Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 26. TE ELIJO A TI, ALANA #2
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26. TE ELIJO A TI, ALANA #2

Alana llevaba poco más de cinco días entrenando con Vidar todas las técnicas de combate.

Esa mañana le había tocado el turno al manejo de la espada.

Había probado los tres tipos con los que contaba el ejército de Eirik y le estaba resultando tan sencillo aprender los movimientos y anticipar el ataque que se sintió bastante mal cuando abatió varias veces seguidas al experimentado guerrero.

En cuanto vio al de la casa Eide de nuevo en el suelo, corrió a ofrecerle la mano para ayudarlo.

―No hace falta, pero gracias ―sonrió el general, poniéndose en pie con destreza.

―Lamento haberos derribado ―dijo abrumada.

Pese a todo lo sucedido, había momentos en los que a Alana le costaba asumir que todo en ella había cambiado.

Fuerza, destreza y agilidad de pensamiento.

Se sentía avergonzada por haber sido capaz de asimilar en tan poco tiempo miles de años de entrenamiento y la experiencia del sinfín de batallas en las que había participado el errante, que ahora la observaba con admiración.

No estaba enfadado por haber perdido aquel combate, sino orgulloso por su avance y, más que nada, por estar a su lado.

―Poco más puedo enseñaros, Elegida. Veo que el tiempo con Yngvar os ha servido, pero creo que debéis entrenar con cada uno de nosotros hasta que os hayáis formado por completo.

Estoy seguro de que todos os aportaremos algo distinto.

Cuando llegue ese momento, no habrá ningún ataque que no seáis capaz de frenar.

―Tenéis razón.

De pronto, vio a Yngvar caminando hacia ellos.

Alana sintió cómo la linde del bosque se difuminaba y solo era capaz de centrarse en el guerrero del que se había enamorado.

Vidar le preguntó algo, pero ella no lo oyó.

Los sonidos de los golpes de los otros errantes que luchaban cerca se desvanecieron al verlo sonreír.

La inglesa, incapaz de apartar la mirada, se mordió el labio inferior mientras trataba de no moverse.

Con disimulo, Vidar le puso la mano en el antebrazo. Al momento, ella se giró hacia el general.

―¿Sí? ―le preguntó, avergonzada.

―Si no queréis que todo el mundo conozca vuestros deseos, no miréis al joven Knutsen de ese modo ―le susurró Vidar, uniendo los labios en una fina línea para tratar de no reír.

―Creo que es tarde para eso ―agregó con las mejillas arreboladas.

Él asintió entendiendo que la atracción entre ellos ya no podía ocultarse y que quizás deberían formalizar su situación de alguna manera.

―Mi consejo es que ambos habléis con el rey. Es lo único que puedo deciros.

―Es pronto para eso. Apenas llevamos unas semanas.

―No seré yo quien os diga lo que debéis hacer, pero la vida me ha enseñado que a veces es mejor escuchar al corazón y al alma antes de tomar una decisión.

―Os lo agradezco.

―Que no os paralice el miedo. Eirik no podrá oponerse, ¿entendéis?

Ella bajó la mirada al suelo y esbozó una sonrisa.

Era la Elegida. El rey de los Errantes estaba a su servicio y no al revés.

Él tendría que acatar su voluntad hasta el fin de los tiempos.

Así que ¿por qué albergaba tantas dudas?

Estaba segura de que ya los había visto cogerse de la mano en alguna ocasión, y, por supuesto, siempre que podían estaban juntos.

Comían, reían y hablaban como si ya fueran una pareja designada.

Se volvió hacia Vidar, pensando qué decir.

―Sabéis que le amo, pero temo volver a equivocarme.

―¿Y quién no?

―Mi cometido es tan elevado que el amor ni siquiera debería formar parte de mi vida.

―Estáis muy equivocada, Alana.

Yngvar estaba a pocos pasos cuando Vidar le hizo un gesto con la mano para que no se acercara. Él obedeció.

―¿Por qué habéis hecho eso? ―preguntó contrariada.

―No puedo dejaros creer que la guerra es vuestra única misión en la vida.

Si no sentís el amor más profundo por quien elijáis, por vuestra familia y por la humanidad toda, ¿cómo vais a sacrificaros por nosotros?

Es el amor quien os mueve, no la venganza.

ÉL es amor puro, Alana. Nos ama tanto que no le importó morir por nosotros.

―Pero me equivoqué tanto con el príncipe…

―No os dais cuenta. Aun teniendo Su sangre en vuestras venas, os concedió el libre albedrío para escoger a quién queríais amar. Vos no habéis errado, Alistair tenía otras prioridades y obligaciones.

―Él no luchó por mí.

―Y teméis que Yngvar haga lo mismo.

Ella lo contempló un instante. El joven Knutsen le devolvió la mirada con tal intensidad que sintió una oleada de calor por todo el cuerpo. El heredero jamás le había causado nada parecido. En ese momento, fue consciente del error que estaba cometiendo por miedo.

―Él jamás haría algo semejante ―susurró convencida.

―Entonces, ya tenéis la respuesta. Si como habéis dicho, nos quedan tres siglos hasta la guerra con Mørket… ―Levantó los hombros, dándole a entender que a qué estaba esperando.

―No hay razón para posponerlo, ¿verdad?

―No, Elegida.

Ella le sonrió e hincó la espada en el suelo. Después, se acercó a él y le dio un ligero beso en la mejilla.

―Todos los errantes sois grandes de corazón. Gracias, Vidar. No olvidaré vuestro consejo.

El general se llevó instintivamente la mano al rostro y tragó la emoción que sintió por haber sido bendecido con esa muestra de afecto.

―Gracias a vos, por todo a lo que habéis renunciado sin pedir nada a cambio.

―¿Eso creéis?

―Alana, estoy seguro.

―Puede que al menos no tenga que renunciar también a él.

―Desde luego que no. Tomaos una tarde libre, la guerra no irá a ninguna parte.

―Una vez más, gracias, Vidar.

Él agachó la cabeza y desclavó la espada. Saludó al joven y se dirigió al otro lado, junto al resto de guerreros que seguían entrenando.

Yngvar se acercó con cautela. No sabía de qué habían hablado ni por qué mantenía una expresión firme, como si hubiera tomado una decisión inamovible.

―Buenos días, Lana ―dijo con aquel tono de voz grave que la hacía vibrar por dentro.

―Buenos días, guerrero.

Se acercó a su cuerpo un poco más de lo debido sin importarle que sus compañeros los miraran y bromearan entre ellos.

―¿Te he dicho ya que me gusta mucho cómo me llamas guerrero? ―preguntó él con voz profunda.

―Alguna que otra vez.

Ambos sonrieron. De repente, Yngvar apartó la mirada, preocupado por estar siendo injusto con ella. «Por Dios, es la Elegida. ¿Cómo puedo estar haciéndole esto?», se regañó. Aunque ya habían hablado de ello, unas repentinas dudas sobre que no debería amarla le aguijonearon las entrañas.

Alana notó el momento exacto en el que su semblante se oscureció por la preocupación.

―¿Qué ocurre? ―preguntó, poniendo la mano en su antebrazo para que se sincerara.

Yngvar se recriminó porque volvió a pensar que estaba forzándola de alguna manera.

Pero es que, desde el día en que la vio en la puerta de su hogar, no había sido capaz de apartarla de su mente.

Estaba seguro de que aquello no solo era amor a primera vista, como si fuesen dos jóvenes inseguros que pierden la cabeza ante la más mínima insinuación.

No. Lo que sentía era mucho más profundo.

Era el reconocimiento de que estaban predestinados el uno para el otro, aunque la misma vida los quisiera separar.

Mientras ella esperaba a que le respondiera, se dijo que, como errante, jamás debería haber nada entre ellos.

No obstante, en su caso, la obediencia y seguir las reglas establecidas no le habían importado nunca demasiado; así que enamorarse de la Elegida, con seguridad, era un castigo enviado del Cielo por haber sido impuro antes de que Eirik revelara su pareja designada.

―Tus pensamientos están en otra parte ―dijo Alana al ver su ceño fruncido y la tristeza reflejada en sus ojos.

―Lo sé. Discúlpame.

―¿Qué te preocupa?

―Sé que hemos hablado de… nosotros, que ambos tenemos claros nuestros sentimientos.

―Sí.

―Entonces, ¿por qué siento que estoy cometiendo un sacrilegio? ―agregó, exponiendo abiertamente sus miedos―. Soy incapaz de dejar de sentir lo que siento por ti. ¿Y si ÉL no está satisfecho con nuestros actos?

―Yngvar ―él cerró los ojos apenas un instante al oír cómo decía su nombre―, siempre se nos da la oportunidad de elegir.

―Si es así, te elijo a ti, Alana. Mi preciosa y valiente, Lana.

―Y yo te elijo a ti, mi imponente guerrero. Te elijo a ti, Yngvar ―repitió, rozándole la mejilla con la mano.

―Hemos de ir a hablar con el rey. No quiero que nadie ponga en entredicho mis sentimientos ni mis intenciones hacia ti. Te quiero por encima de mi deber, aunque eso me condene.

―El amor no es una condena.

―Si eso es verdad, ¿querrías ser mi elsket [13] ? Me harías el errante más feliz de la tierra si quisieras formalizar nuestro sjelevenner .