30. DIME LO QUE DE VERDAD PIENSAS #3
Llamó a la puerta y gritó su nombre. Una criada abrió al momento.
Había ordenado que la protegieran hasta que la contienda hubiera terminado.
No estaba seguro de si eso había sucedido, pero sabía que su maldito amo era mucho más fuerte que el Drăgoi, así que el hecho de que ganara solo era cuestión de tiempo.
Al verlo, la bastarda se incorporó de inmediato. La preocupación le cruzó el rostro al ver cómo Alistair la estaba mirando. Algo terrible había sucedido y se temió lo peor.
―Alistair…
―¡Fuera de aquí! ―ordenó a las criadas.
Ellas obedecieron al instante. Tras quedarse a solas, cerró la puerta y se acercó.
―Está muerto, Herleva ―dijo con la voz ronca―. Mi padre ha muerto.
La normanda dio un paso hacia él, llevándose una mano a la boca para mostrar sorpresa. En realidad, estaba ocultando una sonrisa que borró justo antes de hablar.
―Alistair, ¡eres el rey! ¡Ahora tú eres el rey de Inglaterra!
―¿Eso es lo único que te importa? ―gruñó él.
―¡No, no…! Yo… Discúlpame. Estoy tan nerviosa que no sé ni lo que digo. ―Frunció el ceño y fingió sentirse muy afligida―. Dime, ¿qué es lo que ha ocurrido…?
―¡Que ha muerto en batalla! ―la interrumpió―. ¿Es que no me has oído antes?
Ella bajó la vista.
―Sí, Alistair.
―No trates de engañarme. ¡Mírame! ―exigió, zarandeándola.
―¡Me haces daño!
La miró a los ojos y buscó algo más en ellos. Herleva trató de apartarse, pero él no se lo permitió.
―Dime la verdad. ¿Que yo sea el rey era lo que buscabas? ¿Era lo único que Blanchard y tú queríais?
―¿A qué viene preguntarme eso? Yo te amo…
―Entonces, ¡mírame! ―le gritó―. Mírame y dime qué es lo que realmente te importa.
―Tú. ¡Siempre tú! ―dijo con voz temblorosa.
Por primera vez, Alistair no la creyó. Sin previo aviso, la sujetó del rostro con una mano y presionó con brusquedad los dedos en sus mejillas, obligándola a que no apartara la vista de él.
―Recuerda cuanto ha ocurrido entre nosotros. Recuerda todo lo que te he obligado a olvidar. Dime lo que de verdad piensas, ¿¡y por qué el duque selló la alianza con mi padre y tú fuiste la moneda de cambio!?
Ella parpadeó, confundida. Aquella orden reavivó una parte de su memoria que había estado dormida, enterrada bajo capas y capas de neblina espesa.
Los momentos se sucedieron como relámpagos: el día en que le robó la voluntad por primera vez y la hizo suya, Étienne tratando de forzarla, Alistair devolviéndole y arrebatándole la voluntad una y otra vez en un vaivén de poder y manipulación.
Cuando volvió a mirarlo, un mar de sensaciones la golpearon. Las lágrimas brotaron solas de sus ojos. Estiró los brazos, tratando de apartarlo sin éxito. Él la soltó para que se recompusiera.
―Todo fue un plan de Blanchard para quedarnos con Inglaterra ―soltó sin más―.
Tu padre quería al ejército normando, Étienne el trono y a mí.
Él… él lo deseaba todo. Yo no podía negarme, y me pareció una recompensa justa por yacer contigo.
Al menos sería reina. Te engañaría hasta que tuviéramos un hijo. Después, íbamos a matarte.
Alistair se quedó inmóvil.
―¿Matarme?
―Sí ―agregó sin titubear―. Yo iba a ocupar el trono como madre regente. Étienne sería mi protector. Y cuando nuestro hijo fuera mayor… ―dejó el resto a su imaginación.
Él cerró los puños con fuerza. Herleva se asustó al ver el brillo rojizo en sus ojos, solo que no le dio tiempo a decir nada.
Todo sucedió muy deprisa. Alistair se lanzó sobre ella con los colmillos sobresaliéndole de los labios.
Con un rugido de dolor y traición, se los clavó en el cuello.
Herleva gritó y forcejeó cuanto sus brazos le permitieron, pero él la sujetó con más fuerza.
La sangre le supo amarga. Cargada de mentiras, de deslealtad hacia su padre y hacia él mismo.
Mientras bebía, se dijo que la dejaría morir.
Sin embargo, en el último momento, se dio cuenta de que tenerla bajo su merced para toda la eternidad sería el peor de los castigos; algo que le pareció estar a la altura de su falta.
Oyendo cómo descendían sus latidos hasta casi detenerse, apretó el paladar, justo detrás de los dientes superiores, y comenzó a traspasarle la ponzoña.
Con aquel veneno la estaba atando a él para siempre.
Pensar que podría someterla todos los días mientras existiera le proporcionó un placer inesperado.
Cuando terminó, la dejó en el lecho que llevaban semanas compartiendo bajo engaño.
Ella yacía desmayada. Tenía el vestido rasgado por el cuello y el rastro de su sangre manchaba su nívea piel.
Alistair la miró con los ojos nublados por una furia que no era solo suya. Era la furia de su linaje, la de un nuevo rey roto por dentro. Sin decir palabra, cerró la habitación desde fuera y ordenó a las criadas que no la dejaran salir.
Nadie debía entrar. Nadie debía tocarla. No hasta que él regresara.
Volvía a la alcoba de su padre cuando Youngblood apareció con Callen y Atwater. Al verlo, los tres corrieron a su encuentro.
―¿Dónde está el rey? ―preguntó Avery.
―Mi padre… Yo lo he…
Landon lo cortó al momento.
―Alistair, ¿dónde está?
Él señaló con el dedo la puerta cerrada.
Sus consejeros, angustiados, entraron y lo vieron tumbado, inmóvil.
Se acercaron al lecho mientras el capitán apartaba a su antiguo pupilo a un lado, fuera de los ojos de aquellos dos.
Alistair no entendió a qué vino eso y se sorprendió aún más cuando lo retuvo poniéndole una mano en el pecho para pegarlo contra la pared.
Después, se llevó un dedo a los labios para que no hablara y se acercó para susurrarle al oído algo que solo él pudo oír.
―Jamás reveles que fuiste tú quien lo asesinó. Yo te cubriré hasta que elijas a un nuevo rey.
El príncipe trató de apartarlo, pero Youngblood no se lo permitió.
―Yo soy el rey ―susurró Alistair.
―No, sois un esclavo Ursu. Y, como tal, Abbadon hará con vos cuanto quiera; igual que ha hecho en el campo de batalla. ¿Es que queréis acabar con todo vuestro pueblo? Tarde o temprano, tendréis que marcharos, y deberéis dejar a vuestra esposa atrás.
Él sonrió ante sus palabras.
―Herleva es ahora tu «hermana de sangre». La he convertido y encerrado en nuestra alcoba.
―¿Qué estáis diciendo? ¿Por qué habéis hecho eso?
―Blanchard y ella tramaron un plan para quedarse con el trono. Si no les hubiera robado la voluntad, ellos habrían terminado por asesinarme. Buscaban un heredero que no podía darle. Seguramente, él la habría dejado en cinta. Eran amantes.
En ese momento, Atwater y Callen salieron al pasillo y clavaron una rodilla ante Alistair.
―Mi rey ―dijeron los dos.
Landon dio un paso al frente y los imitó. Debía continuar con la farsa hasta que pensaran en un plan. Quizás Helmet y los suyos supieran cómo romper el vínculo con Abbadon, si no, que el dios de Athelstan los asistiera antes de verse forzados a una existencia bajo el yugo Ursu.
―Poneos en pie ―dijo Alistair―. Ahora no es momento para esto. Debemos seguir luchando. Salid, iremos enseguida.
Los dos consejeros asintieron a su orden y corrieron hacia el exterior del castillo.
―¿Qué deseáis que haga? ―preguntó Youngblood, sabiendo que no los había obligado a irse para nada.
―Quiero que vigiles a Herleva y la protejas de cualquier intruso. Si Abbadon me reclama antes de que se convierta, si me arrastra con él, mi esposa debe seguir «viva». Tú cuidarás de ella hasta que pueda reclamarla yo mismo.
Landon lo miró con una expresión grave.
―¿Y si no regresáis?
―Entonces, os reclamaré a los dos.
―¿Eso es lo que de verdad queréis?
―Es a lo que mi padre me condenó. Siento haber hecho lo mismo contigo, aunque no con ella. Si muero, mátala antes de que despierte. No permitas que sea libre.
―Tenéis mi palabra.
Alistair siguió el mismo camino que Callen y Atwater sin saber que, mientras él había estado urdiendo un plan para condenar a la normanda, la batalla había llegado a su fin.