27. ¿ACEPTAS O NO? #2
―¡Porque yo no quería ser un vampiro! ―vociferó. Ella mostró una expresión de asombro―. Sí, es hijo de Mørket, ¡por eso mismo no puedo resistir verlo! Su sangre maldita nos condenó a todos.
―Padre, ¿te estás oyendo? Él no lo eligió. ¡Lo estás castigando por haber sido creado!
―Podía haber escogido no cumplir sus órdenes.
―Eso nunca fue una opción ―añadió negando despacio―. Nunca, y lo sabes. La ponzoña sacó a la luz la peor versión de todos. Sé que no podemos cambiar el pasado, pero sí el presente. Ayúdalo. Él es mi vida. Mi familia, al igual que tú. ¿Eso no significa nada para ti?
―No, tú misma nos destruiste al elegirlo. Así que no, Lys. Mi ejército no irá a morir por alguien que ni siquiera merece mi respeto.
―Si no aceptas su trato, te aseguro que te arrepentirás de no haber estado a nuestro lado. Algún día descubrirás que no eres tan intocable como crees, y Mørket acabará contigo.
―Soy uno de los suyos. Eso no ocurrirá.
―Te equivocas. Cuando los errantes desaparezcan y no quede ningún humano sobre la faz de la tierra, ¿qué crees que hará con los que una vez lo desafiaron o se mantuvieron al margen?
Gunnar la miró desde su altura en el trono, reflexionando sobre el peso de las palabras que acababa de decirle.
―Eso es una especulación sin fundamento ―respondió con una sonrisa perversa, como si aquella situación jamás fuera a darse―. De todos modos, cuando llegue mi fin, afrontaré mi destino de cara sabiendo que no me traicioné a mí mismo ni a los míos. Y tú, hija, ¿podrás decir lo mismo?
Lys cambió el peso de un pie a otro y se alisó una arruga imaginaria de la exquisita falda de terciopelo negro que llevaba.
―Yo, rey Gunnar, soy una guerrera. Jamás huiré de la batalla, menos aún de una lucha noble.
―¿Noble? Helmet es un advenedizo que busca arrebatarle el poder a su hermano mayor.
―No, padre. Mi esposo es un vampiro que va a luchar para ocupar el lugar que le corresponde.
―Hija, ¡no creerás…! ―Señaló la carta que ella tenía en la mano.
―Sí, ¡claro que sí!
―¡Pues yo no! ¿En serio quieres que arriesgue a mis inmortales por un delirio de grandeza? ¿Por ese remedo de líder que no ha logrado nunca vencer en nada a Abbadon?
―¿Qué reservas tienes si su causa es legítima? ―soltó con determinación mientras contenía a duras penas su furia―. Lucha para liberarnos de él, por proteger su territorio, ¡su legado y el mío!
Gunnar ladeó la cabeza, mostrando una mueca de burla.
―¿Su «legado»? ¿Qué legado puede construirse sobre las cenizas de un cobarde? Tu esposo no merece la sangre que corre por sus venas. Mucho menos mi apoyo.
Lys lo miró con los ojos encendidos por la cólera.
―Es un verdadero general, ¡un auténtico guerrero! Ha combatido y sangrado por nuestra especie…
―¿Un guerrero? ―la interrumpió con un fuerte tono cargado de desprecio que reverberó en la estancia―. Un verdadero guerrero no mendiga. Un verdadero líder no envía a su mujer a suplicar en su lugar. Es patético, Lys, y tú… tú eres aún más patética por defenderlo.
Sin poder retenerse ni un instante más, Gunnar se puso en pie. Ella, ciega de ira, se acercó a él hasta que se vio obligada a mirar hacia arriba; pero no le importó.
―Te equivocas. No vine a suplicarte, vine a exigir lo que es justo. Tus guerreros no son solo tuyos, padre ―agregó, sintiendo que el veneno que corría por sus venas la estaba consumiendo―. Son parte de nuestro linaje, de nuestra sangre.
―No, Lys. Es «mi» sangre y «mi» ejército. ¡Tú perdiste cualquier derecho sobre ellos el día que decidiste unirte a ese impostor!
―No voy a permitir que hables así de Helmet. Si él asegura que es quien dice ser, con más razón deberías ayudarlo.
―Jamás.
―Si no lo haces, me encargaré de que hasta en el rincón más oscuro y apestoso de la tierra todo el mundo conozca que eres un cobarde.
―Si vuelves a decir eso en voz alta, yo mismo te mataré.
Ella rio con ganas mientras se separaba un par de pasos.
―¿Matar? ¿Te vuelvo a recordar que eso ya lo hiciste? ¿Por qué insistes en despreciarlo cuando él lo daría todo por mí? ¿Por qué no puedes verlo, o es que no quieres?
Gunnar le dedicó otra sonrisa cruel.
―No puedo ni quiero porque no estoy ciego como tú. Él nunca podrá igualarme, Lys. Nunca será más que un parásito que se aprovecha de lo que sientes por él, y no se lo merece ―insistió de nuevo.
Ella bajó la vista un momento y después sus ojos volaron a las manos de Qil, que estaba apretando tanto los puños que tenía blancos los nudillos.
Sin perder la compostura, se acercó a él y lo tocó en el antebrazo para tranquilizarlo.
―Vuelve con las patrullas, Qiloçker. Lo que tengo que decirle a mi padre he de hacerlo en privado.
―¿Estáis segura?
―¡Fuera de aquí, mequetrefe! ―gritó Gunnar.
El general no se movió hasta que ella asintió. Temía que al final se lanzara contra su padre y ambos terminaran en un enfrentamiento que quién sabía cómo acabaría.
―Mi señora. ―Agachó la cabeza―. Si me necesitáis, decid mi nombre ―dijo como advertencia, clavando la mirada en Gunnar.
―Gracias.