Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 26. TE ELIJO A TI, ALANA #3
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26. TE ELIJO A TI, ALANA #3

―¿Hablas de… casarnos?

―Sí. Te estoy pidiendo que te cases conmigo.

―Yngvar, apenas hemos tenido tiempo para conocernos.

Él asintió, sonriendo con tristeza.

―Supongo que eso es un no.

―Tengo tantas dudas sobre lo que está bien y lo que se supone que debo hacer… Estoy esperando a que ÉL me ayude, pero no se manifiesta.

―Es que es tu decisión. Eres libre de elegir, así que no seré yo quien te exija una respuesta. Cuando estés preparada, ahí estaré.

Se acercó y le dio un beso en la frente.

Después, se marchó hacia el bosque. Sentía como si alguien le hubiese atravesado el pecho con una flecha.

Puede que ella lo amara, pero no lo suficiente como para aceptar su proposición.

Se había comportado como un necio y ahora tendría que asumir las consecuencias.

En cuanto lo vio alejarse, se dio la vuelta y caminó hacia el lado opuesto. Parecía que dentro de su alma hubiera dos Alanas. Una corría hacia Yngvar, y otra quería alejarse de él todo lo posible para no volver a sufrir.

En cuanto llegó a la orilla del río, se sentó y metió los pies en el agua.

Las nubes se apartaron para darle una tregua.

Angustiada, cerró los ojos, dejando que el calor del sol la cubriera por completo.

Perdida en la suave corriente, se preguntó por qué había rechazado al errante al que amaba con todas sus fuerzas.

La respuesta llegó tan deprisa que no tuvo más remedio que ocultar el rostro entre sus manos.

Tenía miedo. Miedo a amar y ser traicionada.

Pese a que estaba segura de que Yngvar no era como Alistair, la llama de la duda había prendido con tanta fuerza en su interior que fue incapaz de detenerla.

Por mucho que pidió una señal, solo obtuvo silencio.

Nadie podía decidir por ella. Al ser consciente de que era la única dueña de su corazón; de repente, lo tuvo claro.

En ese momento, oyó cómo alguien se acercaba.

―¿Puedo sentarme? ―preguntó Yngvar con un tono más suave.

Ella apartó las manos y asintió.

―Claro.

―Te pido disculpas, me he comportado de una forma intolerable. No tenía que habértelo preguntado. No me di cuenta de que aún no estabas preparada, aunque yo esperaba que sí.

―Soy yo la que debe disculparse porque me he equivocado ―añadió con los ojos fijos en él y después se quedó absorta en la corriente helada que acariciaba su piel.

Yngvar se quedó paralizado. ¿Ella no lo amaba y él lo había malinterpretado? Pero en su hogar le había confesado que sí. Además, tras regresar al campamento, pasaban juntos todo el tiempo que podían y no habían dejado de besarse. ¿Eso no había significado nada para ella?

Enfadado consigo mismo por haberla llevado al límite, decidió aclarar la situación entre los dos.

―Siempre estaré a vuestro lado, Elegida ―dijo, poniéndose en pie―. Olvidad lo que os he dicho antes.

Alana se volvió hacia él con una sonrisa y lo sujetó de la mano para que no se moviera. Después, se levantó y se apoyó en su pecho.

―No me has entendido, guerrero. Estaba intentando decir que yo también te quiero y deseo casarme contigo en un sjelevenner o como sea.

Él le rodeó la cintura y la hizo colocar sus pies desnudos sobre sus botas para acercarla a su cuerpo.

Se detuvo a una distancia mínima de sus labios y clavó la mirada en aquellos ojos azul profundo que acababan de regalarle el cielo.

Trató de mantenerse serio, pero sus labios terminaron por curvarse en una amplia sonrisa, mientras sus ojos reflejaban una chispa brillante y pícara. Ella terminó sonriendo también.

―Mi alma reconoce a la tuya, Lana. Mi corazón late con la misma intensidad y mi cuerpo arde cuando estás cerca.

Te quiero desde la primera vez que te vi.

Aunque daría lo que fuera por cambiar el pasado y haberme presentado ante ti ese día, solo puedo ofrecerte este momento y cada instante que pase a partir de ahora.

―Yngvar, eso es todo lo que necesitaba oír.

El errante se lanzó a sus labios y se perdió en la suavidad con la que ella lo acarició con la lengua. La necesidad que se arremolinó en sus cuerpos los empujó a profundizar aquel beso, dejándose arrastrar solo un poco más por el calor que desprendían sus corazones.

A duras penas, él se separó de su boca y susurró:

―¿Crees que el rey me permitirá…?

―El tiempo de las imposiciones ha acabado, guerrero. El libre albedrío se nos regaló para poder escoger. Y yo te escojo a ti. Eirik no se opondrá a nuestra felicidad, estoy segura.

Él acarició con suavidad su mejilla con la punta de los dedos, entendiendo lo que quería decir.

―Entonces, creo que ha llegado el momento de hablar con él.

―Después de un último beso.

Se miraron y acabaron sonriendo. Volvieron a unir sus bocas con deseo ante la expectación de lo que estaba por venir.

Yngvar lamió sus labios una vez más, agradeciendo al cielo que todo había acabado justo como deseaba.

Tan solo temía que el deber al que Alana debía entregarse terminaría por encontrarla.

Y él no podría hacer nada para impedirlo.