Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 23. SABES QUE ME LO DEBES #2
70%

23. SABES QUE ME LO DEBES #2

Agobiada, sacó el pliego. Lo leyó y releyó. Tan solo le indicaba cuántos pasos debía recorrer por un camino u otro, qué montañas debían ladear y poco más.

Dagmar la miró, esperando la siguiente orden.

―¿General?

―No puede ser. No hay… ¡ahí abajo no hay nada! ―vociferó enfadada, extendiendo el brazo con el pergamino en la mano.

De pronto, los rayos del sol incidieron en el cuadrante. Como si el druida hubiese podido escuchar sus pensamientos, poco a poco, unas nuevas palabras aparecieron por el efecto del calor en su superficie.

―Bêwestan, ¡mira!

El capitán le señaló el pliego y se lo pidió. Lo sujetó y dejó que el sol siguiera obrando su magia.

―Endiablado Eochaid… ―susurró, dudando de que no la hubiera engañado.

Cuando volvió a tenerlo en sus manos, leyó en voz alta:

―No confiéis en vuestros ojos. La fortaleza está justo delante de vosotros.

―Viejo loco… ¿Qué fortaleza? Es un simple valle, no hay más que hierba y piedras ―se quejó Dagmar.

―No confiéis en vuestros ojos ―repitió ella―. No confiéis en vuestros ojos… ―susurró una vez más. Miró al frente y se decidió a continuar―. Ellos son sombras. Si los errantes pueden ocultar su campamento, ¿por qué los skyggene no iban a poder hacer lo mismo?

―¿De verdad crees que ahí abajo hay un castillo? ―insistió el capitán.

―No lo sé, pero vamos a averiguarlo.

Descendieron por el sendero menos empinado.

Sus movimientos eran silenciosos pero resueltos.

Apenas habían caminado quinientos codos cuando, sin esperarlo, se vieron rodeados por decenas de figuras extremadamente delgadas.

Sus familiares rostros, de un profundo azul cobalto, surgieron poco a poco, pasando de ser un simple reflejo a poder verlos por completo.

Sus ojos irradiaban un brillo perturbador, y sus cuerpos parecían estar en constante movimiento.

Eran sombras vivientes, y los triplicaban en número.

―Drăgoi ―escupió el que parecía estar al mando―, no sois bienvenidos. Mi señor no desea veros. Marchaos y no volváis.

Enfurecida por aquel recibimiento, Bêwestan gritó a todo pulmón mientras giraba sobre sí misma:

―¡Dorek, sal y da la cara o te juro que te mataré!

Una espeluznante risa se oyó a su espalda. Ella se dio la vuelta bruscamente y se encontraron frente a frente.

―Vampira, sigues sin suavizar tu temperamento.

―Y tú, skyggene, continúas siendo tan traicionero como siempre.

Él volvió a echarse a reír y la repasó de abajo arriba con sus ojos azules tornasolados, tan brillantes como los de un felino al anochecer.

Emitió un sonido extraño con la garganta y comenzaron a descender.

De pronto, frente a ellos, se alzó un inmenso castillo cuyas piedras parecían reflejar todo alrededor, de manera que se mimetizaba a la perfección con el entorno.

Las torres, coronadas por almenas afiladas, reflejaban el sol.

La entrada estaba flanqueada por más guerreros, que parecían desvanecerse en cuanto se parpadeaba.

Tras sobrepasar las inmensas puertas, los Drăgoi quedaron impresionados.

Sus muros de roca negra absorbían la luz y mantenían el interior templado.

Pese a ser una construcción antigua, reconocieron que era grandiosa.

Dorek, casi una cabeza más alto que cualquier vampiro, avanzó hasta la sala principal con una presencia imponente y una calma glacial. En cuanto ocupó su trono, cambió su expresión a una mucho más seria e implacable.

―Bien, Bêwestan ―dijo, alargando su nombre―, ¿qué haces aquí y por qué me da la sensación de que vas a exigirme algo?

Ella dio un paso al frente. Pese a todo lo sucedido entre los dos, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de respeto. Debía conseguir que se uniera a ellos a toda costa; sin embargo, no sabía aún cómo iba a reaccionar en cuanto se lo pidiera.

―Vengo en nombre de Helmet, de la casa Drăgoi ―comenzó de manera formal.

El líder skyggene se quedó paralizado ante aquella presentación. A quien tenía delante no era a la rebelde y juguetona Bêw, sino a la despiadada general. La miró con expectación. Estaba seguro de que lo que vendría a continuación sería una petición en regla para formar una alianza. Pero ¿para qué?

―Dorek, de la casa Kveld, mi señor te ofrece la oportunidad de uniros a nuestra causa en una guerra que se desarrollará en menos de cinco lunas contra el ejército de Abbadon.

El líder abrió los ojos de par en par y la observó en silencio durante unos instantes.

―¿Contra su hermano? Sin duda, Helmet ha perdido el juicio. Sabes por las malas que no confío ni en los vivos ni en los «No Muertos». Dime, Bêwestan, ¿por qué habríamos de unirnos a vosotros?

―Juntos podríamos cambiar el destino de nuestras razas ―agregó ella con resolución, manteniendo la mirada fija en él―.

Créeme, la alternativa es la extinción. Helmet no busca subyugaros como lo hace Abbadon, sino ofreceros un lugar a su lado.

La alianza que te propone os fortalecerá tanto como a nosotros.

Dorek unió las manos y rozó con parsimonia las yemas de los dedos por las palmas una y otra vez en un movimiento sincronizado.

Aquel gesto hizo que Bêw se tensara. Conocía demasiado bien lo que significaba.

Estaba sopesando aquella oferta, aunque su rostro aún no mostraba ninguna pista que la pudiera llevar a pensar si iba a aceptarla.

―Me hace gracia que vengas ante mí para pedirme un favor que tu amo no merece ni tú tampoco ―soltó, recostándose un poco en el trono.

―¿Que no me lo merezco? ―respondió, subiendo el tono de forma peligrosa―. Sabes que me lo debes.

―¿Deber? ¿Acaso olvidas que fuiste tú la que me abandonó a mi suerte en Sodoma? Si no te hubiera visto huir, ninguno de los míos estaría vivo ahora mismo.

―Deja de echarme en cara que no te avisara. ¡Cumplía órdenes!

―Aun así, yo lo hubiera hecho. Sabías lo que dejabas atrás. ¡No lo niegues!

―¿Y qué dejaba, Dorek?

―Yo te amaba.

Ella soltó una carcajada. El skyggene parecía hablar en serio, pero estaba segura de que le estaba mintiendo.

―La lujuria poco tiene que ver con el amor. Si como dices, me amabas… ¿Por qué te vengaste sin darme la oportunidad de explicarme?

Ambos se desafiaron con la mirada. Bêw incluso avanzó un paso hacia él, pero los guerreros que protegían a su líder se pusieron delante del trono y la amenazaron con sus espadas.

―Te lo merecías ―sentenció él.

―¿Dos años? Me encerraste durante dos años y me torturaste hasta que te olvidaste de que estaba allí. Si no hubiera sido por Qiloçker y Nîga, hoy no tendríamos esta conversación.

―Me mentiste. Nunca me amaste.

―Eso no es cierto, y lo sabes ―masculló aún más enfadada.

―Bueno, ahora poco importa.

―Ah, ¿sí? Porque me parece que sigues empeñado en…

Sin esperarlo, se vio sorprendida al materializarse de la nada una impresionante hembra. Sus movimientos, tan suaves como el susurro del viento en la hierba, hicieron que Bêw se quedara paralizada, hasta que la reconoció.

―Ønske…

―Bêwestan.