Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 29. GUERRA #2
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29. GUERRA #2

Las filas de los Ursu dejaron paso a la de los tvillinger, que comenzaron a unirse en formaciones perfectas.

Eran gemelos en apariencia, hombres y mujeres, todos casi con el mismo rostro y paso.

Velkan y Traian, los líderes, encabezaban la columna central, montados en caballos de guerra cubiertos por armaduras azabaches.

―Hermano ―dijo Traian.

―Lo sientes también, ¿verdad?―respondió Velkan, sin necesidad de acabar la frase.

―Como la línea de una daga en la garganta. ¡Hagamos historia!

Mientras los veía correr hacia su posición, Qiloçker fijó su mirada en el estandarte.

Sabía que Rău no andaría lejos. Entonces, lo vio.

Había odio en sus ojos. Un odio real, antiguo, ardiente.

El Ursu pareció intuirlo y volvió la cabeza hacia él.

Ambos sonrieron al reconocerse. Sonrisas de acero y ferocidad que declaraban abiertamente que iban a destrozarse.

―¡Rău es mío! ―exclamó en voz alta sin apartar la vista de él.

―Con mi bendición ―afirmó Helmet.

Entonces, sin trompeta ni señal alguna, se desató el caos.

El primer choque fue una tempestad de acero y sangre.

Los Ursu, impulsados por la furia de su linaje, irrumpieron en la primera línea inglesa como un alud teñido de pura maldad.

Garras, colmillos, espadas y lanzas se entremezclaron en una sinfonía cruel.

El estruendo de miles de pies sobre el barro se mezcló con el silbido de las flechas normandas, y pronto la niebla se tiñó de rojo.

Los primeros gritos de muerte resonaron en mitad de la noche como declaración inequívoca de que no había vuelta atrás.

La batalla había comenzado. Y el mundo, tal y como lo conocían, empezó a arder a toda prisa.

Youngblood fue el primero en levantar el escudo para bloquear el hachazo de un vampiro monstruoso, cuya enorme boca parecía estar a punto de querer engullirlo.

La fuerza del impacto lo obligó a echar un paso atrás.

Él respondió de inmediato hundiendo la espada en el costado del atacante.

El cuerpo cayó con un gemido roto antes de que el capitán le cercenara la cabeza.

―¡Nadie retrocede! ―gritó Landon, alzando la espada hacia el cielo―. ¡Por el rey!

―¡Por el rey! ―se oyeron cientos de voces al unísono.

Hereward, que estaba a su lado, atravesó con una lanza el pecho de un Ursu que intentaba cercarlos.

Tenía salpicaduras de sangre por toda la cara, aunque por suerte no era la suya.

Sus ojos brillaban como los de un hombre que ya no peleaba solo por la victoria, sino por sobrevivir.

Y se dio cuenta de que necesitarían un milagro para resistir solo la primera noche.

―¡Línea cerrada! ¡Normandos, a la izquierda! ―vociferó Terrel mientras la ola de enemigos crecía.

Ellos respondieron con disciplina férrea después de semanas de severos entrenamientos.

Sus escudos formaron un muro al instante, y adelantaron las lanzas como si fueran una hilera de dientes.

Cuando los tvillinger embistieron por ese flanco, el estruendo del choque fue como el retumbar de una tormenta.

Cada par de gemelos parecía pelear con una sola mente, anticipando los movimientos del otro.

Uno distraía, el otro hería. Uno caía, el otro vengaba.

― Salauds [14] … ―balbuceó a duras penas un francés al caer con el cuello abierto de lado a lado.

―¡No son dioses, pueden morir! ―gritó el capitán de aquel soldado antes de atravesar a una tvillinger con un estoque en el vientre.

Del lado de Helmet, los Drăgoi se habían lanzado con brutalidad metódica.

Qiloçker encabezaba uno de los flancos con una espada de hoja ancha cortando sin pausa.

No gritaba. No dudaba. Cada golpe era exacto.

Cada contrincante, un obstáculo que debía desaparecer.

A su lado, Bêwestan se movía con precisión, mostrando una expresión seria y concentrada mientras ejecutaba sus acciones con determinación.

―¡A los gemelos! ¡Romped el vínculo! ―ordenó ella, conociendo de sobra la clave de su fuerza.

Wêranker se estaba enfrentando a media decena de Ursu.

Llevaba el pecho cubierto por una armadura de placas de acero.

Se había forjado un martillo de guerra con el que estaba rompiendo escudos y huesos por igual.

Con cada impacto, los cuerpos eran arrojados varios codos hacia atrás.

A su paso, como si fuera la misma muerte, iba dejando un rastro de cadáveres que empezaban a hundirse en el barro.

Junto a ella, Xwînxwar se deslizaba entre las filas como una serpiente.

Rápido, letal, silencioso. Su espada, ligeramente curva, parecía bailar cortando la carne, bloqueando garras y seccionando brazos.

En un instante, desaparecía, y, al siguiente, emergía detrás de un enemigo con la hoja ya teñida de sangre.

Los skyggene no se quedaron atrás en crudeza y se emplearon a fondo atacando como un susurro emitido al unísono.

Se desvanecían y aparecían detrás de vampiros y tvillinger, atravesando gargantas, clavando dagas en espinas dorsales, desarmando sus líneas desde dentro.

Dorek y Ønske lideraban su legión como si fueran una sola sombra compartida.

Él, con una lanza ennegrecida tras innumerables batallas, trazaba círculos de muerte a su alrededor.

Ella, con dos espadas cortas, giraba una y otra vez sobre sí misma con una elegancia letal.

―¡Replegaos! ―vociferó uno de los Ursu al ver cómo desaparecía un vampiro tras otro bajo los espectros skyggene.

―No os daremos la oportunidad ―susurró Ønske antes de rajarle el cuello.

El estruendo del acero y los aullidos de guerra resonaban por todas partes, mezclándose con los alaridos de los caídos y el crujido de los escudos astillándose. Vampiros, humanos, skyggene y tvillinger se enzarzaban en duelos feroces en cada palmo de terreno sin descanso.

Una cortina de lluvia decidió acompañarlos a medianoche.

Qiloçker corría entre los combatientes, desesperado por llegar hasta su objetivo.

Su cabello, ahora empapado, se le pegaba al rostro a cada paso, y la sangre que chorreaba de su espada se diluía rápidamente con las incesantes gotas que impactaban sin piedad.

Se volvió y trató de ver entre la marea de soldados. Buscaba solo a uno: Rău.

Y lo encontró.

Al otro lado de un pequeño claro, el general Ursu atacaba a varios soldados con arrogancia.

Su armadura, manchada de vísceras y barro, brilló un instante bajo un relámpago.

Con los colmillos desplegados, se lanzó al cuello de un inglés mientras hundía la espada en un normando.

Tras deshacerse de dos infelices más, de pronto, lo vio.

Formó una sonrisa extraña con la boca y se pasó la lengua por los labios, relamiéndose.

―¡Qiloçker, tu turno! ―gruñó―. ¿Tienes huevos o aún lloras por tu madre y tu hermana?

El aire se tensó aún más, como si eso fuera posible. Bêwestan lo miró sintiendo en sus entrañas la necesidad de destripar a aquel maldito cerdo. Qil, en cambio, no respondió. Solo emitió un rugido animal y se lanzó sobre él.

El primer choque fue brutal. Rău detuvo el golpe con su espada, pero el impacto lo obligó a retroceder tres pasos. El Drăgoi atacó de nuevo, en un torbellino de furia incontrolable. Cortes rápidos, mortales, que el otro volvió a bloquear gracias a su amplia experiencia.

―¿Esto es todo lo que has aprendido siendo el lamebotas de Helmet? ―escupió el Ursu, lanzando una patada directa a su pecho, haciéndolo recular varios codos.

Qiloçker se incorporó con un gruñido. Escupió sangre y cargó otra vez. Los dos colisionaron con tal fuerza que el suelo bajo sus pies se resquebrajó. Rodaron entre los cuerpos, pegándose sin tregua, tratando de hundir sus espadas en el otro.

Rău logró derribarlo y se colocó sobre él. Comenzó a darle puñetazos en el rostro con una fuerza descomunal. Su sangre salpicó la tierra mientras Bêwestan corría hacia Xwînxwar para pedirle ayuda.

―¿Recuerdas su desesperación mientras las violaba? ―gruñó el perro de Abbadon, golpeándolo una y otra vez―. Jamás unas humanas me habían provocado tan poco placer ―murmuró pegado a su rostro con la mirada perdida y la boca desfigurada por la locura.

Qiloçker rugió de nuevo. Aquel bramido superó con creces el de los truenos que no dejaban de romper el cielo.

Sujetó con la mano izquierda el cuello de Rău y con la derecha se sacó una daga oculta del cinturón.

Sin darle tiempo a reaccionar, se la clavó en el costado y después la retorció con brusquedad.

El Ursu aulló de dolor. Qil aprovechó el momento en que se llevó la mano a la herida para ponerse en pie.

Con una fuerza imperiosa, alimentada por años de odio y deseos de venganza, lo sujetó de la coraza y lo lanzó por los aires.

Rău cayó encima de una montaña de cadáveres. Qiloçker se abalanzó sobre él antes de que pudiera levantarse y lo pateó con violencia.

Le hizo sangrar.

Le hizo temblar.

Dejando que la furia guiara sus movimientos, atravesó un hombro del general Ursu con su espada, clavándola hasta el suelo.

―¡Esto es por mi madre! ―gritó con voz ronca.

Le arrancó el arma y volvió a golpear.

―¡Esto por mi hermana! ―La hundió con saña en el otro hombro, provocándole otro enorme tajo.

Rău jadeaba, impotente. Qiloçker, ante la atenta mirada de Bêw y Xwîn, levantó la espada una última vez.

―Y esto, hijo de puta, es por mí.

Justo iba a ensartarlo con la hoja cuando seis figuras surgieron de la nada. Vampiros Ursu. Rápidos como exhalaciones, se interpusieron entre él y su presa. Uno lo embistió y otro bloqueó su brazo.