27. ¿ACEPTAS O NO? #3
Tras ver cómo abandonaba la sala, Lys se volvió hacia el señor de la casa Mosul y sonrió.
―¿Sabes una cosa, «padre»? ―dijo con retintín―. Jamás pensé que terminaría dándote la razón.
―¿A qué te refieres?
―A lo que has afirmado sobre Helmet. Estoy contigo, él nunca podrá igualarte.
―Al fin has dicho algo sensato.
―No te creas. Cuando digo que nunca podrá igualarte es que jamás llegará a ser tan necio y arrogante como tú. Y eso es algo bueno, porque, a diferencia de ti, él aún tiene alma.
Gunnar soltó una carcajada que le hubiera podido helar la sangre a Lys de haber estado viva.
―Olvidas que el alma está reservada solo para los mortales, y nosotros hace mucho que dejamos de serlo.
―Te equivocas. Este desprecio que sientes, este veneno con el que ensucias tus palabras… un día se volverá contra ti.
El rey le dedicó una mirada fulminante. Estaba empezando a hartarse porque no era capaz de hacerla entrar en razón.
―Tal vez, hija mía. Pero no será hoy.
―Está claro que esta batalla te viene grande. ¿Es que ya no te queda nada por lo que luchar? ¿Ni siquiera por nuestra gente?
Él alzó una ceja ante su pregunta.
―¿Nuestra gente? ―repitió con un tono cargado de sarcasmo―. Esa sí que es buena. La «gente» de la que hablas no es la mía, sino la de tu «querido esposo». Mi linaje no se mezclará jamás con las cenizas de tierras condenadas ni con los sueños de líderes mediocres.
Ella avanzó un paso hacia él con los colmillos asomando un poco en sus labios por la frustración que sentía.
―Sabes que su causa es noble, aunque tú no puedas verlo desde tu trono de piedra y prejuicios ―dijo entre dientes.
―Ah, nobleza. La palabra favorita de los débiles. Los reinos no se construyen sobre nobles intenciones, Lys, ¡sino sobre sangre de reyes y fuerza! Helmet, por desgracia, carece de ambas.
―¡No te atrevas a volver a menospreciarlo! ¿Es que debo recordarte de nuevo que él ha liderado miles de batallas, que ha protegido a los suyos…?
―¿Liderado, dices? ―la interrumpió con un gesto brusco y con la voz resonando como un látigo―. ¿Y dónde está ahora? ¡En Inglaterra! En vez de venir hasta aquí y pedirme a la cara este favor, ¡me ha mandado a un pelele y a mi propia hija como si fuera su doncella!
―No sabes ver más allá de tus propias narices, padre. Te repites sin cesar cuando lo único que deberías estar haciendo es llamar a tus generales y partir junto a mi ejército.
Gunnar rio de nuevo, mostrando los colmillos como signo de poder.
―¿Qué ejército Lys? Apenas cuentas con mil vampiros.
―Todos dispuestos a morir por Helmet y por mí. Dime, padre, ¿puedes decir lo mismo de los «tuyos»? ―preguntó con voz firme.
En esta ocasión, fue ella la que recalcó que los Mosul ya no eran su pueblo; tal y como él le había repetido una y otra vez.
―Puedo, ¡claro que puedo! ¿Sabes lo único que veo? Que eres una vergüenza para nuestro linaje. Dile a tu devoto esposo de mi parte que no habrá alianza. No arriesgaré siglos de estrategia por un imbécil que no sabe distinguir una batalla ganada de una derrota anunciada.
―¿Y tú sabes de lo único de lo que me alegro? De que madre no pueda ver el ser tan despreciable en el que te has convertido.
―No te atrevas a nombrarla.
―Mírame bien, padre. Mira estos muros de piedra que llevan escuchándote sin poder huir de ti.
Mira las mesas, las sillas, las alfombras y las chimeneas que llevan soportando tus febriles discursos llenos de odio y sinrazón.
Aférrate a ellos cuanto quieras, pero ten por seguro de que jamás volveré a verlos, ni a ti tampoco.
―No me amenaces más, Lys. Tarde o temprano, te arrastrarás ante mí, como siempre.
Cuando tu esposo caiga, cuando sus dominios sean solo polvo y sus vampiros por fin se conviertan en alimento para los lobos, yo seguiré aquí.
Te miraré desde mi trono y saborearé la lección que sufrirás y que te negaste a aprender.
Ella caminó hacia la puerta; pero, en el último momento, se dio la vuelta.
―Seguirás aquí, sin ella. Te he querido desde que nací, padre. Aunque me condenaste a la muerte eterna, te perdoné y te seguí amando. Hoy, por fin, has conseguido que la rabia que siento se convierta en olvido. Y es justo lo que voy a hacer en cuanto abandone «tu» castillo.
―Lys… ¡Lys!
Pero ella ya se había ido. Gunnar podía soportar la ira, el desprecio e incluso el odio. Saber que jamás volvería a verla era algo que no podía aceptar. Con la prepotencia del que se cree que todos le deben pleitesía, llamó a un criado.
―Mi rey ―dijo el muchacho.
―¡Trae enseguida a mi hija!
El chico corrió hasta el exterior del castillo. Cuando regresó al salón del trono, lo hizo solo.
―¿Dónde está? ―gritó enfurecido.
―Mi rey, se han ido.
―No es posible, ¡acaba de salir!
―Lo siento. ¿Desea que vayan a buscarla?
Por primera vez, las palabras de Lys le calaron hondo. Había cumplido su palabra y se había marchado. ¿Sería capaz de mantener lo que le había prometido?
No lo haría.
No se atrevería.
Gunnar se sentó en su trono y se repitió esas palabras hasta que la luz del día iluminó la estancia, y, con esta, su corazón.