25. TENEMOS UN TRATO #2
El líder Ursu comenzó a soñar con la guerra que se avecinaba, y supo, sin lugar a dudas, que la victoria sería suya.
La noche avanzaba despacio entre las tiendas del campamento errante.
La luna, apenas visible entre las nubes bajas, filtraba su luz sobre el cuero húmedo de las lonas.
En la tienda de los Sjama, el aire era denso, cargado con el olor de raíces machacadas, humo de hierbas y sangre reciente.
León, con los puños arremangados hasta el codo y las manos cubiertas por unos finos guantes de lino, se inclinaba sobre el cuerpo tembloroso de un joven errante. La trepanación ya había comenzado.
Unne, la más experimentada entre la nueva generación de sanadores, le pasó una cuchilla hecha con un hueso. Él la cogió con sumo cuidado, aunque con firmeza. Su rostro parecía sereno; sin embargo, por dentro, la tensión por cometer un error irreparable le atenazaba el pecho.
―Aún respira con fuerza ―dijo ella en voz baja, inclinándose a su lado―. Pero, si no drenamos el pus, morirá antes del amanecer.
El párroco asintió y se preparó para el siguiente corte cuando se escucharon voces fuera. Un guerrero apartó la tela de la entrada y avanzó un par de pasos con respeto.
―¿Padre León?
Él ni siquiera levantó la cabeza. Con precisión calculada, hizo una incisión circular sobre la zona del cráneo que ya habían raspado. El errante cuya vida pendía de sus manos se estremeció, pero no gritó. Dormía bajo los efectos de una mezcla de raíces y hojas de amapola.
―Como verás, hijo, ahora mismo estoy ocupado ―respondió sin perder la concentración.
―El rey Eirik os requiere en la tienda principal ―continuó el guerrero.
Unne miró al recién llegado y luego al sacerdote.
―Puede esperar unos momentos más. Este muchacho está entre la vida y la muerte.
León, con los ojos fijos en su tarea, murmuró:
―Decidle al rey que iré en cuanto termine.
El joven dudó unos segundos. Luego asintió y salió sin más. Afuera, la vida seguía como si nada; en cambio, en esa estancia, el tiempo se congeló en el momento exacto en que el filo penetró la carne.
Minutos después, con el pus drenado y el cráneo cubierto con un vendaje de lino y ceniza, León se retiró para lavarse las manos en una palangana con agua templada y corteza de abedul. Las gotas rojizas se disolvieron lentamente, como si dudaran en abandonar su piel.
―El muchacho sobrevivirá ―dijo Unne mientras se inclinaba sobre el paciente dormido―. Has aprendido muy rápido. Mucho más que algunos de los nuestros.
León le dedicó una sonrisa. Acarició la cruz de madera que llevaba colgada al cuello y cerró los ojos por un momento. ÉL me guía, y es lo único que importa.
―Desde luego ―confirmó ella.
―Ahora me marcho ―murmuró, secándose las manos con un paño―. Si me necesitas más tarde, avísame.
―De acuerdo.
Salió de la tienda en silencio, cubriéndose la cabeza con la capucha.
Mientras cruzaba el campamento, su mente se fue lejos, más allá del olor de las hogueras y del murmullo de los que aún permanecían despiertos.
No sabía para qué lo requería Eirik a las tantas de la noche.
De pronto, algo en su interior le hizo temer que lo que estaba a punto de escuchar iba a complicar sus vidas un poco más. Y no andaba desencaminado.
Era de madrugada cuando entró en la tienda principal.
El ambiente que lo recibió estaba cargado de preocupación.
Se sentía pesado, saturado de presentimientos.
Se extrañó al ver al rey junto a sus generales.
También estaban Alana y el joven Knutsen, la princesa y su esposo, y Nîga, que hablaba con los tres Ursu.
Si todos habían estado esperándolo buena parte de la noche, debía de ser algo muy importante.
Eirik estaba sentado junto al fuego central, con la mirada fija en las llamas que crepitaban suavemente, mientras hablaba con Vidar y Gudrun.
A su derecha, Nîga, que ya se había aseado, reía discretamente con Thyra y Erke.
Más atrás, casi fundida en las sombras que se proyectaban en las paredes de lona, Alana permanecía de pie, con los brazos cruzados, como una estatua en guardia.
Junto a ella, Yngvar y Oskar intercambiaban miradas discretas, mientras ella parecía estar diciéndoles algo que no alcanzó a oír.
―Buenas noches ―dijo el párroco.
Eirik se levantó junto a sus generales y lo saludó.
―Gracias por venir, padre León.
Él asintió con respeto, colocándose de pie a cierta distancia del fuego. Su expresión era de expectación. Pese a todo, no perdió la serenidad que lo caracterizaba, adquirida tras años de rezos, ayuno y confesiones de sus feligreses escuchadas bajo el peso de la culpa.
Eirik hizo un gesto a Nîga, que asintió con lentitud antes de ponerse en pie. Su voz, aún un poco áspera por la experiencia recién vivida, no tembló.
―Taiat ha hablado conmigo.
―¿Lo has hecho al final? ¿Por qué no me lo has dicho? ―se quejó bastante enfadado.
―León, no paras de trabajar. Era algo que debía hacer y he logrado lo que me había propuesto.
Me ha confesado que están buscando al Elegido.
Creen que nacerá aquí, en Inglaterra, aunque desconocen la fecha exacta.
Lo único que saben es que existe un descendiente de Longino y piensan que él es la clave para encontrarlo.
El silencio cayó como una losa sobre todos.
León bajó la cabeza un instante, pensando.
Su pecho subía y bajaba con rapidez, como si librara una lucha interna.
La tensión repentina por haber sido descubierto le había hecho olvidar que no necesitaba respirar; sin embargo, sentía que le faltaba el aire.
Jamás imaginó que aquel momento llegaría.
Había rezado por contar con más tiempo, por evitar tener que compartir esa información. Pero ya no había escapatoria.
Cuando alzó la mirada, Eirik dio un paso hacia él.
―¿Es cierto lo que ha dicho? ―preguntó con un tono severo―. ¿Tú eres ese descendiente?
Antes de que respondiera, Alana se acercó a su lado para, de alguna manera, apoyarlo.
―Eso no cambia nada, Eirik ―aseguró ella.
El párroco volvió a inspirar profundamente. Se sentía arrastrado por las circunstancias. Él no había atravesado el costado de Cristo; no obstante, por las miradas que le estaban dedicando los errantes, parecía que hubiese estado allí con su antepasado, incitándolo a hacerlo.
―Es cierto. Soy el descendiente de Longino.
No por elección, sino por destino. Mi linaje ha sido guardado en secreto durante siglos, o al menos es lo que yo creía.
Eso fue lo que mi padre me dijo antes de morir, al igual que su padre hizo con él.
No puedo deciros cómo han descubierto los Ursu esa información porque no lo sé.
Nîga miró a su amigo con respeto, pero también con auténtica preocupación.
―¿Qué clase de secreto guarda tu estirpe, León? ―prosiguió ella.
Angustiado, dudó. No podía confesar ante los vampiros, aunque él ahora fuese uno de ellos, que protegía una vasija con Su sangre. Alana, incapaz de mantenerse al margen, fue la que respondió por él.
―Su linaje no es solo una herencia. Es un testimonio vivo de lo que ocurrió. Longino profanó el cuerpo de Cristo. Ese contacto marcó su línea de sucesión para siempre.
El párroco asintió, aliviado. Con esa explicación parecía que todo quedaba resuelto.
―Así es.
El líder errante lo miró con una expresión seria.
―Yo tampoco sé cómo los «No Muertos» han conseguido descubrir tu secreto, pero estoy muy decepcionado contigo. Tu silencio nos ha puesto a todos en peligro.
―Rey Eirik ―intervino Nîga―, ellos desconocen quién es. Solo han averiguado que existe un descendiente, y aún lo están buscando.
Alana se volvió hacia el líder errante sin entender a qué se refería. ¿Por qué estaba reprochándole que se lo hubiera callado? ¿A qué venía eso? ¿Es que no sabía quién era?
―¿Acaso ignorabais esta información? ―preguntó extrañada a Eirik―. No lo entiendo, León nos contó que fuisteis vos el que contactó con él en el pasado. Creía que conocíais toda su historia.
Él levantó el mentón al escuchar aquel comentario, que interpretó como una acusación. Se sintió tan ofendido que decidió dar por terminada aquella reunión tan incómoda. Acto seguido, le pidió a la Drăgoi y a los Ursu que se retiraran.