Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 24. ¡ESO ES TRAICIÓN! #2
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24. ¡ESO ES TRAICIÓN! #2

La «No Muerta» asintió, logrando con ese gesto que parte de la rabia del general de Abbadon se aplacara.

―Siento haberos amenazado ―dijo mirando a Yngvar.

―La trataré lo mejor que pueda dentro de lo que se nos ha encomendado.

La reunión se dio por acabada, puesto que no había mucho más que decir.

El rey se despidió de Leifur, quien encabezó al grupo hacia la zona de los Fengsel.

El extraño silencio que se hizo en el campamento al verlos se rompió levemente con el sonido de sus pisadas sobre la tierra húmeda.

Alana y Thyra caminaban a ambos lados de Nîga con el semblante tenso.

La idea de verla encerrada les resultaba insoportable, pero sabían que no había otra opción.

Aun así, no dejaban de decirle a la vampira que todavía podía echarse atrás, que seguro encontrarían otra solución; pero ella se negó en rotundo porque ÉL se lo había encomendado.

―Tres días ―murmuró Thyra, más para sí misma que para Nîga.

Sus labios temblaron un instante antes de apretar la mandíbula. No quería mostrar debilidad cuando su amiga era quien iba a pasarlo verdaderamente mal.

―Recuerda que cada instante allí dentro será una prueba ―agregó Alana tratando de parecer serena, aunque su mirada reflejaba la misma preocupación que la princesa―. Yngvar me ha prometido que no será demasiado cruel. Detesto lo que tendrás que soportar. Tú solo… resiste.

Nîga sonrió al oír a las dos. Ambas se estaban desviviendo por ella, y lo que iba a pasar no se acercaba ni de lejos a los terribles castigos a los que la había sometido Helmet durante siglos.

Se preguntó si le sería revelado más tarde el motivo de tener que vivir esa experiencia. No lo sabía, aunque tampoco le importaba. Había aceptado de buen grado Su designio y no volvería a dudar.

―Os agradezco vuestras palabras. Estad tranquilas, esto no es nada comparado con lo que ya he vivido.

―Siento todo lo que has pasado, amiga mía ―susurró Thyra.

―Ahora lo que necesito es que os ocupéis de Erke. Jamás lo había visto así. No quiero que se vuelva loco y termine irrumpiendo en las celdas antes de tiempo. ¿De acuerdo?

―Confía en nosotras ―agregó Alana―. No le quitaremos los ojos de encima porque sé cuánto está sufriendo.

A pocos pasos detrás de ellas, él caminaba en silencio junto a Leifur e Yngvar.

Mantenía la cabeza baja, pero su cuerpo irradiaba tanta tensión que parecía a punto de lanzarse a la garganta de alguien en cualquier momento.

Ver a Nîga tras una celda, que fuese de nuevo golpeada, era un sacrificio que no estaba seguro de poder soportar.

Se volvió un instante hacia ella. Observar cómo era arropada por una humana y una errante lo desconcertó, pero la vampira de la que llevaba toda una vida enamorado le sonrió, dándole a entender que estaba convencida de lo que iba a hacer.

Haciendo de tripas corazón, asintió y acabó sonriendo también.

Debía apoyar su decisión, aunque por dentro prefiriera sacarle la información a Taiat a base de clavarle mil agujas envenenadas.

Cuando llegaron al sector de los Fengsel, el Ursu se quedó maravillado al ver la estructura mágica de las celdas, que resplandecía con un fulgor tenue.

Había oído leyendas sobre que la prisión estaba sellada por hechizos antiguos y que la barrera etérea que veía brillar era un campo de fuerza impalpable.

Nîga se detuvo frente a Alana y Thyra. Ambas la miraban con verdadero pesar.

―Sé que ÉL te guía, pero no tienes que demostrarle nada a nadie ―dijo la princesa angustiada, tratando de detenerla.

La vampira inclinó la cabeza. La miró mostrando una leve sonrisa, pero también con una expresión resolutiva.

―Siempre hay alguien a quien demostrarle algo, Thyra. Siempre he tenido que hacer aquello que querían los demás. En cambio, esta vez lo hago porque quiero.

Alana le tomó las manos con una mirada llena de tristeza.

―Si sientes que no puedes más, di la palabra que hemos acordado. Te sacaremos de allí al instante.

―Esperemos que no sea necesario ―respondió Nîga tratando de sonreír para suavizar el momento―, pero gracias.

Sin ocultar su inquietud, Erke dio un paso adelante. Tras un gesto de cabeza, separó a Nîga de las dos. Con sumo cuidado, le retiró un mechón ensangrentado de la frente y le sujetó el rostro con ambas manos.

―Cuando salgas, no volverás a separarte de mí.

―Lo sé ―susurró ella.

Erke la besó con tal intensidad que no hicieron falta más palabras. Todos apartaron la mirada por respeto. Cuando se separaron, la voz del vampiro sonó mucho más grave al dirigirse a Yngvar.

―Él sabrá si no la estás torturando de verdad. ―Cerró los ojos un momento―. Debes hacerla sangrar.

Yngvar miró a Nîga y, por primera vez, apartó la máscara de frialdad de su rostro al pensar qué sentiría si fuese Alana quien estuviera en su lugar. Se le revolvieron las tripas.

―Siento lo que está por venir ―dijo con el corazón.

Nîga le sostuvo la mirada.

―Haz lo que tengas que hacer, pero sin titubear. Si no, esto no habrá servido para nada.

―Tu esfuerzo no quedará en el olvido ―intervino Leifur.

Ella inclinó la cabeza mostrando media sonrisa.

―Eso ya lo veremos.

Yngvar hizo un movimiento con el brazo, indicándole que pasara delante. Se despidió de Alana con la mirada y se centró en el papel que le tocaba desempeñar. Debía parecer el errante más despiadado que habían conocido, y no iba a defraudarlos.

Leifur volvió a colocarse delante y los guio hasta las celdas. Cuando llegaron al punto establecido, ató a Nîga las manos a la espalda y le cortó las muñecas para que sangrara. Tras cerrarse las heridas, los tres asintieron. Había llegado el momento de simular ser carcelero y presa.

Yngvar la sujetó del pelo con tanta fuerza que la hizo avanzar con la cabeza hacia atrás. Mientras gritaba que la soltara, ella se revolvió una y otra vez.

Al verlos aparecer, Taiat comenzó a observar la situación con cierta desconfianza. Al principio, no reconoció a la joven, hasta que por fin vio sus facciones a través del cabello ensangrentado.

Yngvar apretó los dientes y empujó a Nîga contra el campo de fuerza, haciéndola chocar con violencia contra el otro extremo.

―Maldito errante, ¿así es como dan los tuyos la bienvenida? ―gruñó Nîga con sorna.

Él no respondió, sino que la sujetó por el cuello y, antes de arrojarla al suelo, le dio un fuerte puñetazo en el rostro. Después, le propinó varias patadas a la altura de las costillas. La vampira escupió una bocanada de sangre mientras trataba de recomponerse.

―¿Eso es todo? ―susurró ella con una sonrisa torcida.

Con el rabillo del ojo, Yngvar vio cómo Taiat se tensaba. Eso era lo que necesitaban. La amenaza de la tortura debía ser real. Se obligó a seguir con la farsa, puesto que era su deber. Levantó a Nîga de un tirón y la sujetó por el cuello, estrangulándola con ambas manos.

Cuando consideró que había sido suficiente, la soltó de golpe.

Ella cayó de rodillas y dejó escapar un leve quejido.

El vampiro Ursu vio satisfacción en el rostro del errante.

Justo antes de salir, agarró de la barbilla a Nîga y volvió a darle otro puñetazo.

Ella, aun con la boca llena de sangre, soltó una carcajada baja y ronca.

―Deberías golpear más fuerte, guerrero ―dijo con burla.

―Sucia Drăgoi, esto no ha hecho más que empezar. Nos veremos mañana.

Mientras decía esas palabras, miró a Taiat a los ojos e hizo varias rotaciones con los hombros, inclinando el cuello a un lado y al otro.

―Os dejo solos, vampiros ―agregó―. Dulces sueños.

Leifur apareció tras él. De sus manos salió una luz resplandeciente y con ella selló la pared que faltaba.

Ella quedó atrapada tras aquel campo de fuerza invisible.

Ambos errantes se dieron la vuelta y caminaron por los pasillos sin decir una sola palabra.

Yngvar sintió náuseas por lo que le había hecho a Nîga y por lo que aún tendría que hacerle.

En silencio, Taiat observó desde la celda contigua cómo ella se deshacía de las cuerdas.

Tras incorporarse a duras penas, se sentó en el suelo.

Le hizo gracia verla estremecerse tras apoyar la espalda.

Sabía que iba a recibir una descarga, pero no la avisó.

Por lo que le había oído decir al errante, era una «sucia Drăgoi».

No estaba dispuesto a ayudarla ni tampoco a sentir ningún tipo de empatía por una enemiga.

Si moría allí dentro, se lo tenía merecido.

Nîga mantuvo los ojos cerrados para tratar de centrarse.

Yngvar no se había contenido y le había hecho daño.

Por suerte, el dolor estaba cediendo y las dos costillas que le había roto tras la segunda patada volvían a unirse.

Intrigado por su actitud, a Taiat le fue imposible apartar la vista de su hermosa piel pálida, ahora manchada con numerosos regueros de sangre seca.

De pronto, ella lo miró directamente. Él levantó las cejas, sorprendido.

Sus ojos parecían brillar con un fulgor depredador en la penumbra, y mantenía un porte altivo, incluso después de haber sido golpeada y humillada.

Algo en ella comenzó a inquietarle, pero no supo de qué se trataba. La había visto antes, de eso estaba seguro, solo que aún no había logrado ubicarla en su memoria. Incapaz de no averiguar de quién se trataba, quebró el silencio.

―¿Te conozco, Drăgoi?

Nîga alzó la cabeza con una sonrisa indolente, como si la pregunta le hubiese resultado divertida.

―¿Tan inútil eres, Taiat? ―dijo con la voz teñida de burla, ladeando la cabeza.

Él se humedeció los labios, aún más intrigado al darse cuenta de que ella sí lo había reconocido.

―¿Cómo sabes mi nombre?

―Eres más idiota de lo que Rău piensa.

―¿Qué tienes que ver tú con mi general?

―Soy suya, cretino.

―Mientes.

―Jamás vuelvas a dudar de mi lealtad hacia él o juro que le pediré tu cabeza en una bandeja.

El Ursu dudó un instante hasta que ella dijo su nombre.

―Soy la general Nîga, de la casa Drăgoi. Estoy con Rău en secreto desde hace más de mil años.

―Eso es imposible, ¡yo lo sabría!