29. GUERRA
C asi tres semanas más tarde, todo seguía igual, en calma.
De nuevo, otro amanecer despuntaba, obligando a la bruma matutina a despegarse del terreno húmedo.
Pese a que el sol aún no había asomado del todo su rostro, la jornada ya se presentaba densa y agotadora.
El estío en Inglaterra era impredecible.
En el mismo día podía llover a cántaros y hacer un frío que calaba los huesos, o la temperatura subía hasta hacer sudar como un cerdo en el fuego.
De un modo u otro, nada cambiaba en el quehacer de los que ansiaban que aquella espera acabara de una vez.
Esa mañana, en especial, el bosque que colindaba el castillo de Athelstan parecía haberse sumido en un silencio desolador, tanto que los soldados comenzaron a estar más inquietos de lo que ya estaban de por sí debido a las circunstancias.
Hereward y Landon sabían que los suyos llevaban varias semanas haciendo guardias sin descanso, y los entrenamientos se habían recrudecido hasta tal punto que empezaron a dudar de si esos extraños seres de piel azulada pretendían ayudarlos o, por el contrario, buscaban acabar con sus fuerzas.
Poco a poco, el campamento se convirtió en un hervidero de tropas activas.
Por doquier, había hombres preparándose y vampiros con skyggene uniendo sus fuerzas para mejorar las defensas.
Les habían anunciado que el asalto sería inminente, pero allí aún no se había presentado nadie.
El problema añadido al que ahora se enfrentaban era el desgaste físico y mental, que ya empezaba a ser evidente en los humanos.
Un día más, bajo estandartes bordados con los escudos de las casas Drăgoi, Wessex y Kveld, Helmet observaba el horizonte con las manos entrelazadas a la espalda.
En cierto modo, se alegraba de que el joven duque hubiera partido hacía días con Blanchard y su séquito.
Miró hacia arriba y vio ondear sus tres serpientes rojas sobre fondo negro.
Quién iba a decirle que a su lado estarían los emblemas de Athelstan y de Dorek.
Sacudió la cabeza, y sus ojos, ahora de un rojo borgoña apagado, se clavaron en la campiña inglesa. A su lado, los generales Xwînxwar y Qiloçker aguardaban en silencio.
―No los vemos; pero juraría que están ahí, agazapados en las sombras. Es como si pudiera sentirlos ―murmuró Qil.
Helmet asintió.
―Yo también ―admitió―. Vendrán, estoy seguro. Abbadon ha perdido el factor sorpresa, ahora solo está pensando en qué momento seremos más vulnerables. No atacarán durante el día. Muchos de los suyos, incluido Rău, no son inmunes al sol como nosotros.
―Si lo piensas un momento, Helmet ―intervino Xwîn―, ninguno de los Drăgoi tiene esa debilidad. Esto va a ser una ventaja decisiva. Lo que soy incapaz de concebir es que no nos diéramos cuenta antes.
―La culpa es mía ―reconoció el líder―. Si hubiera estado más atento, tal vez Abbadon no habría llegado tan lejos. Pero eso ya no tiene remedio. Lo único que importa es que los que están ahí abajo no titubeen.
―Bêw me ha confirmado que ella, Wêranker y Ønske trabajan mano a mano con Youngblood, Hereward y los capitanes normandos ―agregó Qiloçker―. Están dando lo mejor de sí.
―Jamás habían puesto tanto empeño, y eso que siempre han sido implacables y extremadamente eficaces ―reconoció Helmet.
―Tenemos mucho que ganar ―señaló Xwînxwar.
―Así es, amigo mío. Después de esto, le exigiré a mi «padre» la libertad.
Asimismo, les ofreceré a los que sigan en pie que también puedan elegir.
Ya no estoy dispuesto a seguir luchando sus batallas ni os exigiré hacer lo mismo.
Si Mørket quiere dominar la tierra o retar a aquel que lo expulsó del mismo cielo, que salga del agujero donde lleva siglos encerrado y luche por sí mismo.
―Su cuenta con ÉL es muy larga, Helmet ―agregó Xwîn.
―Lo sé, y la de todos.
―Pensaba que no creías en su existencia, señor ―dijo Qil.
―Hay que ser un necio para no hacerlo ―susurró Helmet, acercándose a la almena.
Apoyó las manos en la fría piedra―. Otra cosa distinta es que confíe en la promesa que hizo.
Por mucho que nos arrepintamos, ninguno de nosotros podrá ser perdonado.
Hemos disfrutado demasiado con el dolor ajeno, y, por lo que recuerdo, dentro de sus mandamientos está el de que no puedes matar.
Si Abbadon tiene el valor de acercarse hasta mí, se encontrará con mi daga de acero himmelsk.
―Estoy seguro de que no espera que poseas una daga de acero celestial ―sonrió Xwîn.
―Aún recuerdo cuando se la arrebaté a Raner, el padre de Eirik. Pensaba que ese día cerraría los ojos para siempre, pero la suerte me acompañó y mis cinco valientes generales aparecieron en el momento justo.
―Me pregunto dónde estará Nîga en este momento ―dijo Qil, mirando hacia abajo.
―Forjándose un nuevo destino. Aunque creo que tal vez la veamos antes de lo que pensamos.
Sin más, Helmet se dio la vuelta. Sus generales lo siguieron hasta el gran salón, donde Athelstan aguardaba con Alistair y Dorek.
―¿Nada aún? ―preguntó el príncipe, que cada día que pasaba se sentía más ansioso.
Abbadon aún no lo había reclamado. Esa espada de Damocles pendía sobre su cabeza, y temía que su creador lo obligara a luchar a su lado cuando comenzara la guerra.
Si llegaba ese momento, no sabía qué iba a hacer con Herleva; aunque ya pensaría en ello cuando no tuviese más remedio.
Ella era muy complaciente y no estaba dispuesto a perderla todavía.
Quizás fuese mejor que volviera con su familia.
De todos modos, Étienne no volvería a molestarla y siempre podía hacerle creer que la rechazaba por su infertilidad.
Aquel pensamiento hizo sonreír al heredero, que volvió a prestar atención a la conversación entre Dorek y su padre.
Para indignación de Helmet, el día avanzó con la tranquilidad más absoluta.
De nuevo, al anochecer, ingleses y normandos se alinearon en formaciones cerradas, con sus escudos contra el pecho y las espadas desenvainadas, atentos a cualquier movimiento.
A sus flancos, vampiros y skyggene esperaban la orden de luchar.
Ninguno hablaba. Sabían que los oídos del enemigo podían estar más cerca de lo que ahora la niebla les permitía ver.
Dorek, de presencia austera y amenazadora, observó una vez más la línea de defensa.
Asombrado por la extraña hermandad que se había creado entre los cuatro ejércitos, se fijó en Bêwestan.
Ella le estaba susurrando a Qiloçker algo que, por desgracia, no llegó a oír.
Ønske lo tocó en el antebrazo, obligándolo a volverse hacia ella.
―Se están acercando, puedo olerlos. Oeste y norte, los Ursu. Este y sur, los tvillinger.
―¿Estás segura? ―preguntó él, frunciendo el ceño.
―Sabes que sí.
El líder de la casa Kveld asintió y se desplazó como la sombra que era hacia Helmet.
Tras confirmarle que en breve iban a ser atacados, el Drăgoi hizo la señal a sus generales y también al rey.
Como si del mismo fuego del infierno se tratara, la noticia de que la guerra era inminente se propagó hasta el último de los soldados.
Los ingleses, bajo el estandarte azul y dorado de Athelstan, habían tomado posiciones en el centro.
Entre ellos, el capitán Youngblood caminaba con paso lento.
Tenía la mano apoyada sobre la empuñadura de su espada, controlando sus ansias de atacar.
Sabía que ese día iba a cambiar el mundo.
A su derecha, su camarada y segundo al mando, Terrel Hereward, daba órdenes en voz baja a los escuadrones de arqueros.
―Recordad, todos tienen piel, huesos y corazones. No importa lo que veáis, hundid la espada en sus gargantas y seguid avanzando, ¿está claro, soldados? ―dijo Terrel en voz baja.
Ellos respondieron con un sí rotundo y compartieron estas palabras con sus compañeros, igual que habían hecho en tantas batallas con los escoceses.
Landon lo miró y asintió.
―No creo en vuestro dios ―dijo Youngblood al rey―, pero no estaría de más que rezarais para que no muramos hoy.
―Lo haré ―le aseguró Athelstan, subido a su caballo. Acto seguido se dirigió a sus hombres―. Ingleses, si hemos de dejar este mundo, que sea con el acero en la mano y el corazón rebosante de valor. ¡Estáis conmigo! ―vociferó.
―¡Siempre! ―respondieron con una sola voz.
―¿Creéis que berrear como animales es lo más conveniente en este momento? ―se burló con ironía Dorek mirando a Helmet.
―Si vamos a morir, ¿para qué callar? ―expresó con media sonrisa.
―Pues también es verdad. ―Le hizo un gesto a uno de los suyos y este lo ayudó a ponerse en pie sobre sus hombros―. ¡Skyggene, que la sombra sea nuestra luz y que Mørket se pudra en el infierno!
―¡Entre las llamas! ―se dejaron la voz y la poca alma que les quedaba para gritarlo a pleno pulmón.
Mientras tanto, tal y como había dicho Ønske, al este y al sur, ocultos tras la niebla que ellos mismos parecían haber provocado con sus extrañas antorchas, los tvillinger emergieron como ratas tras una tormenta.
Dorek se colocó al lado de Helmet. Ambos intercambiaron una mirada sin necesidad de palabras.
―Por la victoria ―dijo el líder de la casa Drăgoi.
―Por la victoria ―repitió el Kveld.
De repente, el suelo tembló.
Desde el oeste y el norte, entre las colinas y el bosque, surgieron los estandartes de la casa Ursu.
El primero en avanzar fue Abbadon, con su capa negra ondeando como una llamarada al viento.
Su mirada era una promesa de muerte que estaba más que dispuesto a cumplir.
A su espalda, miles de vampiros marchaban al compás de un tambor de guerra que hacía vibrar la tierra.
Junto a él, el general Rău caminaba con la seguridad de que aquella noche sus enemigos morirían bajo su espada.