25. TENEMOS UN TRATO
E l aire frío de la noche se adhería a las ropas de los Ursu, quienes, como una marea imparable, avanzaban por tierras salvajes.
Una vez más, Abbadon encabezaba la marcha con la habitual impasibilidad que lo caracterizaba.
Su silueta imponente apenas era visible en la penumbra, como la del resto de los suyos.
A su lado, Rău corría con una expresión inescrutable, aunque sus ojos brillaban con la intensidad de quien se mantenía alerta.
Tras ellos, el séquito de vampiros se deslizaba con la velocidad y precisión de los feroces depredadores que eran.
―Señor, ¿qué ocurrirá si los tvillinger se niegan a involucrarse en la guerra? ―preguntó el general en un tono bajo.
Abbadon no desvió la mirada del camino.
―Velkan y Traian aceptarán. Tienen demasiados intereses en juego como para negarse. Es cierto que últimamente no han cumplido en parte con nuestro acuerdo; pero, si se echan atrás ―su voz se tornó más fría―, haremos que reconsideren su posición.
Rău sonrió con satisfacción.
―Cumplir vuestra voluntad es nuestro privilegio.
Aunque le satisfizo su respuesta, el líder no respondió.
Tenía la mente fija en un solo objetivo: asegurarse el apoyo de la caprichosa raza de los gemelos.
Si quería ganar la guerra contra Helmet, los ingleses y el ejército normando, necesitaba aliados poderosos; y ellos eran la mejor opción a su alcance hasta que encontrara a Xerab.
Poco después, llegaron a la ciudad. Brujas se alzó ante ellos con su impresionante red de canales y edificios de piedra iluminados por las antorchas de la guardia nocturna. La ciudad comenzaba a dormir, ajena a las sombras que acechaban por sus calles.
Tras una orden de Abbadon, se dispersaron con precisión letal.
No tardaron en encontrar en uno de los burdeles a quienes buscaban.
Una pareja de tvillinger macho, inconfundibles por la extraña energía que emanaban, disfrutaba sin censura del cuerpo de dos meretrices que se desvivían por complacerlos.
Ambas se veían demasiado borrachas para que los recién llegados tuvieran algún interés en sus torpes movimientos.
Uno de los Ursu se presentó y les exigió que los acompañaran para ver a su amo. Ellos lo ignoraron y siguieron empotrando a las chicas contra la pared.
―¿Es que no me has oído? ―rugió el vampiro al más cercano.
―Claro que te he oído ―dijo mientras la joven se deshacía en gemidos para darle a entender que le estaba proporcionando mucho placer.
Los «No Muertos» se miraron. El más corpulento agarró a uno de los gemelos por el cuello. Sin soltarlo, se lo llevó a la fuerza y lo estampó contra la pared que estaba al otro lado de la habitación. Contrariada, la chica cayó al suelo, incapaz de entender qué acababa de pasar.
―Nos acompañaréis ahora mismo y después llevaréis a nuestro amo ante Velkan y Traian ―ordenó con voz áspera.
El otro se separó de la fulana con la que estaba y siseó mostrando los dientes como un animal.
―¡Soltadlo! ―exigió con rabia―. Iremos con vosotros, pero esto lo pagaréis muy caro.
Los dos Ursu sonrieron. El que tenía sujeto al tvillinger lo liberó de mala manera. Los gemelos se miraron y asintieron. La presencia de los de Abbadon no auguraba nada bueno. Algo se avecinaba, y temieron que, como siempre, fuesen ellos los que se llevaran la peor parte.
Tras obligarlos a vestirse a toda prisa, salieron de la mancebía. Durante todo el trayecto, hasta donde se encontraba el líder vampiro, no habían dejado de vigilarlos de cerca.
En cuanto llegaron a la inmensa villa que habían ocupado, los anunciaron.
Velkan y Traian estaban sentados en una gran sala iluminada por decenas de gruesas velas.
Para indignación del Ursu, no se levantaron cuando entró.
Sus miradas cortantes lo decían todo: no iban a permitir que volviera a intimidarlos dado el maltrato que habían recibido los suyos en tierras extranjeras, incumpliendo el antiguo acuerdo.
―No esperábamos veros más ―dijo Velkan con una expresión poco cortés, aunque sus ojos delataban precaución.
―La última vez que nos visitasteis fue para exigirnos un trato que solo os benefició a vos, así que mi hermano y yo no entendemos qué os ha incitado a venir ―agregó Traian aún más tajante.
Abbadon avanzó con la seguridad de que en esa reunión iba a obtener lo que había ido a buscar o acabaría con aquella maldita raza, que su padre había creado por error, sin importarle las consecuencias.
―No me sorprende vuestro recibimiento ―dijo sin inmutarse―, aunque será mejor que abandonéis esa actitud o dejaré que mis guerreros os demuestren de la pasta que están hechos.
―¿Qué es lo que queréis? ―preguntó Traian.
―A todos los tuyos. Hemos venido a hablar de guerra. Helmet se ha aliado con los ingleses y los normandos. Me ha desafiado, y estoy dispuesto a complacerlo aplastándolos a todos.
Los gemelos se inclinaron hacia adelante, mostrándose ligeramente interesados.
―Continuad ―soltó Velkan.
―Xerab ha desaparecido ―agregó el «No Muerto», observando con atención sus reacciones.
Un destello de asombro cruzó el rostro de Traian, pero lo ocultó tan rápido como pudo.
―¿Ha dejado Venecia? ―inquirió, sorprendido por aquella noticia.
Abbadon apretó la mandíbula. Si los tvillinger no sabían nada, entonces la situación era peor de lo que creía en un principio.
―Pensaba que vosotros conoceríais su paradero ―agregó con frialdad―. Por lo que parece, la tierra se lo ha tragado.
Los líderes intercambiaron una mirada fugaz.
―Es muy extraño que se haya marchado sin dejar rastro ―dijo Velkan con un tono más neutro―. ¿Habrá reclamado su presencia vuestro padre?
―Si así fuera, no hay ningún motivo para ocultarlo.
El silencio, de pronto, se hizo pesado antes de proseguir Abbadon.
―Bien, ahora os ofrezco un nuevo acuerdo. ―Cruzó los brazos sobre el pecho.
Los dos hermanos lo miraron sin ocultar esta vez que estaban abiertos a oír qué tenía que ofrecerles.
―Vuestro ejército al completo luchará a mi lado. Os prometo algo que habéis codiciado desde siempre: el castillo de Helmet y sus tierras. Os pertenecerán cuando caiga. Vosotros gobernaréis a sus vampiros y sus dominios.
Velkan entrecerró los ojos con un destello de avaricia y Traian se inclinó en su asiento, evaluando lo que acababa de plantearles.
―Grandes promesas, Abbadon ―dijo con media sonrisa―. Pero ¿podréis cumplirlas? ―Su voz era suave, aunque cortante como el filo de un cuchillo.
Él asintió con calma, como si la decisión ya estuviera tomada.
―Si os unís a mí, no habrá nadie que nos detenga ―respondió con convicción―. Aceptad mi proposición y tendréis cuanto os he prometido. Poder, riquezas y control. No solo eso, también os doy la oportunidad de hacer historia, de ser recordados como aquellos que reescribieron el destino de los Drăgoi.
Los gemelos volvieron a mirarse, evaluando la oferta con un gesto de codicia que apenas fueron capaces de ocultar. Se estaban debatiendo entre la prudencia y la oportunidad nada despreciable que tenían frente a ellos.
Velkan apoyó los codos en los reposabrazos y formó una sonrisa casi imperceptible. Su expresión era la de alguien que sabía que estaba a punto de sacar ventaja, solo que aún no era consciente del precio que iba a pagar su raza solo por unos cuantos acres.
―Eres un jugador muy astuto, Abbadon. Y sabes lo mucho que nos gusta el juego. ―Sus ojos brillaron con una intensidad casi febril.
Su gemelo asintió sin apartar la mirada del hijo de Mørket.
―Lucharemos a tu lado, pero más te vale cumplir tu palabra. No somos como los humanos. Ni tenemos fe ciega ni nuestra lealtad es gratuita. Cumpliremos con nuestra parte y exigiremos lo prometido sin excusas ni retrasos. Si intentas engañarnos, lo sabremos.
Abbadon esbozó una gélida sonrisa.
―Eso es lo que más me gusta de vosotros. Sois directos y sin dobleces. Yo no rompo mis promesas, Traian. Si aceptáis esta alianza, os aseguro que cumpliré.
Finalmente, el tvillinger también sonrió.
―Entonces, vampiro, tenemos un trato.
El líder Ursu cambió la expresión a una mucho más relajada. Si contaba con su ejército, todo sería distinto.
―Rău regresará con una patrulla en menos de dos lunas ―concretó el siguiente paso―. Después, él os llevará al campamento y marcharemos juntos a la guerra.
―Estamos deseándolo ―añadió Velkan con cierta ironía.
―No hace falta que ocultéis vuestras verdaderas intenciones. El ansia de poder, la sed de dominio… La guerra os excita tanto como a nosotros ―acabó diciendo el «No Muerto» mirando a su general, que bajó el mentón para darle la razón.
Traian inclinó la cabeza con una sonrisa cínica.
―¿Acaso no es todo eso lo que nos hace ser lo que somos?
―Desde luego.
Los gemelos se pusieron en pie y sellaron el pacto con un apretón de antebrazos. El trato estaba cerrado, y no había más que discutir. Velkan chasqueó los dedos. Al momento, dos sirvientes entraron en la sala con copas de plata llenas de un líquido espeso y oscuro. Sangre.
―Bebamos por la guerra ―propuso Traian.
Abbadon tomó su copa sin apartar la vista de sus nuevos aliados. Rău levantó la suya mostrando ligeramente sus colmillos.
―Por la guerra ―agregó.
―¡Por la guerra! ―repitieron los demás.
Aquel néctar denso con sabor metálico descendió por sus gargantas, proporcionándoles un placer inmenso. No fue un simple brindis, sino una alianza sellada con la esencia misma de la vida.
Tras abandonar la sala, el aire parecía mucho más liviano. Abbadon no pudo evitar sonreír por haber logrado la baza que necesitaba para ganar.
―Habéis conseguido lo que queríais ―dijo su mano derecha, al que le fue imposible retener las palabras.
Su amo lo miró como si la decisión que acababan de tomar hubiera inclinado el Destino hacia una nueva dirección.
―Así es. Ahora, solo falta decírselo a mi padre.
Observó la ciudad de Brujas de una manera completamente diferente. En su cabeza, ya estaba dos pasos por delante, trazando su próximo movimiento. Mientras se alejaban, la luna tuvo a bien acompañarlos buena parte del camino.