Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 24. ¡ESO ES TRAICIÓN! #4
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24. ¡ESO ES TRAICIÓN! #4

Taiat negó con la cabeza.

―Aún no, pero Rău está convencido de que Xerab sabe algo más que no quiso revelarle a Abbadon. Lo que sí tenemos claro es que debemos localizar a alguien que está relacionado con el Elegido: el descendiente de Longino, aunque aún no hemos dado con su paradero.

Aquel nombre hizo que Nîga se quedara paralizada un instante. Ella conocía a quién buscaban, y estaba viviendo en el campamento.

―¿Algo más que deba saber?

―No, eso es todo.

―Pues no te creo. ¿Para qué iban a mantenerte vivo si no creyeran que sabes algo más?

―No tengo ni idea. A mí me amenazaron con una daga de acero himmelsk , por eso les conté que buscábamos al Elegido. Piensa que a ti solo te han dado una leve advertencia.

―Creo que no tenemos el mismo concepto sobre lo que es una «leve» advertencia. ¡Te recuerdo que me han apaleado durante días!

―Piensa que ahora tienes algo más para negociar.

―¿Pretendes que revele yo lo del descendiente?

―Bueno, parece que le gustas a ese errante. Podrías ofrecerle algo más que la información.

―¿Qué pensaría Rău de mí si hiciera eso? ¡Eso es traición!

―Ahora la que estás siendo una necia eres tú. Fóllate al maldito errante y consigue que nos saque de aquí. Por mi parte, no pienso decirle nada al general.

―¿No me delatarías?

―Me importa más salvar la existencia. Además, está claro que eres su hembra. Si tú no me delatas, yo tampoco.

―No sé cuándo volverá; pero, cuando lo haga, hazte el dormido. ¿De acuerdo?

Taiat cerró los ojos, consciente de que, sin importar lo que pasara, su destino ya estaba sellado y dependía de Nîga.

―De acuerdo.

Ella asintió sin cambiar la expresión de su rostro. Acababa de hallar el fragmento de un enigma que podría cambiarlo todo. Xerab sabía algo más, pero debían encontrarlo para asegurarse. Miró hacia todos lados, esta vez con una actitud más laxa, tratando de disimular su excitación.

―Mmm… ¿Cuándo crees que llegará el «amanecer»? ―preguntó diciendo alto y claro la palabra clave para que la sacaran de allí.

―No lo sé. Supongo que dentro de poco. El carcelero trae una vasija con sangre de animal para que no me muera. No se la tiro a la cara porque estoy sediento.

―Escúchame, Taiat ―dijo mucho más seria―. Haré cuanto pueda para sacarnos de aquí. Si no regreso, es que…

―No lo digas.

―Tú solo resiste.

Una vez más, Yngvar apareció. Esta vez iba acompañado de Oskar, quien llevaba una cuerda en una mano y una daga en la otra. Habían oído toda la conversación, por lo que continuaron con la farsa.

―Date la vuelta y no te resistas o te clavaré esto en mitad de la garganta. ¿Te ha quedado claro, escoria? ―dijo el joven Isaksen.

Nîga miró hacia la celda contigua. El vampiro tenía los ojos cerrados. Le había hecho caso, pero ella fingiría hasta el final.

―¡La escoria eres tú! Dos errantes para torturar a una vampira. Vais a perder el tiempo porque no sé nada más. Pero sé satisfacer a cualquier macho. También a dos al mismo tiempo.

Taiat apretó la mandíbula, gesto que ella vio con claridad. Miró a Yngvar y parpadeó varias veces esperando que él entendiera qué pretendía.

―¿Qué opinas? ―preguntó él, volviéndose hacia Oskar.

―Podemos torturarla, follárnosla y volver a torturarla. Nadie se daría cuenta. Están muy ocupados con la próxima luna llena.

―Bien, vampira. Demuéstranos cuán hábil puedes ser, y tal vez no te matemos hoy.

Le tiró con fuerza del pelo y la sacó del mismo modo que la había hecho entrar allí, con la cabeza hacia atrás y casi a rastras.

El Ursu abrió los ojos y vio cómo la maltrataban hasta salir por el siguiente corredor. Esperaba que ella fuera lo suficientemente buena como para satisfacerlos, y también para que no le tocara a él ocupar su lugar.

En cuanto desaparecieron de su vista, Yngvar la soltó y le arrancó las cuerdas. Alana y Thyra la estaban esperando. Corrieron hacia ella y se fundieron en un abrazo. Apenas había anochecido, pero parecía que habían pasado días desde que la vieron marchar.

―¿Te encuentras bien? ―preguntaron a la vez.

―Mejor que nunca ―respondió sonriendo―. Guerrero ―agregó mirando a Yngvar―, sé cuánto te ha costado.

―Espero no tener que repetirlo nunca.

―Yo también. Ahora, vayamos ante tu padre ―dijo a Thyra―, debo contarle cuanto he averiguado.

Se despidieron de Leifur y caminaron hacia la tienda principal.

No había sido un milagro que el vampiro le confesara lo que sabía.

Aquel que aún estaba encerrado era un cobarde que no había dudado en que ella asumiera toda la responsabilidad.

Después de todo, no se había sentido sola en esa celda y casi podría jurar que le habían dictado las palabras adecuadas para que el otro se abriera.

De lo que sí estaba completamente segura era de que aquello no solo había servido para conocer lo que sabía, si no para abrirle los ojos a un errante que se había negado a ver.

Nada más cruzar el umbral, Nîga se dirigió a Eirik. Lo primero que le pidió fue avisar a León. El párroco tenía mucho que contar y algo le decía que ninguno de los presentes conocía aún su secreto.