Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 28. DALE UNA LECCIÓN
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28. DALE UNA LECCIÓN

L a luz del atardecer comenzó a morir lentamente sobre las laderas de los montes Cárpatos, tiñendo las nieves altas y los riscos escarpados con un fulgor rojizo.

Con los últimos rayos, las figuras tenebrosas de los Ursu, comandados por Abbadon y escoltados por Rău, avanzaron silenciosamente, buscando la entrada oculta a los dominios de Mørket.

El viento, que descendía desde las cumbres, agitaba con rudeza sus largos cabellos; aunque sus rostros no mostraban emoción alguna.

Eran espectros encarnados, ajenos al frío o al vértigo.

La senda que seguían no estaba marcada en mapa alguno, y los pocos pastores que habían intentado ascender por aquellas pendientes jamás habían regresado para contar lo que habían visto.

Abbadon se detuvo frente a una roca desnuda, aparentemente idéntica a cualquier otra en aquel laberinto pétreo.

Colocó la palma sobre una hendidura casi imperceptible.

La piedra tembló con un leve quejido y comenzó a deslizarse hacia un lado, revelando una grieta negra y vertical que se hundió en la montaña.

―Ya estamos cerca ―dijo con voz ronca y visible emoción por volver a su «hogar».

Rău asintió, mostrando media sonrisa. El resplandor carmesí del cielo se reflejó en sus ojos, dotándolos de una intensidad irreal. El líder dio el primer paso al interior, y, tras el general, uno tras otro, se deslizaron en la grieta, desapareciendo de la vista del mundo.

El descenso era abrupto y muy peligroso.

Los ecos de sus pisadas resonaban como latidos en las paredes.

Todos recordaban bien que el pasadizo que los estaba llevando al nivel inferior, aunque angosto al principio, después se abriría poco a poco, dando paso a un túnel tallado a lo largo del tiempo por humanos esclavizados.

Durante siglos, nadie había osado adentrarse por voluntad propia en aquel lugar, y no era de extrañar.

Era un refugio, sí, pero también una prisión sin retorno para los condenados a servir solo como carroña.

El pasaje hacia el mundo de Mørket, el que fue expulsado del cielo antes de que el hombre aprendiese siquiera a nombrar la Oscuridad, estaba por fin casi al alcance de sus dedos.

Tras un largo trecho, la galería desembocó en una abertura imponente. El aire caliente y denso golpeó sus rostros como el aliento de las fauces abiertas de una bestia. Rău alzó la antorcha que portaba. Frente a ellos, como un abismo de fuego, se extendía la colosal caverna.

Era una bóveda inmensa, de piedra viva y negra, alumbrada por incontables luminarias y toscos braseros que colgaban de gruesas cadenas. Lenguas de fuego lamían las paredes, que estaban talladas con símbolos ancestrales, demonios en posturas retorcidas y formas imposibles de describir.

En el centro, sobre una escalinata de tres peldaños de obsidiana, se alzaba un trono forjado en roca volcánica. En sus flancos, columnas esculpidas con rostros en agonía y pavor parecían retorcerse bajo la carga de sus pecados.

Allí, en lo más alto, lo esperaba Mørket.

Abbadon tragó saliva. A pesar de su propio poder y de su sangre, siempre sentía respeto por aquellos encuentros.

La presencia de su padre era demasiado vasta para ser contenida por un cuerpo.

Aun así, el Caído habitaba la forma de un guerrero.

Una armadura de cuero negro cubría su torso, reforzada con placas de acero ennegrecido, con púas que sobresalían de los hombros.

Los antebrazos estaban protegidos por guanteletes grabados con símbolos sagrados invertidos.

Su rostro era muy bello, demasiado. Un rostro de otro mundo.

Inhumano en su simetría. Terrible en su perfección.

Ketî abrió los ojos. La caverna enmudeció.

―Mi sangre regresa una vez más hasta mí ―dijo con la misma fuerza y reverberación que un volcán al estallar.

Su «vástago» clavó una rodilla en el suelo ardiente y bajó la cabeza como signo de profundo respeto. Rău y el resto de los vampiros lo imitaron de inmediato con los rostros en tensión.

―Padre… ―dijo con devoción desmedida―. Traigo noticias.

Mørket dejó a la vista los colmillos mientras su mirada destilaba una satisfacción cruel.

―Habla, hijo mío. Espero que tus nuevas tengan más valor que las que me trajo Helmet la última vez.

Su voz se apagó, pero el eco de sus palabras aún vibraba en la abrasadora piedra.

Abbadon alzó la vista y se puso en pie. Sus botas resonaron contra el mármol negro al acercarse al trono.

El calor era tan intenso que sintió que la piel le latía.

Allí, en ese abismo, que parecía esculpido por la misma furia de aquellos creyentes en antiguos dioses, su padre permanecía inalterable y dispuesto a todo.

De hecho, no se movió incluso al ver cómo se aproximaba; sin embargo, el líder Ursu sintió cómo su mirada lo taladraba.

―Padre, he venido para deciros que aún no he encontrado al Elegido ―comenzó con la peor noticia para que su incompetencia quedara sepultada tras hablarle de la insurgencia de su hermano.

Durante un instante, no hubo respuesta. Solo el sonido lejano del fuego rugiendo en los rincones más profundos de su guarida.

―¿No lo has encontrado? ―repitió Mørket con lentitud.

―No ―confirmó una vez más, manteniendo la mirada fija―. He desplegado mi ejército por toda la tierra, y mis vampiros han interrogado a cientos; pero nadie conoce su paradero.

El silencio se volvió insoportable. Ketî exhaló con fuerza. Su aliento hizo temblar las antorchas. Se incorporó en su trono como una aparición alzándose desde el fondo de un pozo.

―¿Sabes cuántas lunas llevo esperando? ¿Cuántas vidas he permitido que pasen mientras tú, mi primogénito, fracasas una y otra vez?

Abbadon sintió como si un sudor frío le recorriera el cuello, aunque eso era imposible.

―Estoy más cerca que nunca, padre. Os lo aseguro. Pronto…

―¿Pronto? ―lo interrumpió con un tono mordaz―. ¿Cómo te atreves a decirme que lo tendrás pronto cuando hace siglos me prometiste sangre y lo único que me has dado han sido cenizas? ―vociferó, provocando que los guerreros bajaran de nuevo la vista al suelo.

Rău se atrevió a mirar la escena. Su insolencia le resultó curiosa al Príncipe de la Oscuridad, que alzó un dedo como advertencia. Aquel gesto no fue brusco; sin embargo, tuvo la fuerza de una orden que podría haber derribado montañas.

El general se dio cuenta de su error y volvió a agachar la cabeza.

―¿Sabes lo que hago con los que me decepcionan, hijo?

Abbadon conocía la respuesta. Los castigos infligidos a aquellos que lo desafiaban o defraudaban eran atroces y sádicos. Los había visto infinidad de veces e incluso había sido partícipe en su ejecución.

Mørket comenzó a descender del trono. Cada paso se convirtió en un peso insoportable sobre los hombros de su «primogénito». El crujido del cuero de su armadura se mezclaba con el murmullo de su furia.

―Te creé para dominar, no para escuchar tus excusas. Te di la eternidad. Te di ejércitos. ¡Te di el fuego mismo del abismo! ¿Y tú qué me das a cambio?

Se detuvo frente a él, tan cerca que Abbadon sintió el roce de sus palabras contra la piel.

―Una promesa vacía ―respondió él mismo con desprecio.

―No volveré a fallaros, padre ―murmuró―. Lo encontraré antes de la próxima luna. Os lo juro por mi sangre.

Mørket ladeó la cabeza. Sus ojos, dorados como el oro fundido, lo inspeccionaron como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos. Luego habló con voz baja pero firme:

―Si en la próxima luna no lo tengo frente a mí ―apuntó con el mismo dedo―, te desollaré con mis propias manos y, mientras se te regenera lentamente, te mantendré observando cómo tu piel arde en el fuego para que recuerdes lo que significa ser hijo mío.

Él no replicó. Solo asintió, con la mandíbula tensa. Rău, sin decir una palabra, bajó aún más la cabeza.

Ketî iba a regresar a su trono cuando se dio cuenta de que Abbadon se había presentado con más vampiros de los necesarios. ¿Por qué había traído consigo el equivalente a tres patrullas si lo único que iba a compartir eran malas noticias?

Ahí parecía haber algo más, así que decidió aclararlo antes de perder la paciencia por completo.

―Tú no has venido solo para confesar tu fracaso, ¿me equivoco? ―dijo antes de volverse.

Abbadon se mordió la lengua al ver que su padre había descubierto sus intenciones.

Aun así, no se había humillado para nada.

Helmet era el culpable de que estuviera allí, de modo que no iba a cargar con toda la responsabilidad.

De pronto, sintió una ira incontrolable por haber tenido que retenerse todos aquellos años.

Llevaba demasiado tiempo deseando quitarse de en medio ese lastre al que, a regañadientes, tenía que llamar hermano.

Sí. Sentía rabia. Y esa rabia iba a redirigirla hacia su único y verdadero objetivo.

―Como siempre, estáis un paso por delante de mí, padre ―dijo para suavizarlo―. He venido a hablaros de los delirios de grandeza de Helmet.

Mørket se detuvo a medio camino del trono, no esperaba oír que él se había atrevido a desafiarlo de alguna manera.

―¿Delirios de grandeza… tu hermano? ―preguntó con un tono salpicado de burla. Después, se sentó.

―Ha desobedecido vuestras órdenes directas y ha hecho un pacto con humanos.

―No puedo creerte.

―Padre, ha formado una alianza con el rey inglés Athelstan y con el duque Ricardo I de Normandía. Se ha convencido a sí mismo de que con ellos podrá vencerme.

―¿Helmet te ha retado?

―Sí, padre. Y aunque llevo mucho tiempo deseando ponerlo en su lugar, nunca le he atacado porque decretasteis que no lo hiciera. Pero hay algo más…

―¡Habla! ―le exigió, muy exaltado.

Abbadon se acercó otro paso. Elevó el mentón y se preparó para soltarle una información que sabía que iba a sorprenderle.

―Me ha declarado la guerra y pretende venir ante vos para desafiaros. Cree que puede venceros. Me temo que ha perdido la cabeza.

Mørket lo observó en silencio mientras asimilaba sus palabras y decidía si eran verdad o, por el contrario, su «primogénito» le estaba mintiendo a la cara.