Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 26. TE ELIJO A TI, ALANA
79%

26. TE ELIJO A TI, ALANA

E l viento soplaba con fuerza desde el norte, trayendo consigo el aliento helado de las montañas.

La escarcha cubría los tallos de la hierba que bordeaba el sendero, y el cielo, de un profundo color plomizo, parecía estar a punto de derramar una implacable tormenta.

Qiloçker caminaba con un paso constante, la capa pegada al cuerpo y los colmillos expuestos al aire crudo de la mañana.

A su espalda, los suyos, cuyas miradas desprendían verdadera satisfacción por pisar su tierra, lo seguían en formación.

Volvían a casa. Al castillo de Helmet, el señor de los Drăgoi.

Un lugar que, aunque forjado en piedra y sangre hacía siglos, era lo más cercano a un hogar que podían considerar.

El camino desde el oeste había sido arduo.

Habían cruzado valles cubiertos de niebla, pueblos bulliciosos y también silenciosos.

También bosques tan altos y densos que la luz del sol apenas rozaba el suelo.

Ahora, tras semanas de travesía, el contorno de la fortaleza se perfilaba a lo lejos, culminando una colina de laderas abruptas, como un lobo encaramado sobre su presa. La brisa les trajo el aroma familiar de la sangre seca entre las piedras, de las antorchas encendidas y del metal afilado.

El corazón de Qiloçker, aun estando helado como el del resto de los vampiros que lo acompañaban, pareció latir una vez. Quizás la fuerza de la costumbre o los miles de años lo habían transformado; pero, en ese momento, sintió auténtico orgullo por ser un Drăgoi.

Mientras los suyos intercambiaban miradas cómplices, el capitán Geir dejó escapar una carcajada ronca.

―¡Más nos vale que las cocinas estén bien abastecidas de humanos! Si no, tendremos que alimentarnos del ganado del establo.

―¡O de ti! ―replicó otro con media sonrisa.

Qiloçker no los detuvo. El humor negro de los suyos era una forma de aliviar la tensión, y sabía que el descanso se lo tenían bien merecido.

Un silencio reverente se impuso en cuanto ascendieron por el camino empedrado que llevaba a la gran puerta.

El castillo se alzaba como una amenaza contra el cielo.

Las torres parecían arañar las nubes, y los muros, ennegrecidos por el tiempo, conservaban las cicatrices de antiguos asedios.

Los guardias los reconocieron al momento y abrieron, dejando que el chirrido de los enormes goznes invadiera el valle como un lamento ancestral o, más bien, como una risa oscura al recibir a sus hijos en casa.

Qil y su patrulla sonrieron al reconocer el olor a cera mezclada con hojas de pino y a leña de abeto ardiendo en sus chimeneas.

Los ecos de sus pasos resonaron por los pasillos mientras avanzaban hacia el salón principal.

Allí, sentada en el trono de Helmet, aguardaba Lys, su amada esposa, descendiente de la poderosa casa Mosul.

Con sus cabellos largos, tan oscuros como una noche sin luna, y sus ojos del color mismo de las tempestades, los aguardaba en silencio.

La vampira era una sabia estratega y una aliada inestimable en tiempos de guerra, puesto que contaba con su propio ejército, que protegía aquella fortificación.

El general y los suyos se detuvieron a una distancia prudente y se inclinaron con respeto.

―Mi señora ―dijo Qiloçker con austeridad.

Ella lo observó con elegancia felina. Sonrió levemente antes de dirigirse a él.

―Qiloçker, es un placer veros a todos de nuevo. ¿Qué noticias traes de mi esposo?

El vampiro alzó la cabeza con la mirada firme.

―Buenas y sombrías a la vez. Nuestro señor ha declarado la guerra a Abbadon.

Lys dejó la boca entreabierta por la sorpresa. Por fin Helmet iba a poner a su hermano donde le correspondía. Apenas pudo disimular la satisfacción que sintió.

―¿Estás seguro?

―Sí, mi señora. Ha sellado una alianza con el rey Athelstan de Inglaterra y con Ricardo I, el duque normando.

Lys bajó la mirada un instante, procesando la magnitud de lo que acababa de escuchar. Luego, levantó la vista y preguntó:

―¿Y Abbadon ha aceptado?

―Es de suponer que sí, yo partí antes de que hablara con él.

―De modo que no puedes confirmarlo.

―Señora, es inevitable. Me dio esta misiva para vuestro padre y me ordenó que os dijera que se la entregaseis lo antes posible. También me dio otra para vos.

La tensión en la sala aumentó. Lys descendió del estrado y caminó lentamente hacia él con paso firme. Los finos hilos de oro bordados en su exquisito vestido negro resplandecieron a la luz de las velas.

―Dámelas enseguida.

Qiloçker se abrió la chaqueta y sacó un pliego de ella. Después, de un bolsillo cosido en el forro de la capa, extrajo un pequeño cilindro de cuero cerrado con el sello de Helmet. Le entregó ambos a la vampira, a la que le faltó poco para que le temblaran las manos.

―Señora, Helmet necesita que vuestro padre se una a esta guerra. Le propone una alianza oficial, con lo que ello implica.

Lys sostuvo el cilindro entre sus manos sin abrirlo.

En realidad, lo sentía como si contuviera brasas ardientes.

Llevaba demasiado tiempo sin tener noticias de Helmet, y detestaba haber aceptado quedarse allí, esperándolo, mientras él arriesgaba una vez más su existencia por orden de Mørket.

Qiloçker se mantuvo de pie frente a ella, expectante, con la misma paciencia con la que un centinela protege una puerta sellada durante siglos.

En el gran salón se creó una tensión nueva, la de una decisión que aún no se había tomado, pero que todos sabían que cambiaría el curso de su historia.

La princesa Mosul se mantuvo en silencio un momento hasta que en su mirada se encendió una llama que no era de temor en absoluto, sino de pura determinación.

―Entonces, general, que así sea.

Clavó sus ojos en aquel objeto mientras su mente viajaba hacia un pasado repleto de deseos imposibles y órdenes cumplidas bajo el peso de la obligación.

Pensó en Helmet, en cuánto lo amaba y lo echaba de menos, también en la de incontables noches que había pasado en vela implorando a las estrellas que regresara.

Sabía que no podía rechazar su deber y lo veía rodeado de mapas y pergaminos, buscando a alguien que ni siquiera había nacido.

Sí, había rogado por su vuelta, solo que jamás imaginó que por fin diera el paso y cumpliera lo que le prometió antes de partir.

«Te juro que lo mataré antes de que nos volvamos a ver», recordó. Un escalofrío recorrió la espalda de la vampira. Iba a cumplir su palabra, y ella haría cuanto estuviera en su mano para que tuviera éxito.

De pronto, apretó los labios al pensar en su padre.

Desde luego, Gunnar de la casa Mosul no era un líder fácil.

Al igual que todos, estaba congelado en el tiempo.

Contar con él, que era tan poderoso como un dios, sería una ventaja inestimable.

Claro que también era más terco que una mula.

Hacerlo entrar en razón no iba a ser tarea sencilla.

Lys pensó que, si le mostraba la realidad, quizás pudiera convencerlo.

Ante su silencio, Qiloçker vaciló un segundo, aunque acabó diciendo lo que su señor le había obligado a memorizar.

―Recordad siempre que Helmet confía en vos. Sois el puente que une nuestras casas. Él está seguro de que vuestro padre escuchará vuestra petición no solo con la razón, también con el corazón.

La vampira cerró los ojos, sabiendo que aquello no se lo decía el general, sino el vampiro que amaba con cada fibra de su ser.

Suspiró como una humana, deslizó los dedos sobre el sello de la casa Drăgoi y lo rompió con cuidado.

Desenrolló la carta y comenzó a leer en voz baja, moviendo apenas los labios.

Sus ojos recorrieron cada línea con feroz atención.

El silencio se hizo de nuevo, aunque ahora parecía mucho más denso.

Cada palabra escrita por su amor era clara, directa y sin adornos.

Era él en estado puro. Le había descrito cómo iba a buscar la manera de retar a Abbadon y que se estaban preparando para la guerra.

También le hablaba de la alianza con los humanos y de la necesidad urgente de que su padre aceptara su proposición.

Cuando terminó, esta vez sus manos sí que temblaron; pero de emoción. Cerró el pergamino con lentitud y levantó la mirada.

―Es una declaración formal de guerra y una llamada a la unidad de las casas Drăgoi y Mosul. ―Hizo una pausa, sobrecogida―. Lograré que mi padre acceda.

Qiloçker inclinó la cabeza una vez más en señal de respeto. No pudo evitar que un ligero alivio asomara a sus facciones.

―Entonces, debemos prepararnos para llevarle esa misiva lo antes posible ―dijo el vampiro.

―Partiremos antes del mediodía ―confirmó Lys.

Sin esperar, avanzó hacia la puerta y se dirigió a uno de los guardias que custodiaban la entrada.

―Prepara dos patrullas. Llama a Erling y Skadi, necesito hablar con ellos. Que vayan a mis aposentos ya.

El vampiro agachó la cabeza y desapareció por el pasillo. Lys se volvió una vez más hacia Qiloçker.

―Id a alimentaros. Mi padre querrá oír de tus labios lo que te ha dicho Helmet.

Él asintió sin titubeos.

―Estamos a su servicio, mi señora.

La patrulla se retiró para recobrar fuerzas. Qil no estaba seguro de si el viejo cabezota de Gunnar aceptaría formar parte de una guerra en la que el vencedor indiscutible sería Helmet y no él. De todos modos, debían intentar convencerlo como fuera para que participara.

Mientras caminaba hacia las cocinas, dejó ese pensamiento a un lado y centró la mente en cómo aplastaría a Rău en cuanto regresara a Inglaterra. Deseaba con todas sus fuerzas arrancarle la piel a tiras y esperaba cumplir su deseo con el ejército Mosul cubriéndole las espaldas.