30. DIME LO QUE DE VERDAD PIENSAS
A escasa distancia, Qiloçker y Bêwestan comandaban parte de los Drăgoi hacia el núcleo del ejército de Velkan y Traian.
Tras apropiarse de un arma abandonada, el vampiro se abrió paso a hachazos con una furia que parecía sobrenatural incluso para los suyos.
La huida de Rău lo había desquiciado, y estaba pagando su frustración con cuanto enemigo se cruzaba en su camino.
Los tvillinger eran feroces, pero la estrategia de Bêw para romper el vínculo entre cada pareja parecía estar funcionando.
Cada vez que un gemelo caía, el otro se volvía errático, como si algo vital se quebrara en su interior.
―¡Atacadlos como si fueran uno solo! ―insistió ella.
―¡Sin piedad! ―bramó Qil furioso, hundiendo el hacha en el cráneo de uno de ellos hasta partirlo en dos.
Xwînxwar, sangrando por un profundo corte en la frente, apareció entre las filas enemigas con una docena de skyggene a su lado.
Ambas razas luchaban juntos como si compartieran siglos de alianza.
Dorek, desde la ladera este, levantó su lanza y gritó en su lengua ancestral.
Sus guerreros respondieron desapareciendo y reapareciendo justo donde las líneas de los Ursu comenzaban a fracturarse.
En otra zona, Landon y Terrel seguían vivos, aunque cubiertos de heridas. Youngblood se recuperaba casi al momento. Usaba una espada rota, que aún era letal. Hereward, incapaz de continuar por la lesión en el costado, se vio obligado a clavar una rodilla en el suelo.
―¡Cuidado! ―gritó cuando vio a un tvillinger venir por la espalda de Landon. Este giró rápidamente y clavó lo que quedaba de su hoja en el pecho del enemigo.
―¡Gracias! ―jadeó.
―¡Cuando esto acabe, tú pagas el vino! ―rio Terrel, aunque su rostro, ahora mucho más pálido, dibujó un espasmo de dolor.
Se llevó la mano a la herida. Al mirarla, supo que aquel rojo oscuro era el presagio de que el fin llegaría pronto. Tosió con violencia y la sangre le brotó de la boca en un espeso borbotón. Acto seguido, cayó sin fuerzas.
Youngblood corrió a su lado, y lo sujetó entre sus brazos.
―¡Despierta, Terrel! ―bramó, zarandeándolo.
El capitán abrió los ojos un instante mientras se ahogaba en sus propios estertores.
―Sal… salva al rey.
Giró la cabeza hacia un lado y exhaló. Landon volvió a gritarle y a moverlo para que abriera los ojos, pero él ya se había ido.
Desesperado por la pérdida de dos de los hombres que más apreciaba en el mundo, cogió una espada solitaria y corrió hacia el interior del castillo.
Debía encontrar a Alistair y asegurarse de que el rey había muerto.
De pronto, oyó cómo dos soldados gritaban su nombre: eran los consejeros Sir Avery Callen y Sir Thane Atwater.
Buscaban a Athelstan, pero no lo veían por ninguna parte.
Entonces, Landon les mintió.
En lugar de contarles que había sido el propio Alistair el que había sido obligado a olvidar quien era y luchar contra los suyos, bajo el embrujo de la sangre por ser vampiro, se ciñó a decirles que un enemigo lo había herido y que su hijo lo había llevado dentro del castillo.
Los dos lamentaron la pérdida de Hereward, pero no podían dejar a Inglaterra sin rey en el caso de que Athelstan hubiera muerto.
Youngblood les instó a regresar con él para comprobar su estado.
Él ya sabía la verdad, pero alguien más debía atestiguarla.
Además, era de vital importancia que encontrase al príncipe antes de que confesara lo que había hecho.
Eso solo desestabilizaría a las tropas, y era mejor que no lo supieran nunca.
Mientras los tres corrían hacia el interior de los muros, al mismo tiempo, en la muralla oeste, Ønske se enfrentaba a Velkan.
El tvillinger no esperaba a una criatura como ella.
La skyggene giraba, saltaba y evitaba sin esfuerzo los ataques, como si predijera los movimientos de sus enemigos.
Finalmente, una de sus cuchillas se clavó en la muñeca de Velkan, desarmándolo.
―No somos solo sombras, réplica sin alma ―susurró ella―. Somos el juicio que llega sin anunciarse y que reparte lo que mereces.
Velkan retrocedió, siseando como un animal.
En lo alto de la colina, Lys observaba la batalla desde lejos.
Su rostro era una máscara de concentración.
Tras muchas discusiones con Helmet, habían acordado que ella no lucharía.
Pero su espíritu estaba allí, en cada decisión tomada días antes, en cada estrategia ejecutada.
Si él caía, la alianza estaría en peligro.
Aunque, de un modo u otro, ese día marcaría el final de una era y el linaje de su familia quedaría sellado para siempre con lodo y sangre.
Una vez más, miró al horizonte. Suspiró como si la vida le hubiese sido de nuevo arrebatada y se volvió hacia las murallas.
Allí, Helmet y Abbadon seguían combatiendo.
Ninguno cedía. Cada golpe caía con la fuerza de un tambor de guerra que llevara siglos clamando justicia.
De pronto, Helmet rompió la guardia de su hermano con una patada en el pecho que lo hizo caer de espaldas.
Saltó sobre él, daga en alto, dispuesto a segar su garganta; pero una tvillinger lo interceptó por el flanco.
Helmet giró y hundió su espada en el vientre de ella.
Aquella distracción fue más que suficiente para que el Ursu se pusiera en pie.
Volvió a atacarlo con un rugido, fuera de sí por no haber sido capaz de doblegarlo aún.
Dorek, viendo la deriva de la lucha, dio una orden a Ønske. Ella se desplazó hacia el flanco sur, donde los normandos estaban debilitados.
―¡Resistid! ―gritó corriendo hacia ellos, enfurecida al sentir cómo sus ánimos caían en picado―. ¡Los refuerzos están al llegar! ―mintió.
Ella y sus skyggene irrumpieron en medio del caos, reorganizando la línea, obligándolos a subir los escudos y a atacar con las lanzas. Los soldados, revitalizados al ver el valor de aquella extraña mujer, empujaron con fuerza renovada.
Bêwestan, cubierta de sangre enemiga, llegó al centro del campo justo cuando Wêranker arrojaba a un tvillinger por los aires como si fuera un simple saco de paja.
―¡El núcleo se rompe! ―vociferó Wêr―. ¡Xwînxwar, detrás de ti!
El vampiro giró en redondo y atravesó en diagonal con su espada al Ursu que estaba a punto de atacarlo. Después, le cercenó la cabeza de una estocada. Entonces, Qiloçker se unió a ellos y señaló con su espada hacia donde Helmet y Abbadon aún luchaban.
―No podemos ceder. ¡Drăgoi, conmigo!
Bêw sintió una nueva energía recorriéndole todo el cuerpo. Miró a Xwîn y a Wêr, y aulló:
―¡Por la victoria!
―¡Por la victoria! ―gritaron todos.
Los cuatro se lanzaron hacia allí con una docena de guerreros. La batalla aún no había elegido a su vencedor, pero ellos estaban a punto de ayudarla a decidir del lado en el que debía caer la balanza.
Entre una bruma teñida de sangre, Bêwestan y Wêranker llegaron al centro.
Helmet y Abbadon ya se habían separado por tercera vez.
Sus agotados cuerpos estaban cubiertos de cortes, que se regeneraban sin descanso; solo que lo hacían mucho más rápido en el Drăgoi conforme seguían hiriéndose.
Poco a poco, la «vida» se les escapaba entre aquellas pequeñas heridas; aunque el odio era la principal razón que aún los mantenían erguidos.
―¡Mi señor! ―gritó Bêw, acercándose al tiempo que deslizaba su espada por la garganta de un tvillinger.
―No intervengas ―gruñó Helmet, sin dejar de mirar a su hermano―. Esto es entre él y yo.
El Ursu escupió un hilo de sangre oscura y levantó su hoja. Los colmillos le brillaron bajo la tenue luz que traía consigo el alba.
―¡Vamos, traidor! Acabemos ya con esta farsa.
Los dos se lanzaron de nuevo el uno contra el otro, como si la historia misma los empujara a despedazarse.
Sus espadas chocaron con una violencia que rompió el aire.
Helmet trató de hundirle la hoja himmelsk .
Abbadon lo desarmó, retorciéndole la muñeca hasta casi partírsela.
El Drăgoi lo maldijo, pero volvió a atacar mientras notaba cómo sus huesos se unían bajo su pálida piel.
Qiloçker vio cómo la daga se le caía al suelo.
Se deshizo de un vampiro de una sola estocada y corrió para recuperarla.
Ninguno de los dos hermanos se dio cuenta.
Estaban demasiado concentrados tratando de matar al otro, de modo que solo escuchaban el zumbido de sus espadas y los jadeos que nacían de sus resecas gargantas.
Entretanto, los ingleses que protegían la entrada al castillo resistían sin saber cómo.
Su ejército, diezmado, aunque no vencido, mantenía su línea lo mejor que podía.
Uno de sus capitanes había recibido un feo corte en el muslo y otro apenas se mantenía en pie, a punto de desfallecer del agotamiento.
Ninguno de los dos se detuvo. Ambos sabían que el desenlace del combate central afectaría el ánimo de sus hombres.
Debían continuar, proteger la muralla e impedir que nadie traspasara su defensa.
Los normandos, junto con los skyggene, se habían agrupado detrás de Ønske. Ella lideraba la arremetida como si incluso la fina niebla que había surgido tras la lluvia la obedeciera. Su silueta se desdibujaba entre cada golpe, como si danzara sobre el borde de dos mundos.
―¡A los flancos, ahora! ―ordenó. Sus guerreros obedecieron sin cuestionarla, disolviéndose ante los ojos de sus enemigos.
Dorek, disfrutando como nunca al ver cómo caían Ursu y tvillinger por igual, una vez más se abrió camino con su lanza en alto. Cuando llegó al centro de la contienda, vio la figura de Helmet tambaleándose. Un tajo de Abbadon le había alcanzado el costado.
―¡ Sôran ! ―exclamó en su lengua. Un antiguo grito de guerra que significaba «cambio de marea».