27. ¿ACEPTAS O NO?
L a noche se deslizó sobre las tierras del norte como un manto espeso de terciopelo negro.
Bajo el cielo estrellado, el grupo, ahora liderado por la princesa Lys, se dirigían en dirección este.
A su lado marchaban Qiloçker con su patrulla; dos de los generales Mosul, Erling y Skadi, más el resto de sus vampiros.
Llevaban corriendo día y medio sin descanso.
En la oscuridad, sus ojos, como carbones encendidos, ni siquiera parpadeaban frente a la vastedad del trayecto que aún tenían por delante.
El camino hacia el castillo de Gunnar era antiguo, bordeado de bosques centenarios que respiraban silencio y memoria. Las ramas, todavía desnudas por el invierno tan crudo que apenas había terminado, se alzaban como dedos esqueléticos hacia la luna.
Qiloçker observó de reojo a Lys. No mostraba ni miedo ni duda.
La determinación parecía envolverla y azuzarla para que apretara el paso.
Él sabía que no solo era la esposa de Helmet, sino fuego templado.
Muchos de los suyos pensaban que era astucia vestida de seda.
Y ahora se había convertido en el puente decisivo entre las dos casas, aunque uno necesitaba al otro más que nunca.
―Mi señora, ¿habéis pensado cómo se lo vais a pedir? ―preguntó Qil, rompiendo el silencio.
Ella mantuvo los ojos fijos en el camino. Seguía dándole vueltas a cómo iba a afrontar aquella conversación, aunque respondió con firmeza.
―Da igual cómo lo haga, se negará en rotundo.
―Todos sabemos que vuestro padre es un vampiro… difícil.
Lys se echó a reír.
―¿Difícil? Es terco y despiadado, lo sé mejor que nadie. Pero también ama a los suyos. Comenzaré con la verdad, que no es poco.
―Estoy con vos.
Avanzaron sin descanso. Solo se detuvieron una vez, en la cima de una colina desde donde se divisaban las torres del castillo Mosul, que parecían estar envueltas en una bruma plateada.
La fortaleza se había levantado hacía siglos en un enclave estratégico.
Sus murallas eran tan imponentes como la voluntad de su rey.
Al fondo, se alzaban las atalayas, cuyas antorchas encendidas titilaban en la distancia como ojos vigilantes.
―Estamos cerca, mi señora ―murmuró Skadi.
―Adelántate con tu patrulla para anunciarme ―respondió ella.
Los vampiros asintieron y corrieron todavía más mientras ellos aminoraban la marcha para darles algo más de tiempo. Uno de los heraldos fue a anunciar su llegada.
Cuando al fin alcanzaron las puertas, los guardias ya los esperaban. Las teas que portaban iluminaron sus pálidos rostros. Tras invitarlos a entrar, el silencio que se hizo en las patrullas le recordó a Lys que no eran simples viajeros, sino mensajeros de una guerra inminente.
La hermosa princesa cerró los ojos un segundo, tomó una bocanada de aire helado y alzó la cabeza.
―Vamos.
Tras cruzar el patio interior, ella ordenó a las patrullas que los esperaran allí.
Solo Qiloçker la acompañaría ante su padre.
Nada más entrar en la sala del trono, notaron tensión en el aire.
Los gruesos muros parecían no querer recibirlos, pero Lys esta vez no iba a dar su brazo a torcer.
No, cuando su esposo estaba en verdadero peligro.
El salón principal era una vasta galería de piedra, sostenida por columnas esculpidas con figuras guerreras y símbolos arcanos.
Al fondo, sobre varios escalones, se hallaba el trono de Gunnar.
Su padre estaba sentado con la actitud del vencedor absoluto.
Llevaba una capa de piel de lobo y tenía una copa de hierro en una mano.
Su cabello oscuro, congelado en el tiempo, caía sobre sus hombros.
Su mirada azul grisácea se clavó en su hija nada más entrar.
―Lys, no esperaba verte sin tu «amado esposo» ―dijo con un tono que reverberó con fuerza entre aquellas inmensas paredes.
―Ni yo esperaba tener que venir a verte, padre ―respondió altiva, caminando hasta quedar a pocos pasos―. Pero la guerra se avecina y necesitamos tu ayuda.
―¿Qué guerra? ―preguntó, inclinándose hacia ellos.
La princesa miró al general, quien se adelantó y asintió brevemente.
―Mi señor. Soy Qiloçker, general de los Drăgoi…
Gunnar alzó una ceja antes de interrumpirlo.
―Ya sé quién eres, muchacho. Lo que me pregunto es qué asunto te trae con tanta urgencia a mis tierras y por qué has arrastrado a mi hija contigo.
Ella no vaciló. Sacó de su capa la misiva que le había dado Qil y se la entregó.
―Mi esposo, Helmet de la casa Drăgoi ―dijo con orgullo―, ha declarado la guerra a Abbadon. En esta carta te pide una alianza.
Gunnar abrió el pliego sin poder creerlo y lo leyó.
Apreciado suegro,
Os escribo en los albores de una guerra que he declarado a Abbadon y que cambiará el rostro del mundo que conocemos.
He averiguado que soy el verdadero primogénito de Mørket, y, como legítimo heredero de su legado, reclamaré mi posición en cuanto aplaste a mi hermano.
Cuento con el apoyo de los ejércitos de Athelstan, rey de Inglaterra; del duque Ricardo I de Normandía y de Dorek de la casa Kveld, los temibles Skyggene.
Os pido, con la sangre de los nuestros como testigo, que os unáis a mi causa. Sé que esta empresa conlleva riesgos, pero os ofrezco mi lealtad hasta el fin de mis días. Y, como líder Drăgoi, prometo a mantener una alianza indestructible con los Mosul.
Por mi honor,
Helmet de la casa Drăgoi
Su rostro permaneció imperturbable mientras recorría aquellas líneas. Su hija y Qiloçker aguardaron su reacción en silencio. Cuando terminó, alzó la vista y rio abiertamente.
―¿Qué demonios es esto, Lys? ―dijo, agitando la misiva en alto.
―Acabas de leerlo, padre. Helmet te necesita.
―No, si eso no me sorprende. Era de esperar.
Qil apretó con fuerza la mandíbula, pero se abstuvo de contestar.
―¿Qué estás intentando decir? ―respondió enfurecida.
―No lo intento, ¡te lo estoy diciendo! Tu esposo es un inútil que no tiene el valor de librar sus propias batallas.
―¿Acaso has perdido el juicio? ¡Lleva miles de años luchando contra los errantes!
―¿Y de qué ha servido? ¡Esa escoria sigue persiguiéndonos!
―Qué pronto has olvidado que el Ursu tampoco ha sido capaz de vencerlos ―masculló con retintín.
―No lo he olvidado, hija ―añadió con voz gélida.
Ambos se retaron con la mirada. Ella agradeció en silencio que se encontraran solos en la sala del trono. Si alguien la hubiera oído, el rey de la casa Mosul tendría que castigarla por su insolencia, poco importaba que fuese de su misma sangre.
―¿Y bien? ―Ella se atrevió a exigirle una respuesta.
―¿En serio me estás pidiendo que arriesgue a mis hombres, a mi ejército, por esa sombra patética de Abbadon al que llamas esposo?
―¡Ellos ya no son hombres! ―gritó, plantándole cara―. Hace mucho que dejaron de serlo para convertirse en bestias. Somos bestias, padre, ¡acéptalo de una vez! Helmet te está pidiendo ayuda para proteger el futuro de nuestra gente.
―¿«Nuestra» gente? No me hagas reír, Lys. Tú dejaste de ser de los míos el día en el que decidiste rebajarte a su nivel. Te prohibí que te unieras a él, pero no dudaste en cambiar nuestra sangre pura por una vida miserable a su lado.
―¿Ese es el motivo para negarle una ayuda que salvaría miles de vidas? No te importa que me desposara con él, ¡lo que le corroe a lo poco de alma que aún queda en tu interior es que te desobedecí!
―Eres mi mayor fracaso y una auténtica decepción. No olvides que soy el rey. Nunca vuelvas a levantarme la voz ¡u olvidaré quién eres y te encerraré en…!
―¿Olvidar quién soy? ―lo interrumpió con la voz temblorosa por la rabia mientras avanzaba dos pasos hacia él―. ¿Cómo podría?
―No te atrevas a decirlo.
―Me lo debes, padre. ¡Sabes que me lo debes! Puedes despreciarme todo lo que quieras si así te sientes mejor; aunque ten en cuenta que, si no nos ayudas, yo misma iré a luchar a su lado.
―No me amenaces, Lys.
―¡Pues lo hago! ―Se detuvo para evitar decir algo de lo que pudiera arrepentirse después―.
Pese a tu desprecio y a la rabia que te lleva destruyendo desde el día que acepté su proposición en contra de tu voluntad, lo amo con todo mi ser.
Soy una Mosul, pero también una Drăgoi. No me quedaré aquí viendo cómo los dejas morir porque él fue capaz de enfrentarse a ti.
―«Él» no te merecía ¡y sigue sin merecerte!
La vampira asintió despacio, entendiendo que no iba a hacerle cambiar de parecer.
―Y yo no me merecía que me convirtieras en esto ―dijo fuera de sí, señalándose a sí misma― por tu miedo a perderme. Me arrebataste la vida, ¡la oportunidad de engendrar a mi propio hijo! ―Dejó escapar una sonrisa triste―. ¡No dudaste en entregarme a la inmortalidad con tal de retenerme a tu lado!
―Yo te amaba, Lys. ¡Te amo! Eres mi hija. ¿Cómo pretendías que te viera envejecer y morir si podía evitarlo?
―¡No me pediste opinión! ¿Es que aún no te has dado cuenta de que la transición te transformó en un ser aún más cruel de lo que ya eras? Tu egoísmo arrasó tu corazón, y, con él, a mí misma.
―Lys, Abbadon es demasiado fuerte.
―Eso no te lo discuto, pero acabas de leer de su puño y letra lo que yo siempre he sospechado. Helmet no solo es hijo de Mørket, ¡es su verdadero primogénito!
―¿Pero es que vas a confiar en su palabra? ¡Lee ahora mismo lo que me dice a mí! ―Estiró la mano con la misiva, ofreciéndosela.
Ella elevó el mentón y se la arrancó de malos modos. Sonrió al ver que a su padre le había escrito lo mismo.
―Yo le creo, y Qiloçker te puede confirmar que es cierto.
―Muchacho ―gritó Gunnar sin paciencia―, ¿tú ya lo sabías antes de regresar a tierras Drăgoi?
―Sí, señor.
―¿Y qué pruebas tiene de lo que afirma? ―insistió el rey.
―Eso no me corresponde a mí decíroslo. Es algo que deberéis hablar con él.
―Entonces, creo que me quedaré con la duda ―rio.
Ella se volvió hacia su padre sin disimular su indignación.
―¿Y tú te llamas estratega? ¿Sabes lo que significa que él sea…?
―¡Que eso es mentira, Lys! ―la cortó―. Y, aunque no lo fuese, ¡no cambia nada mi decisión!
―¿Por qué lo odias tanto?