29. GUERRA #3
Qiloçker luchó como un demonio, pero eran demasiados.
Los dos generales Drăgoi corrieron a su lado y se interpusieron entre él y otros dos enemigos.
Una pareja de gemelos contraatacó, obligándolo a retroceder.
En ese instante, Rău se levantó a trompicones.
La sangre brotaba de sus heridas profusamente.
No dijo una sola palabra, ya que sabía que, si no se alimentaba pronto de un humano, tardaría mucho más en curarse y tal vez acabara bajo la espada de otro enemigo.
Miró con ojos desorbitados a Qil antes de desaparecer.
―¡¡RAĂĂUU!! ―rugió aún más alto el Drăgoi, levantando su espada al cielo―. ¡¡Vuelve, maldito cobarde!!
Pero él no respondió, sino que siguió corriendo hacia otro lado del campo donde se llevó consigo a dos jóvenes normandos sin darles tiempo de reaccionar. Tras alimentarse de ellos, corrió hacia la negrura del bosque. Debía recuperarse antes de regresar para matar a Qiloçker con sus propias manos.
Bêwestan le gritó que no perdiera el tiempo en correr tras él porque allí todavía lo necesitaban.
A regañadientes, el general tuvo que darse por vencido.
Siguió aniquilando a todo lo que se cruzaba en su camino y se juró que, la próxima vez que viese al Ursu, tendría en su mano la daga de acero himmelsk de Helmet y acabaría con él para siempre.
Mientras tanto, la noche, indiferente a la tragedia que estaba aconteciendo, prosiguió su camino.
Las antorchas que aún permanecían encendidas apenas alumbraban la zona, que se había convertido en una auténtica maraña de cuerpos desmembrados, sangre a borbotones, gritos desgarradores y estertores de muerte.
En medio de toda esa carnicería, Helmet continuaba rebanando gargantas y destripando sin descanso, pero en su mente tenía un único objetivo: encontrar a su hermano.
Exacerbado por la cantidad de contrincantes de los que ya se había desecho, se adentró junto a su fiel Wêranker entre las filas enemigas.
Llevando en una mano su espada y en la otra la hoja forjada en los fuegos más primitivos y sagrados de los errantes, avanzó como una tormenta silenciosa.
Miró un instante la daga de Raner, aquel contra el que había luchado durante siglos, antes de clavársela a un gemelo que se interpuso en su camino.
«No dejes que muera antes de que me lo lleve por delante», le rezó de algún modo mientras continuó su incursión con Wêr pegada a sus talones para cubrirle las espaldas a fin de que pudiera llegar hasta él.
―¡Abbadon! ―bramó Helmet. Su voz reverberó con tal fuerza que la tierra tembló.
El general de los Ursu se volvió hacia él con el rostro deformado por el esfuerzo de la contienda y sonrió abiertamente. Lo apuntó con su espada y vociferó:
―¡Aquí me tienes, «hermano»!
El campo de batalla desapareció a su alrededor. Allí solo se encontraban ellos dos a punto de despedazarse mutuamente. Sin esperar un solo momento, se lanzaron el uno contra el otro y el duelo de titanes comenzó.
El sonido de sus espadas al chocar sobrepasó el de un simple estruendo metálico.
Parecía el lamento de los olvidados y el suspiro de los muertos, que se recordarían durante siglos.
Helmet y Abbadon se encontraron en el centro de un círculo invisible que se cerró a su alrededor.
Ningún guerrero se atrevió a interrumpirlos.
Incluso el caos pareció querer respetar aquel igualado duelo.
El Drăgoi fue quien atacó primero. La hoja de su daga brilló como si devorara la poca luz que los rodeaba.
El Ursu reconoció al instante el reflejo y bloqueó el arma forjada con acero himmelsk con su espada dentada.
Luego, contraatacó con un barrido que rozó la armadura de su rival.
Ambos se movían con velocidad sobrehumana, golpeando como si sus fuerzas fuesen inagotables y sus brazos, alas de demonios ancestrales.
―¿Es que no te das cuenta de que no puedes vencerme? ―gruñó Abbadon entre dientes, mostrando los colmillos.
―¡Vas a morir y juro que le llevaré tu cabeza a «padre» junto con la misiva que escribiste en su nombre! ―respondió Helmet, girando sobre sí mismo para abrirle un tajo en la garganta.
Abbadon se agachó justo a tiempo y contraatacó con una estocada brutal que el Drăgoi desvió con el antebrazo protegido. Sus miradas se cruzaron y lo que hubo entre ellos fue mucho más que solo odio. Era desesperación por destruir al otro a cualquier precio.
―¿Lo descubriste? ―Dos estocadas brutales―. Me sorprende que no seas tan necio como yo pensaba.
―¡Voy a arrancarte la lengua y así no tendré que oírte nunca más! ―lo amenazó Helmet.
En el flanco opuesto, la batalla también rugía con un empuje que parecía surgir del mismo vientre de la tierra.
Extramuros, entre el estruendo de los aceros y los lamentos de los moribundos, Athelstan luchaba con la ferocidad de un lobo.
A su lado, Alistair, que aún no había sido reclamado por Abbadon, se abría paso entre los tvillinger con movimientos tan precisos como despiadados.
Uno a uno, los gemelos caían bajo sus implacables espadas. Sus rostros, idénticos, reflejaban el mismo asombro al morir: el de no esperar que un humano, o alguien que alguna vez lo fue, los superara en resistencia y destreza.
Desde lo alto de la colina, Abbadon vio la escena mientras repelía un nuevo ataque. Sus ojos ardieron de rabia al ver cómo Alistair acababa con uno, dos, tres tvillinger. Se había olvidado de él por completo, pero eso estaba a punto de cambiar.
―¡Suficiente! ―rugió colérico, apartándose con facilidad a un lado.
De pronto, Helmet resiguió con la cabeza el lugar donde el Ursu había centrado la mirada.
―Alistair…, lucha conmigo.
Abbadon, sin detener su espada, musitó aquella orden nacida de la sangre que superó la confusión que los rodeaba y que el Drăgoi pudo oír con nitidez.
En ese momento, el joven inglés trastabilló.
La ponzoña que ardía en sus venas lo obligó a bajar la espada un segundo.
Sus ojos se dilataron, y una voz susurrante, sanguinaria y a la vez seductora, comenzó a repetirse en su mente sin descanso.
«Lucha por mí. Eres un Ursu. Me perteneces. Ahora, mátalos a todos».
―No… ―murmuró el heredero, apretando los dientes mientras se golpeaba las sienes con los puños, tratando de resistir.
Pero la voluntad de Abbadon era como una cadena invisible, y el vínculo entre el creador y su criatura pesaba más que cualquier lealtad.
Con un rugido desesperado, Alistair giró sobre sus talones y atacó a uno de los suyos.
Ya no distinguía rostros. Soldados ingleses.
Normandos. Skyggene. Incluso un Drăgoi que se le cruzó por delante.
Nada importaba. Solo aquella orden que martilleaba sin cesar, arrastrándolo a cometer atrocidades contra su propio pueblo.
El capitán Youngblood lo vio acercarse y se lanzó hacia él.
―¡Alistair, deteneos! ¡Recordad quién sois!
A su lado, el capitán Hereward intentó flanquearlo, pero el príncipe, en plena posesión de la sangre maldita y prohibida, giró con una rapidez sobrehumana y le clavó la espada en el costado.
―¡No! ―gritó Landon, cogiendo a Terrel en volandas mientras caía herido.
Athelstan, que acababa de atravesar el pecho de una tvillinger con su espada, giró en redondo al oír el grito de Youngblood.
―¡Alistair!
Corrió hacia su hijo. El caos parecía abrirse a su paso, como si la batalla misma le concediera la oportunidad de llegar a su lado para tratar de impedir aquella locura.
Él, que continuaba bajo el influjo del Ursu, se dio la vuelta. Su espada aún goteaba la sangre de Hereward. Sus ojos eran un abismo de rabia y confusión.
―Padre… ―susurró, como si no lo reconociera.
Athelstan alzó su espada, pero no la blandió. Dio un paso más.
―Hijo mío. ¿Qué has hecho?
Una vez más, la orden volvió a resonar en su mente con extrema claridad: «Lucha por mí. Eres un Ursu. Me perteneces. Ahora, mátalos a todos».
Sin poder resistirse, arremetió contra su propio padre. Él intentó esquivar el golpe, pero la estocada fue tan precisa que penetró bajo su clavícula, atravesando carne, hueso y corazón. El rey inglés cayó de rodillas, con la mirada fija en los ojos de Alistair.
Abbadon lo vio de lejos y sonrió.
―Mi nuevo «hijo» acaba de matar al rey ―escupió, volviendo a cargar contra Helmet.
Acto seguido, salió del pensamiento del príncipe, permitiéndole volver en sí para que pudiera darse cuenta de su acción. Quería que sufriera plenamente por sus actos y la terrible pérdida.
Un instante después, Alistair soltó la espada.
―No…, no…, padre. Pero ¿qué he hecho? ¡No, por favor! ―emitió un grito desgarrador mientras trataba de taponar la herida.
Athelstan, incapaz de pronunciar palabra, llevó la mano hasta su rostro. El heredero sacó los colmillos con la intención de morderle; pero él, con las lágrimas inundando sus ojos, negó una vez y se ahogó en su propia sangre.
Youngblood, que lo había visto cometer el parricidio sin poder evitarlo, dejó a Hereward en el suelo y corrió hacia él. No vaciló en golpearlo con la empuñadura de su espada una, dos, tres veces.
―¡Maldito seas! ¡Maldita sea la sangre que llevo en mis venas!
Alistair no se defendió. No sentía dolor. No sentía nada, salvo el peso de la culpa. Se agachó aún más y rodeó el cuerpo inerte de su padre con desesperación.
―Perdóname…, perdóname…
Sin decir nada más, se puso en pie y desapareció, llevándoselo consigo hacia el interior del castillo.
El campo de batalla bramaba, pero nada fue tan ensordecedor como el silencio que acababa de dejar el hombre que ahora yacía muerto entre sus brazos.