24. ¡ESO ES TRAICIÓN!
V arios días más tarde, Alana se despertó con la sensación de que todo comenzaba a encauzarse en la dirección correcta.
En el campamento se respiraba un ambiente de tranquilidad después de que Nessa hubiera confesado ante todos sus mentiras sobre Eirik.
La Elegida fue testigo de la incredulidad que se reflejó en los rostros de los que la habían conocido y también en los que la estaban oyendo por primera vez.
Una errante con dos dones que había empleado para beneficio propio.
Muchos la censuraron y otros no dieron crédito a lo que escucharon.
Tras pedir perdón públicamente, fue el propio rey quien instó a su pueblo a que decidiera su castigo.
Todos estaban presentes, incluso la familia de Alana, Nîga y los Ursu.
Los «No Muertos» no entendían por qué los obligaban a ver cómo la condenaban, pero Thyra les explicó que los suyos jamás se escondían ante nadie.
Pese a no ser errantes, ahora vivían entre ellos y debían entender que cualquier falta se exponía ante los ojos de todos.
Y así, como unidad, tomaban la decisión sobre lo que debía hacerse.
Ese concepto les pareció algo extraño. Ni Helmet ni Abbadon jamás habían pedido opinión para castigar a un condenado.
Es más, por miedo a sus señores, no compartían sus propios pensamientos.
Mientras ellos habían hablado sobre las enormes diferencias entre errantes y vampiros, Soren había sido incapaz de dejar de mirar a aquella que se hallaba en el centro de la improvisada plaza.
No recordaba haberla visto nunca; sin embargo, no podía apartar los ojos de su precioso rostro cargado de arrepentimiento.
La joven inglesa negó con la cabeza al recordar cómo aquel enorme Ursu había caminado hacia la princesa para preguntarle si los suyos iban a matarla.
Thyra no dudó en hacerlo callar para que escuchara la decisión de su pueblo.
Doce lunas de trabajo ininterrumpido como protectora del campamento junto a los de su casa, la Parêzvanan.
Ellos asumieron la responsabilidad de tenerla vigilada y de denunciarla en el caso de que incumpliera con su deber.
A Oskar y a su familia les había parecido una nimiedad de condena dado lo que había exigido, pero aceptaron el fallo unánime.
―¿En qué piensas? ―le preguntó Nîga, que estaba vistiéndose con su uniforme. Aunque había estado tentada de quemarlo, aún lo necesitaba para entrar en las celdas.
―En lo ocurrido con Nessa.
―El pueblo errante es demasiado permisivo.
―Recuerda que ellos son los buenos.
―No estoy de acuerdo. Tú no los has visto en combate.
―Pero lo haré.
La vampira asintió. En sus palabras había pesar y la responsabilidad de lo que estaba por venir.
―¿Has empezado ya el entrenamiento con Yngvar? ―preguntó para aliviar la tensión.
Alana sonrió y bajó un instante la mirada.
―Sí.
―Mmm… ¿Y ya habéis entrenado… del todo?
―¿Qué? ―respondió sin entenderla―. Estamos con el manejo del escudo y la espada.
―¿Y cómo es la suya?
―Grande, pesada. Normal, supongo.
Nîga soltó una carcajada porque Alana no se había dado cuenta del doble sentido de sus preguntas.
―¿De qué te ríes? ―sonrió ella al verla.
―¡De ti! ¿Es que no te das cuenta de que lo que estoy tratando de averiguar es si habéis yacido juntos?
La Elegida abrió los ojos de golpe. No esperaba que le hiciera preguntas de esa índole.
―¡No pienso decirte nada! ―agregó fingiéndose molesta.
―Oh, vaya. Yo pensaba que ya…
―No ha llegado el momento. Además, te recuerdo que estamos preparándonos para la guerra contra Mørket ―se defendió.
―Eso ya lo sé, pero suponía que…
―Te repito que no. Olvídate de eso, deberías centrarte en que hoy vas a ir a la prisión a sonsacar a Taiat. Han de golpearte, y no lo soporto.
Nîga se acercó a ella y la sujetó de los hombros.
―Te aseguro que apenas me dolerá. Si no estás preparada para verlo, no tienes que estar presente.
―Lo que no entiendo es por qué has decidido que sea Erke quien lo haga. Si te ama, no comprendo cómo va a ser capaz de hacerte daño.
―No quería que ningún otro macho me tocara. Él sabrá hacerme sangrar solo donde es necesario.
―No me parece bien.
―Te aseguro que a él tampoco, pero ¿cuál es la alternativa? Se retendrá más que nadie, aunque no tanto como querría.
―Podría hacerlo yo ―dijo Alana, con el rostro entristecido.
―Jamás podría pedirte ese sacrificio.
―Yo estaré a tu lado. Puedes contar conmigo siempre, solo que no te garantizo que quiera devolverle algún golpe a Erke.
Ambas rieron un instante.
―El rey ha acordado con Leifur que Yngvar será el que me llevará a prisión. Digamos que tu guerrero insistió mucho en ello. ¿Estás cómoda con eso? Ten en cuenta que tendrá que ser muy cruel conmigo.
―No estoy cómoda con nada de esto, Nîga. Y fui yo quien le pidió al rey que te acompañara.
―¿Protección hasta el final?
―Por supuesto. Lo que no entiendo es por qué no quieres que pruebe a quitarle la voluntad. Lo hice con aquellos Drăgoi de vuelta del castillo. Yngvar podría someterlo, ¡todos los de la casa Knutsen! Incluso Erke o los capitanes podrían obligarlo…
―Para, por favor. Si Taiat ve a Erke o a cualquiera de los otros, sabrá que no han muerto.
Nos has liberado, Alana. La llamada de tu amo no se puede simular.
Cuando se nos convoca a los de una casa, es como si ese hilo invisible nos conectara.
Sé que no te gusta la idea, y te prometo que, si no consigo sonsacarle nada en tres días, ellos se encargarán.
Pero si Abbadon le ha dado órdenes concretas a Rău y este, a su vez, ha hecho lo mismo con Taiat, puede que lo recuerde o tal vez solo permanezca latente esperando a ser activado.
Además, no tenemos garantías de si esa orden se perderá al ser controlado porque nunca se ha hecho con anterioridad.
―De acuerdo ―masculló―, pero sigue sin gustarme.
―Alana, ha de ser así. ¿Lo comprendes?
Ella unió los labios al entender que ÉL le había mostrado a Nîga cómo debían proceder. Y eso, ni siquiera ella, podía impedirlo.
―Tres días ―terminó diciendo la Elegida.
―Está bien… ―Sonrió para tranquilizarla―. En el caso de que me vea incapaz de continuar, te prometo decir de forma clara la palabra que hemos acordado tanto para que prosiga en la celda como para que me saquen de allí.
Alana negó con la cabeza mientras sus ojos se empañaban.
―Es muy injusto. Ya has sufrido lo indecible.
―La vida no es justa para nadie. Menos aún lo es este limbo en el que existimos, y al que Mørket nos arrastró.
―Juro que haré cuanto esté en mi mano para salvaros.
―Aunque la salvación sea la muerte ―añadió la vampira.
―¡No!
―Dilo, Alana. Por favor, prométeme que no permitirás que vuelvan a esclavizarme.
―Nîga…
―Por favor ―repitió, cerrando los ojos.
―Aunque la salvación sea la muerte.
―Gracias ―musitó, dejando escapar un suspiro de alivio.
La Drăgoi la abrazó con fuerza y salió hacia la tienda principal.
No miró atrás. No vio cómo la Elegida se limpiaba las lágrimas y la seguía en silencio.
Yngvar se acercó al verla y la cogió de la mano.
Ella le hizo un gesto para que no le preguntara y avanzaron juntos.
El guerrero comprendió que estaba así por la «No Muerta».
Pese a todo lo que le había contado Lana, le resultaba muy complicado entender la relación que existía entre ellas y la princesa.
Miró a la joven que caminaba a su lado y lo único que se le ocurrió fue entrelazar un poco más los dedos para insuflarle ánimos. Alana sonrió al instante al sentir su tacto e intuir su significado.
Al entrar en la tienda, el rey, Thyra, los generales y los vampiros ya los estaban esperando. Eirik la recibió como siempre, igual que Vidar y Gudrun. Ella se acercó a Erke y, sin pensarlo dos veces, lo amenazó.
―Si le haces más daño del necesario…
―¡Alana! ―se quejó Nîga.
―Eso no hace falta que me lo recuerdes ―respondió el «No Muerto», molesto―. Pero, si te sientes mejor pegándome, adelante. Por primera vez desde mi conversión, creo que me sudan las manos.
La vampira se acercó a él y lo besó delante de todos sin importarle lo que pensaran de ellos. Estaba a punto de cometer un acto terrible. Lo menos que podían hacer era estar en silencio y no juzgar.
La errante se colocó junto a la inglesa y se cogieron de las manos. Entonces, Nîga se echó hacia atrás y dijo con seguridad a Erke:
―Hazlo.
Él asintió y la golpeó en los puntos más visibles para que sangrara profusamente.
El labio, el pómulo, a la altura de la sien…
Mientras hacía su ropa trizas por los fuertes tirones, desgarraba lo justo para que quedaran los restos necesarios como testimonio de que la habían hecho sufrir más de lo que cualquier humano hubiese sido capaz de soportar.
Un momento más tarde, el vampiro se detuvo. Sus ojos estaban enrojecidos. Frunció con fuerza los labios y cayó de rodillas al suelo, obligándose a no tocarla para no eliminar ningún rastro.
―Jamás me perdonaré lo que acabo de hacer.
―Sabes que no te lo consentiré ―dijo Nîga, tocando con extrema delicadeza su cabeza gacha―. Levanta, amor. Ya no siento nada.
En cuanto se puso en pie, comprobó que ella no mentía. Las heridas estaban cerradas, y la sangre comenzaba a coagularse. Él miró a Yngvar con un gesto que prometía venganza si se le ocurría sobrepasarse en su cometido lo más mínimo.
―Cuida de ella o te mataré ―soltó Erke a sabiendas de que ese no era el mejor momento para provocar a ningún errante.
El guerrero iba a contestar acorde a aquel ataque directo, pero entonces Alana lo miró, pidiéndole que olvidara sus palabras.
El rey fue mucho más severo y no se quedó callado.
―Ursu, entiendo lo que ella significa para ti; pero te recuerdo que estos son mis dominios.
No voy a permitir que amenaces a uno de los míos cuando ha sido Nîga la que ha decidido ayudarnos.
Ninguno queríamos que ella sufriera y agradecemos de antemano su sacrificio.
Os hemos dado el beneficio de la duda, no hagas que me replantee la calidad de vuestra estancia en el campamento.