30. DIME LO QUE DE VERDAD PIENSAS #2
Los suyos lo entendieron al momento y redirigieron el ataque.
La presión aumentó sobre el frente de los de Abbadon, quien cometió el error de girarse al oírlo, distrayéndose solo un parpadeo.
Aquello fue más que suficiente para que Helmet lo golpeara con el pomo de su espada en la mandíbula.
El impacto lo obligó a retroceder, dejándolo aturdido.
Xwînxwar y Wêranker vieron una oportunidad y corrieron hacia su señor para protegerlo. Él alzó su hoja contra Abbadon, quien se agachó con tanta rapidez para esquivar el ataque que tropezó con un cuerpo y acabó hincando la rodilla en el suelo.
―¡Tú no puedes vencerme! ―dijo el Ursu, tratando de levantarse.
Helmet avanzó hacia él con el rostro desencajado.
―¡Esto termina aquí! Suplica por tu vida porque ¡yo soy el verdadero primogénito de Mørket! ―vociferó.
―¡Mientes! ―respondió, poniéndose en pie al instante.
―Sabes que no. Lo sientes ¡y estás muerto de miedo!
Abbadon soltó una carcajada antes de subir la espada hacia el cielo.
―¡Todos, a mi señal!
De pronto, una nueva horda de tvillinger y vampiros avanzaron desde todos los flancos. Helmet miró a sus cuatro generales con el rostro demudado. Su hermano solo había atacado con la mitad de las tropas.
―Eres patético. ¿Acaso creías que ese era todo mi ejército? Ríndete y no acabaré con todos los tuyos. De todos modos, tú no morirás.
Helmet se quedó un instante bloqueado. Tenía la seguridad absoluta de que aquella muchacha le había dicho la verdad; sin embargo, ahora estaban a punto de ser aplastados y nadie podría evitarlo.
Mientras veía cómo los suyos sacaban fuerzas de no sabía dónde, se llevó la mano al pecho y gritó:
―¿Te lo ha ordenado?
―Así es, pero no me ha prohibido darte una lección. ¡Y es justo lo que voy a hacer, «hermano»!
Completamente recuperado, volvió a arremeter contra él. El Drăgoi detuvo su espada y contraatacó. Ingleses y normandos caían por doquier, mientras que los de Helmet y Dorek hacían cuanto podían para resistir.
Cuando las fuerzas de Abbadon y los tvillinger parecían estar a punto de arrasar las defensas aliadas, un sonido profundo, como el gemido de la tierra desgarrándose, surgió desde el sur.
Nadie lo esperaba. Ni siquiera su propia hija.
Los olvidados cuernos vikingos resonaron como el preludio de una matanza anunciada. Desde la línea de árboles más allá de la colina donde Lys había perdido sus esperanzas, asomó un imponente ejército. Aquella fuerza arrolladora y perfectamente organizada estaba a punto de cambiar las tornas.
Gunnar observó un momento el campo de batalla enfundado en su imponente armadura de hierro, en la que antaño habían sido grabadas runas arcanas, ahora olvidadas.
Tenía los ojos encendidos como brasas vivas y el rostro firme, dispuesto para la lucha.
Su expresión mostraba verdadera satisfacción: había llegado a tiempo.
Miró a sus generales, situados a cada lado, y sonrió.
Tras ellos, miles de letales vampiros Mosul gritaban al unísono mientras aguardaban la orden de su líder, deseando entrar en batalla. Sus estandartes, con el dibujo de un águila dorada sobre fondo gris, ondeaban con orgullo.
Lys subió ambos brazos llevando una daga en cada mano mientras gritaba en nórdico antiguo:
―Padre Odín, danos visión en la niebla. Madre Freyja, guíanos con furia. Si morimos, que el Valhalla nos reciba. Si vencemos, que el mundo tiemble bajo nuestro paso. ¡Los Mosul jamás retroceden!
Gunnar asintió hacia ella. Apenas podía oírla, pero estaba seguro de que rezaba. Se golpeó en el pecho con el hacha que sostenía y bramó:
―¡Mosul, arrasad!
Helmet, no se detuvo a comprobar si realmente estaban allí o el cansancio le había jugado una mala pasada. Vio sonreír a su esposa y eso le demostró que no estaba soñando. Una emoción extraña se le anudó en el pecho, dándole fuerzas para arremeter con más brío.
―¿Te has aliado con Gunnar? ―dijo el Ursu, incapaz de creer lo que veían sus ojos.
―No hay nada como contar con la familia…
El Drăgoi acometió contra su «hermano» con esperanzas renovadas mientras los Mosul se lanzaban a rodearlos, cerrándose sobre ellos como una mano implacable sobre su presa.
El caos fue inmediato.
Los de Gunnar, con las fuerzas intactas, peleaban como un vendaval de acero.
Se movían con precisión, y su crueldad dejaba en entredicho la bien conocida de los Ursu.
No dejaban espacio para replegarse. Sus espadas destrozaban, sus colmillos se hundían sin misericordia, y su disciplina convertía cada carga contra el enemigo en una sentencia de muerte.
Los tvillinger, por primera vez, retrocedieron.
Velkan y Traian intentaron reorganizar sus líneas, pero los gemelos estaban siendo cazados como presas.
Rău reapareció al fin. Corrió hacia su amo, pero se amilanó al ver lo que estaba sucediendo.
Abbadon maldijo en voz alta mientras bloqueaba otro golpe más de Helmet.
―Esto no supondrá ninguna diferencia. ¡Gunnar morirá contigo! ―escupió, dejando a un lado la promesa que le había hecho a Mørket.
―¿Es miedo lo que veo en tus ojos, «hermano»?
El campo de batalla se estremeció. Con la llegada de los Mosul, las fuerzas enemigas comenzaron a fracturarse por todas partes.
Donde antes había avance, ahora había retirada.
Donde antes había certeza, se abría la duda.
Y en el centro de todo, Gunnar avanzaba con la seguridad de que una vez que el sol llegara a su cénit, se alzarían victoriosos.
La guerra aún no había terminado, pero el equilibrio se había roto por completo. La ventaja de los Ursu disminuía por momentos. Tanto los suyos como los tvillinger caían sin piedad. Entonces, Abbadon se dio cuenta de que no ganaría aquella batalla y de que su existencia corría verdadero peligro.
Incapaz de gestionar la derrota, gritó fuera de sí:
―¡Ursu, a mí!
A su orden, tres escuadrones se dirigieron hacia él. Sin importarles la velocidad a la que caían muertos sus compañeros, protegieron con sus cuerpos a su amo, que corrió seguido de Rău hacia el bosque.
Los cuatro generales Drăgoi miraron a Helmet, quien negó con la cabeza. Sabía que no los atraparían, y no estaba dispuesto a perder a los suyos.
―Que se hunda en su vergüenza ―dijo al fin.
Ellos asintieron mientras veían cómo las filas Ursu y tvillinger retrocedían y se rompían una tras otra, dejando una estela patética de desertores y de guerreros confundidos. La huida de Abbadon y Rău había destruido su entereza.
Velkan, herido y tambaleante, intentó reordenar a sus gemelos.
―¡Agrupaos! ¡No cedáis!
Su orden llegó muy tarde. Muchos habían muerto y el dolor desorientaba a los que aún quedaban en pie.
Frente a ellos, los Drăgoi, skyggene y humanos empujaban con furia renovada.
Traian miró a su gemelo, que asintió. Destrozado y sintiéndose completamente traicionado por la reacción de Abbadon, terminó ordenando a los suyos que huyeran.
Qiloçker atravesó a uno de los tvillinger por la espalda y gritó:
―¡Sin prisioneros!
Wêranker levantó su martillo y lo dejó caer sobre un escudo, haciendo trizas tanto la madera como el brazo de su contrincante.
Bêwestan se adelantó con un estandarte roto y lo clavó en el suelo.
―¡Victoria! ―exclamó mirando a Helmet.
Pero él solo tenía ojos para Lys, que acababa de reunirse con su padre y lo estaba abrazando. Después, vio cómo ambos se acercaban mientras la batalla llegaba a su fin.
Los gritos de los vencedores se mezclaban con los jadeos de los moribundos y los lamentos de los heridos. Por doquier había cuerpos. Muchos cuerpos. Helmet subió la mirada al cielo y los primeros rayos del sol, apenas visibles entre las nubes desgarradas, calentaron su rostro.
Dorek se acercó y apoyó la mano en su hombro. No dijo nada. Tampoco hizo falta.
Al ver llegar a Gunnar con Lys, el skyggene bajó la cabeza a modo de saludo y se alejó junto a Ønske, que estaba cubierta de sangre de todos aquellos que había hecho desaparecer.
―Helmet ―dijo el Mosul, solemne.
―Gunnar ―susurró con un deje de agradecimiento.
―Quizás debí llegar antes.
―Me habéis dado la victoria. Mi promesa sigue en pie ―agregó, ofreciéndole el antebrazo.
―Tu promesa ya ha sido cumplida con creces. ―Estrechó con fuerza su antebrazo, dejando patente que atrás quedaba su odio irracional.
Lys lo abrazó sin decir nada. No ya como una princesa ni como una estratega, sino como la mujer que había rezado toda la noche a sus dioses para que sobreviviera. Tras besarla en los labios, Helmet se giró hacia Bêwestan y le pidió el estandarte Drăgoi. Ella se lo entregó sin titubear.
Con orgullo, él lo subió sobre su cabeza y vociferó:
―¡Victoria!
―¡Victoria! ―repitieron los que aún seguían en pie.
A ese lado de las murallas, mientras vampiros, humanos y skyggene celebraban haber ganado, en el interior del castillo se había desatado otra batalla. Y el desenlace estaba a punto de sellar el futuro de Inglaterra.
La sangre aún humedecía el campo cuando Alistair, con el rostro desencajado por el dolor, se alejó de la cama donde había colocado el cuerpo inerte de Athelstan.
No podía soportarlo. Cada paso lo sentía como si un tronco le atravesara el pecho.
Había asesinado a su padre bajo una orden de Abbadon.
La cabeza le hervía. Su voluntad había sido quebrada hasta tal punto que era incapaz de recordar en qué momento dejó de matar a los de un bando para cebarse con el otro.
Ya ni su cuerpo ni su razón le pertenecían.
Se había convertido en un esclavo sin capacidad de decisión, y ahora el peso de la corona recaía en él como un yugo invisible.
Con la imagen de Hereward y su padre machacándole la conciencia, atravesó los pasillos como una exhalación. Debía encontrar a su amada esposa Herleva. Tenía que confesarle lo ocurrido y decirle que, pese a haber cometido un acto incalificable, él era el nuevo rey.