28. DALE UNA LECCIÓN #2
―Me gritó que vuestra era ha terminado ―continuó Abbadon, malmetiendo―. Que ya no sois necesario. Que antes de acabar con los errantes y el resto de las razas, quiere acabar con vos, padre. Ya no reconoce la sangre que corre por nuestras venas.
El silencio se tornó mortal. El Caído alzó una mano y cerró el puño. El fuego de las antorchas aumentó, como si el infierno mismo respirara la ira que estaba sintiendo.
―¿Helmet ha pronunciado esas palabras? ―preguntó manteniendo la mirada fija en él.
―Sí, padre ―mintió Abbadon―. Os pido que me permitáis enfrentarme a ese traidor ―agregó, inclinando la cabeza.
Mørket cerró los ojos, decidiendo qué hacer. Cuando los abrió, una sonrisa terrible cruzó su perfecto rostro.
―Tienes mi permiso. Cuando arrases su ejército y devores sus esperanzas, lo traerás ante mí. Será castigado con dureza por su arrogancia y rebeldía. Pero no lo mates ―advirtió, inclinándose hacia adelante―, solo dale una lección.
Abbadon apretó los dientes. No era la respuesta que quería.
―Como ordenéis, padre. He de informaros de que he forjado una nueva alianza con Velkan y Traian, que han aceptado sin reservas. En cuanto a Xerab, me ha sorprendido que haya dejado Venecia porque esperaba que él también se uniera a mis filas.
―Tu hermano está en otra misión, así que no podrás contar con él ―agregó cortante―.
Ahora partid de regreso hacia Inglaterra.
No tenéis tiempo que perder. Eso sí, Abbadon, retomarás la búsqueda del Elegido después de regresar con tu hermano.
Por una vez, haz que me sienta orgulloso de ti; si no, no habrá lugar donde puedas esconderte que no te encuentre. ¿Queda claro?
―Sí, mi señor.
Abbadon carraspeó. Aunque con un rapapolvo, se había salido con la suya y por fin pondría de rodillas a Helmet.
Aquello solo era el principio. Cuando dejara de tener esa piedra en la bota, reclamaría su castillo, las tierras y a Lys.
Ocuparía su lugar solo para demostrarle que no valía nada.
Pensar en que podría forzar a su esposa le provocó un escalofrío de placer.
Por verlo humillado ante su padre, haría lo que fuera.
El eco de la última advertencia de Mørket aún flotaba en el aire cuando retrocedió un paso.
Con la incipiente necesidad de destripar Drăgoi ardiendo tras los ojos, cabeceó con respeto y se dio la vuelta.
Los suyos se pusieron en pie y, tras inclinarse una última vez, lo siguieron sin decir nada.
Extrañados por no poder descansar ni un momento, deshicieron el camino y en poco tiempo estaban en la superficie.
Rău se acercó a su amo en cuanto el frío de la noche los golpeó. La mirada del general estaba cargada de preguntas, pero no dijo nada hasta que la distancia los hizo sentirse seguros.
―¿Cuál es el plan, señor? ―susurró.
Abbadon tardó en responder. Las palabras de su padre retumbaban con fuerza en su cabeza.
«Cuando arrases su ejército y devores sus esperanzas, lo traerás ante mí. Será castigado con dureza por su arrogancia y rebeldía. Pero no lo mates…». Era una orden tajante con un límite impuesto. Trataría de complacerlo, aunque quién podía prever el desenlace de una batalla.
―Volver a Inglaterra ―respondió con voz áspera―. Tal y como acordamos, te irás con seis de los nuestros a Brujas para avisar a los tvillinger. Después, destrozaremos a mi hermano. Lo humillaremos ante su ejército y sus aliados. Lo haremos suplicar. Lo despojaremos de todo, menos de la vida.
―¿Y si resiste?
―Lo dudo mucho.
―¿Y si cuenta con más aliados, señor?
―¿Quiénes? Gunnar jamás hará un pacto con él.
―¿Y los skyggene?
Abbadon soltó una carcajada. Rău asintió y acabó sonriendo por lo que se le había ocurrido. Luego, con cautela, añadió:
―¿Y si Lys cae? Estoy seguro de que ella sí acudirá con su pequeño ejército. Es tan insensata como Helmet, y dudo mucho de que no quiera estar a su lado.
Abbadon se detuvo. Miró hacia el horizonte, donde el alba ya comenzaba a despuntar con algunos claros.
―Nuestra prioridad es matar a todos menos a Helmet.
En cuanto a la Mosul, quizás lo más razonable sea acabar con ella, aunque prefiero divertirme a su costa.
De todos modos, si mi padre lo exige, haré lo que deba hacerse.
La muerte de Lys sería una herida mayor para mi hermano que la de perder a diez mil vampiros, y tal vez su dolor merezca más la pena que unas cuantas noches de sexo.
Observó a su señor con atención y, ciertamente, con profunda admiración. Abbadon era un estratega cruel, y Rău deseaba con todas sus fuerzas estar a la altura de sus expectativas en cuanto comenzara ese nuevo enfrentamiento entre los dos.
―¿Os preocupa lo que pueda hacer Helmet?
Despacio, el líder giró la cabeza hacia él, sorprendido por aquella pregunta.
―Me preocupa más lo que puedo perder si no lo detengo.
A una orden suya, todos se pusieron en marcha.
Como una serpiente de ánimas condenadas, comenzaron el descenso desde el abismo, cruzando el camino oculto entre las montañas.
Dejaban atrás el fuego, pero se llevaban con ellos algo peor: el permiso de la Oscuridad para desatar el caos.
Helmet no lo sabía aún, pero su guerra ya no era solo contra Abbadon, sino contra el mismo Mørket.
Mientras avanzaban hasta el siguiente pueblo para alimentarse, el aire mordió sus rostros como cuchillas heladas, pero el Ursu apenas lo sentía.
Cada paso que daba hacia el oeste era un latido más cerca de la guerra.
Su silueta volvía a encabezar la marcha.
En realidad, su perfil parecía el de un cuervo sobre un campo de muerte.
Rău, como de costumbre, corría a su lado.
El resto, una treintena de guerreros dispuestos a despedazar a quien fuera en cualquier momento, se movía con destreza entre riscos y valles como un solo cuerpo.
Habían dejado atrás la caverna de Mørket, pero no su amenaza.
El permiso para atacar a Helmet ardía como un sello invisible sobre sus espaldas.
Abbadon no se engañaba, ese permiso era también una soga.
Su padre le había dado libertad, sí, pero atada a un solo mandato: Helmet debía vivir.
Las pocas estrellas que aún parpadeaban sobre ellos lo hacían con indiferencia.
Pese a que el líder de los Ursu se mantenía en silencio, dentro de él la furia crecía.
Una vez más, recordó la alianza de Helmet con los humanos.
Inevitablemente, su mente voló hacia Lys.
Nunca le había interesado la princesa; sin embargo, la idea de poseerla le parecía más y más excitante.
Sobre todo, por el daño que le causaría a su hermano saber que la había mancillado y estaba a su merced.
Tras alimentarse en un pueblo cerca del bosque de Saël, Abbadon los reunió para dar nuevas órdenes.
―Ha llegado la hora de dividirnos. Rău, elige a los cinco más veloces y dirigíos a Brujas; el resto vendrá conmigo a Normandía. Me temo que algo ha debido de ocurrirles a Erke y a sus capitanes, no soy capaz de sentirlos.
―¿Es que cree que han podido morir? ―preguntó con un deje de satisfacción que no pudo disimular.
―Eso sería un verdadero inconveniente, pero cuatro vampiros no marcarían la diferencia. Ganaremos con o sin ellos, pero he de reconocer que me extraña que no pueda conectar con ninguno. Eso solo puede significar que los errantes los han encontrado.
―Si eso ha ocurrido… ―Negó con la cabeza para confirmar que habrían muerto―. En cuanto a Velkan y Traian, ¿pensáis que cumplirán el acuerdo?
―Estoy convencido.
―¿Y si hubieran cambiado de parecer? ―inquirió Rău.
Su amo se detuvo. Lo miró con una calma tan fría que hizo que incluso el general bajara la vista.
―No lo harán. No después del juramento sellado con sangre. Y si lo hacen, sabrán lo que significa fallar al hijo de Mørket.
El general asintió. Abbadon se marchó con dos patrullas una vez que Rău formó su grupo. Tomaron camino hacia el norte, a través de senderos ocultos, cruzando la vieja ruta de los comerciantes.
Brujas los esperaba. Y, con ella, los tvillinger.
El aire de aquella madrugada estaba saturado de escarcha y nervios.
Habían pasado cuatro lunas desde que se había declarado la guerra y, en lo alto de las murallas del castillo de Athelstan, los vigías cambiaban de turno en silencio.
Nadie hablaba. Nadie osaba distraerse. El día anterior había llegado la noticia de que Abbadon regresaba con más tropas, así que lo inevitable seguía su curso.