Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 25. TENEMOS UN TRATO #3
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25. TENEMOS UN TRATO #3

―Nîga se queda ―agregó la inglesa sin dar opción a que él intentara imponer su voluntad.

―Nosotros nos retiramos ―dijo Erke.

Tras un breve movimiento de cabeza, salieron de la tienda. León se acercó al rey y acabó por decir lo que pensaba.

―Solo revelaré lo que sé a la Elegida y a vos ―dijo mirando al rey.

―Pero, padre… ―protestó su pupila.

―No, Alana. ¡En esto no cederé! El futuro pende de un hilo, no seré yo quien lo exponga.

La tensión que flotaba en el aire parecía que había cubierto el interior con una neblina densa. Eirik se separó del fuego con las manos enlazadas. Observó el rostro del sacerdote como si intentara ver más allá de sus palabras, hasta el mismo núcleo de sus intenciones.

Alana, Nîga y Thyra intercambiaban miradas. Con un gesto resolutivo, el sacerdote dio un paso hacia el errante.

―No tengo secreto para mis generales, León ―le aseguró él.

―Y yo no les ocultaré la verdad ―agregó la Elegida.

Oskar e Yngvar hicieron el ademán de irse, pero ella se interpuso en su camino.

―No os vayáis ―pidió con las manos levantadas―.

Padre, se acabaron los secretos. Esta es la recta final.

Los que nos encontramos aquí formamos parte de algo mucho más importante que nosotros mismos.

Acepto y entiendo que los Ursu se marchen hasta que demuestren su valía; pero Thyra está ligada a mí tanto como Nîga.

No les ocultaré algo que puede que nos salve en algún momento.

―¿Estás segura? ―preguntó, dándole una oportunidad más para echarse atrás.

―Completamente.

―De acuerdo. Por favor, acercaos. ―Hizo un gesto para que cerraran el círculo―. Hay algo más ―susurró a fin de que nadie, a parte de ellos, pudieran oírle―. Algo que te pertenece ―dijo mirando a Alana― y que he guardado, ya no solo con mi vida, sino con mi alma.

Eirik entrecerró los ojos. Gudrun frunció el ceño y Vidar carraspeó. El resto se mantuvo en silencio.

―¿A mí? ―preguntó la Elegida sin entenderlo.

―Sí ―continuó León―. Es… una reliquia. Pero no una cualquiera.

La vasija que escondo contiene la sangre de Cristo, la que ahora corre por tus venas, Alana.

Aquella que Raisa, vuestra antepasada, recogió en el Gólgota.

Ha sido preservada, generación tras generación, por uno de nosotros.

Todos juramos ante Su sangre que la protegeríamos con nuestra propia vida.

Está a salvo. Escondida. Pero si los «No Muertos» descubren que existe, no se detendrán hasta encontrarla.

Prefiero morir antes que revelar dónde se haya.

Las llamas de la hoguera crepitaron con fuerza repentina, como si quisieran responder a la intensidad de sus palabras.

Thyra exhaló con fuerza por la impresión de saber que aquello existía.

Alana se quedó inmóvil, tratando de asimilar lo que acababa de oír.

Nîga, sin embargo, levantó la barbilla y clavó la mirada en él.

Temía que la ponzoña terminara por tentarlo, y, si eso ocurría, no habría vuelta atrás.

―¿Dónde está? ―preguntó Eirik sin rodeos.

El párroco negó con la cabeza.

―No puedo decirlo aún. Ni siquiera aquí. Pero os aseguro que está bien protegida. Necesito volver y traerla al campamento.

―Ahora es imposible, León ―dijo Eirik, rechazando de pleno la idea―. Las tropas de los vampiros no cesan de cambiar sus posiciones. Si de verdad no hay posibilidad de que la encuentren, irás a por ella cuando la batalla haya terminado. No puedo poner a ninguno de vosotros en riesgo.

Alana, sobrepasada por lo que aquello implicaba, se acercó un poco más al párroco.

―¿De verdad esa vasija contiene…? ―preguntó con un tono lleno de asombro.

―Lo que queda de Su sangre ―repitió León con los ojos brillantes―. No es una simple vasija, es una verdad encarnada. Su presencia transforma, revela y purifica. En las manos correctas…, en las vuestras, es esperanza. En las equivocadas, no sé qué podría pasar.

Eirik se mantuvo en silencio un momento. Luego, asintió.

―Entonces, debemos protegerla.

León bajó la cabeza.

―Os doy las gracias… ―respondió algo más tranquilo―. No imaginé que pudiera confiar esto a alguien más. Pero ya no puedo cargar con esta responsabilidad yo solo. No después de en lo que me he convertido.

Nîga se aproximó a él con la mirada firme.

―No lo harás, León. Lo juro por la sangre que corre por mis venas. Si he de dar mi vida por esa vasija, lo haré.

Thyra puso la mano sobre el brazo del sacerdote, dándole a entender que ella, al igual que la vampira, estaba dispuesta a sacrificarse.

―Y nosotros también estaremos contigo cuando llegue el momento de recuperarla ―le aseguró.

Por primera vez, el párroco se permitió una sonrisa franca. Ya no debía recorrer ese camino en soledad. Sin esperarlo, su corazón le pareció más liviano.

―No eres el único con una carga ancestral ―añadió Alana―. Quizá por eso estamos aquí las tres. Nos necesitamos. Llegado el momento, la recuperaremos.

Durante un instante, los ojos de León viajaron de ella a Thyra y después a Nîga. Tres mujeres, distintas en sangre y poder, pero unidas por un propósito que él aún no comprendía del todo.

―Así sea.