

A ntes de llegar el mediodía, los vencedores fueron conscientes del alcance de la batalla.

Las huestes de Abbadon huían despavoridas, tratando de no perecer bajo las espadas de los Drăgoi.

En las colinas, al suroeste, aún se percibía algo de movimiento.

Columnas dispersas, gritos aislados y la rabia de los que no habían aceptado la derrota.

Helmet iba a ordenar la marcha a una patrulla de reconocimiento en dirección al campamento de Abbadon cuando Alistair apareció ensangrentado.

Nada más verlo, los Callen y Atwater se arrodillaron ante él y gritaron al mismo tiempo a fin de que los suyos supieran lo que había sucedido:

―¡Viva Alistair de Wessex, rey de Inglaterra!

El silencio fue inmediato. Helmet miró en rededor. Ni sus generales ni tampoco Dorek se habían dado cuenta de que Athelstan había caído.

Aquel golpe fue más duro para el ejército inglés que cualquier herida recibida. Con la pena de haber perdido a su rey, hincaron la rodilla en el suelo para jurar lealtad a su hijo.

―¡Poneos en pie! ―gritó Alistair―. Mi padre sigue siendo el rey. ―añadió abatido―. Miró a los consejeros y a Helmet―. Os espero en el salón del trono.

Se dio la vuelta y caminó hacia el patio de armas sin ofrecer unas breves palabras de consuelo a los suyos.

Había llegado a tiempo para ver cómo el vampiro gritaba victoria, aunque él no se sentía vencedor.

Ahora su pueblo exigiría ocupar el trono, pero la decisión de convertirlo en un monstruo había sellado su destino para siempre.

De hecho, no sabía cuánto iba a tardar su amo en reclamarlo.

Youngblood tenía razón, debía elegir a un sucesor, y los consejeros de su padre le ayudarían a hacerlo.

El linaje de Wessex moriría ese día, y estaba seguro de que, tarde o temprano, se vería abocado a luchar junto a su creador.

Hasta que llegara ese momento, actuaría como lo que siempre debió ser: el digno hijo de su padre.

Durante los siguientes dos días, los guerreros comenzaron a reagruparse.

Se encendieron hogueras. Se enterraron centenares de cuerpos de todos los ejércitos, sobre todo, de los humanos.

Los skyggene susurraban antiguas oraciones mientras los Drăgoi entonaban un cántico fúnebre en un susurro que solo podían oír los suyos.

Alistair había ordenado que los nombres de los caídos se anotaran en tablillas y pieles para que nunca se olvidaran.

La reunión que mantuvo con Helmet y sus consejeros fue breve.

Por mucho que Callen y Atwater trataron de que cambiara de opinión, la decisión que había tomado era irrevocable: se marcharía con Herleva en cuanto se recuperase de aquellas extrañas fiebres que la habían enfermado y se llevaría a Youngblood con él.

El vampiro comprendía sus motivos, y, aunque los dos ingleses le rogaron una vez más que lo reconsiderara, el joven no pudo satisfacerlos.

Les ordenó que le enviaran una misiva al hermanastro de su padre, Edmund.

Estaba seguro de que sería un buen rey para los ingleses, ya que él se veía incapaz de ocupar su lugar.

Solo permanecería en el castillo hasta que llegara su tío para que la cesión del trono fuese oficial.

Podría cumplir su palabra siempre y cuando Abbadon no lo reclamase antes; pero eso solo se lo dijo en privado al Drăgoi, quien aceptó guardarle el secreto.

Al caer la noche, cuando la luna se alzó roja como la sangre, Helmet volvió a reunirse con el príncipe.

En esta ocasión, también estuvieron presentes sus generales, Dorek y Ønske y dos capitanes franceses.

Acordaron con el inglés que protegerían la fortaleza hasta que el nuevo rey tomara posesión.

La alianza seguiría en firme hasta ese momento.

Pese a que Inglaterra, Normandía, los Drăgoi y los skyggene habían demostrado que podían luchar como uno solo, ese pacto se disolvería en poco tiempo.

Cuando Alistair regresó a su alcoba, esta permanecía en penumbra.

La luz trémula de una lámpara de aceite y las llamas de la chimenea iluminaban los contornos.

Nada más entrar, Landon le confirmó que aún no se había producido el cambio.

El pulso de Herleva era cada vez más lento, así que pronto sabrían si sería una vampira más o moriría sin remedio.

Cuando se acercó al lecho, la vio removerse.

Tenía la frente perlada de sudor, y a ratos gemía como si un recuerdo ajeno le rozara los labios.

Su rostro ya comenzaba a ser de color azulado.

La vida se le escapaba, y él deseaba que, de un modo u otro, se llevara su merecido.

Al fin, dejó de respirar. Poco después de medianoche, comenzó a parpadear de forma errática. Su despertar fue una agonía lenta. Cuando volvió a abrir los ojos, la luz le hirió como una cuchilla. Aunque su corazón ya estaba muerto, lo sintió latir con un ritmo hueco; pero eso era imposible.

Herleva no sabía dónde estaba. Ni quién era.

Casi ni qué era. Forzó su primer aliento como «No Muerta», que sonó como un jadeo, como si saliera de una pesadilla interminable que la había mantenido en las angustiosas tinieblas.

De pronto, se incorporó bruscamente, llevándose las manos al cuello.

Miró hacia donde estaba Alistair y después hacia Youngblood.

Abrió los labios. Notó los colmillos, y un nítido recuerdo del momento en el que él la atacó la golpeó de pronto.

Entonces, lo supo. Aquella marca era el inicio de su transformación. Él la había cambiado. La había convertido en lo que él era. Su voz retumbó en la alcoba, pero los rostros de los que la miraban no se inmutaron.

―¿¡Qué es lo que me has hecho!? ―exclamó mirándolo.

―Convertirte en mi esclava, amor mío ―respondió Alistair con ironía y sin remordimientos.

Herleva se abrazó las rodillas, confundida. Sentía la piel distinta. Como si el cuerpo no fuera suyo. Como si cada pensamiento llegara con un retraso cruel y estuviera sujeta a algo que no era capaz de ver.

―¿Qué soy ahora? ―susurró.

Landon dio un paso al frente. Su voz era grave pero calmada.

―Eres lo que ambos somos.

―No… no entiendo ―gimió, encogiéndose aún más.

―Eres una vampira. «No Muerta» ―musitó―. ¿Sabes lo que eso significa?

―No te creo, pero no me reconozco. No me siento yo. ¡No quiero ser esta cosa! ―dijo alzando la voz hasta que la garganta se le quebró.

Alistair se acercó lentamente. Al ver su reacción, reconoció en ella todo lo que había sentido tras su transformación.

La negación.

El repudio.

La pérdida de humanidad.

Él había pasado por lo mismo, y fue en ese momento cuando volvió a lamentar que su padre lo hubiera condenado a esa «vida» perpetua.

―No eres una cosa, Herleva ―susurró, sentándose en el lecho junto a ella―. Sigues siendo tú. Solo que ahora ves con otros ojos.

―¡Me lo has arrebatado todo! ―escupió ella―. La voluntad, la libertad… ¡Hasta el aliento me lo has robado! ¿Qué queda de mí ahora, Alistair?

Él la miró y se quedó pensando. Tal vez no había sido tan buena idea querer vengarse de esa manera. Ahora no podía echarse atrás y tendría que mantenerla a su lado hasta que dejara de existir.

―Eres alguien que puede arrepentirse de lo que hizo. Sí, te he atado a mí para siempre, pero no eres un recipiente vacío. Todavía tienes voz, solo que, por ahora, no me importa lo que digas. Primero he de perdonarte, y aún queda mucho para que eso ocurra.

―¿Solo me has transformado para humillarme y someterme a tu voluntad? ―rio entre sollozos―. Te traicioné y quería matarte. ¿Qué te hace pensar que no volveré a intentarlo?

―Que estás encadenada a mi sangre y no puedes luchar contra eso.

Landon bajó la cabeza y dibujó una triste sonrisa.

―¿Y tú de que te ríes? ―chilló al capitán.

―Él también me transformó. Tampoco lo elegí. Sin embargo, aquí estoy. Ahora tú y yo le pertenecemos, y, por ende, a Abbadon.

―¿Y ese quién es…?

―Alguien que espero que no tengas que ver nunca más ―reconoció el príncipe, sabiendo que aquello terminaría sucediendo.

La impronta de haber entrado en la sala del trono mientras un prisionero estaba encadenado y un ser despreciable le cogía la mano para olérsela, había regresado sin más.

Temblorosa, se llevó las manos al rostro. No tenía lágrimas. El no poder llorar le supuso una experiencia devastadora. Ardía por dentro, pero no podía dejarse llevar para encontrar consuelo. Ahora solo le quedaba el recuerdo de lo que había sido y que jamás volvería a ser.

―Nunca dejaré de odiarte ―soltó con los ojos enrojecidos.

―Entonces, aprende a vivir con ese odio ―dijo él sin alterarse―. De momento, es lo único que puedo ofrecerte.

Herleva bajó la cabeza y los tres se quedaron en silencio. Estaba rota; pero, tal y como le había dicho Alistair, no era un recipiente vacío. Alimentaría ese odio hasta que llegara el día en el que él quisiera liberarla o acabar con su vida. A esas alturas, le daba igual.

En la tienda principal, Eirik acercó las manos al fuego para calentarse.

Tenía los ojos fijos en una llama que parecía danzar solo para él.

Necesitaba crear distancia con aquellas extrañas sensaciones en las que lo habían sumido lo que había visto.

Después de despertarse empapado en sudor, le fue imposible dormir.

De nuevo, dos visiones.

En la primera, se vio a sí mismo justo donde estaba.

Frente a él, Alana, irradiando aquella calma por conocer los acontecimientos futuros, esperaba una respuesta.

Frente a los dos, se encontraba Nessa. No había rencor ni desconfianza.

Solo una solicitud. La joven inglesa pedía algo que él no lograba escuchar, pero sí vio el gesto: la errante inclinaba la cabeza con respeto y asentía.

Aceptaba. ¿El qué? Eirik no había podido averiguarlo.

La segunda visión fue un torbellino de sangre, metal y fuego. Un campo de batalla cubierto de cadáveres, de humo y gloria. El estandarte Drăgoi ondeaba sobre un mar de cenizas. Abbadon huía, y Helmet, de pie, mantenía la mirada clavada en el horizonte. Esperándolos.