Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 28. DALE UNA LECCIÓN #3
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28. DALE UNA LECCIÓN #3

Helmet no pudo dormir aquella noche. Aunque nunca lo hacía cuando sentía que el enemigo se acercaba, la sensación de que por fin todo empezaba a encajar le había impedido conciliar el sueño.

De pie, frente a un mapa extendido sobre la gran mesa del salón del trono, trazaba rutas con los dedos, buscaba flancos y trataba de adivinar dónde golpearía primero su hermano.

Al ver a Qiloçker, le fue imposible no volver al momento en el que varias semanas atrás había llegado acompañado de Lys y del ejército Mosul. Como antiguos vikingos que eran, fieros hombres del norte, aportarían a los humanos un toque distinto de crueldad y valentía.

Y toda era poca para lo que estaba por venir.

―Helmet, ¿aún estás despierto? ―preguntó Qil, acercándose.

―Tengo tantas ganas de destrozarlo que me ha sido imposible dormir. ―Tocó las misivas que había recibido de sus espías en Francia, adelantándole algo que esperaba confirmar.

―Sigo sin poder creer que los tvillinger se hayan unido a Abbadon.

El líder Drăgoi no levantó la vista, aunque su mandíbula se tensó.

―Velkan y Traian son unas serpientes cuyas cabezas cortaremos pronto. Lo cierto es que tenía mis dudas sobre que aceptaran unirse a él, pero no te dormirás sin oír una insensatez nueva.

―Tengo curiosidad por saber qué les ha prometido. Debe de valer la pena porque, si no, se habrían negado en redondo ―añadió Qiloçker.

Helmet lo miró. Sus ojos parecían más oscuros que de costumbre.

―Tal vez los ha motivado el que mi padre les haya dado su aprobación. Sabes que eso lo cambia todo.

―Así es, señor.

―Hubiera estado bien contar con Gunnar, aunque ese maldito viejo es tan testarudo que puede que vaya a verlo cuando acabe con mi hermano. Al menos contamos con Lys y su ejército.

―Deberías haberla visto discutir con él ―dijo Qil con orgullo.

―Estoy seguro de que lo vapuleó ―sonrió y dio unos pasos por el salón para desentumecerse.

En las antorchas y las chimeneas, las llamas crepitaban como si compartieran su misma inquietud.

―Helmet, hay algo a lo que no paro de darle vueltas. ¿Estás seguro de que Dorek no te traicionará y cambiará de bando en el último momento?

Aquella pregunta hizo que se detuviera.

―Por primera vez en mucho tiempo, creo que puedo decirte que no. Cuando llegó con Bêwestan me di cuenta de que algo en él había cambiado. Si odia a alguien más que a mí ese es Abbadon, y le daré cuanto me pida una vez hayamos ganado la batalla.

En ese momento, una figura cruzó la puerta del salón. Era Wêranker. Llevaba en la mano un pergamino.

―Helmet, es de los puestos del sur. Un heraldo ha traído esta misiva, tiene el sello de Mørket.

Él lo cogió entre sus manos. Revisó el sello y comprobó que en la cera negra había sido estampado el emblema de una luna mordida por un cuervo. Aquel mensaje era de su padre. Miró a sus dos generales y la desplegó enseguida.

A mi segundo vástago, Helmet de la casa Drăgoi,

Por decreto de mi férrea voluntad, yo, Mørket, he decidido que ningún hijo mío derramará mi sangre en pos de un imposible. La discordia entre vosotros ha alcanzado límites que ofenden la esencia de nuestra estirpe, y no la toleraré.

Por tanto, queda prohibido toda forma de enfrentamiento directo. Cualquier transgresión será considerada traición al trono de tinieblas y caos con el que rijo este mundo.

Esta orden no admite réplica. Romped alianzas y detened a vuestros ejércitos. Si desafías mi sentencia, Helmet, sufrirás un castigo como jamás has conocido. Entrégate a Abbadon y regresa con él a mis dominios.

Mørket Príncipe de la Oscuridad

Los ojos de Helmet se abrieron asombrados mientras leía esas líneas.

Su padre les prohibía entrar en guerra, algo que hasta cierto punto era de esperar.

Lo que no le cuadraba, dada la orden expresa que aún estaba en vigor de encontrar al Elegido, era que se rindiera y se entregara a su hermano sin más.

En ese momento, Lys entró en el salón del trono y vio a los tres con una expresión que no le gustó nada.

―¿Qué ocurre? ―dijo acercándose a su esposo―. ¿Y esa misiva?

Sin poder contenerse, se llevó la mano a los labios mientras ahogaba un suspiro al reconocer el sello de Mørket.

―Una orden falsa de Abbadon ―murmuró, mostrando su particular sonrisa.

Qil y Wêr lo miraron al mismo tiempo.

―¿Eso crees? ―preguntó Lys.

Helmet le entregó la carta y ella la devoró en pocos instantes.

―¿Qué opinas, querida?

―Que tu hermano espera ganarte sin mover un dedo.

―Lo que no entiendo es cómo ha conseguido el sello de padre.

―Muy sencillo ―añadió ella, negando lentamente con la cabeza―, o lo ha robado o ha pagado una fortuna por ello.

Helmet se fijó con más detenimiento en la rúbrica. De pronto, cayó en la cuenta de que faltaba una pequeña muesca a la altura de la pata del cuervo, producto de un puñetazo que imprimió contra el saliente una roca hacía años.

Al confirmar aquella treta de su hermano para que bajaran la guardia, miró a los suyos con verdadera satisfacción.

―Por primera vez, Abbadon tiene miedo. Jamás había jugado sucio y eso ―agregó, señalando la misiva que tenía Lys en las manos― es la prueba de que no las tiene todas consigo. Qil, Wêr, avisad a todos y que estén más alerta que nunca. La guerra… ha comenzado.