23. SABES QUE ME LO DEBES
A ntes de caer la noche, Bêwestan y la patrulla siguieron en silencio a través del espeso bosque que cubría gran parte del camino hacia Whiterock.
Los árboles, altos y retorcidos, formaban un dosel que apenas dejaba pasar la luz de la luna.
Las sombras eran profundas, y los suyos se deslizaban entre ellas como si fueran parte del paisaje.
Ataviados con sus inseparables uniformes de cuero, con el emblema de las tres serpientes negras en fondo rojo, parecían espectros en una tierra ya de por sí misteriosa.
Durante gran parte del día habían encontrado asentamientos humanos que consistían básicamente en pequeños grupos de chozas de madera y paja, en las que los campesinos vivían con lo justo.
Bêw había dado la orden de detenerse cada poco a fin de que todos se alimentaran, pero con cuidado.
No debían matar a nadie para asegurarse de no levantar sospechas.
Sus vampiros obedecieron sin rechistar. Atacaban con rapidez, dejando a sus víctimas conscientes y vivas.
Decidida a encontrar cuanto antes la zona que le había marcado Helmet, revisó una vez más el mapa.
Este los obligaba a seguir hacia las montañas, donde los vientos eran más fríos y el terreno se volvía aún más traicionero.
Los senderos estrechos serpenteaban entre peñascos, y los sonidos de las aves rapaces resonaban como gritos fantasmales.
En una ladera escarpada, Bêwestan dio con la entrada que estaba buscando.
Incluso con su perfecta vista de vampiros, la oscuridad absoluta que envolvía la cueva no les permitía ver nada.
La general les ordenó que buscaran por la zona algo que les sirviera a modo de antorchas.
Los suyos, acostumbrados a situaciones mucho peores, se organizaron en partidas para hacer leña y hacerse con resina. En poco tiempo, pudieron continuar.
Recorrieron varias galerías angostas mientras las teas proyectaban sombras estiradas sobre las paredes húmedas y rugosas.
La fila la encabezaba Bêwestan, que estaba convencida de que pronto encontraría alguna señal.
Unos cuantos pasos más adelante dieron con una sala bastante amplia.
En un lateral, encontró lo que buscaba: múltiples grabados ancestrales que se extendían a lo largo de la roca y parecían estar hechos con pequeñas garras.
Centrada en entender su significado, los observó un instante con los brazos cruzados sobre el pecho.
Aquellas figuras alargadas, cuyos rostros sin rasgos definidos intimidarían al humano más fuerte, le hicieron recordar tiempos pasados.
Ya no tenía ninguna duda de que Dorek y los suyos habían estado allí en algún momento.
Dagmar se acercó a su lado e inclinó la cabeza, examinando con atención cada extraño signo.
―Aunque no son marcas recientes, creo que los skyggene siguen aquí ―murmuró él con el ceño fruncido.
De pronto, algo le llamó la atención. A la derecha, casi rozando el suelo, había otro símbolo. Fascinado por la delicadeza de sus trazos, resiguió con un dedo el dibujo con forma de estrella de siete puntas.
―Nunca había visto una así ―agregó, mirando a la general.
―Deja que le eche un vistazo.
Ella se agachó y acercó la antorcha. Sonrió levemente, aliviada.
―Es la marca de Eochaid ―respondió en voz baja―. Estoy segura de que ya sabe que estamos aquí. Ahora solo nos queda esperar.
―¿Aquí? ―preguntó extrañado―. Pensaba que teníamos que llegar al pueblo porque ibas a encontrarte con él en Whiterock.
―Lo sé, pero Helmet me dejó un mapa y una nota. Me ordenó no abrirla hasta pisar Éire y protegerla con mi vida.
―Entiendo.
―Nadie debía saber que veníamos.
―¿Ni siquiera nosotros?
―Dagmar, nunca cuestiones sus razones. Esta misión es demasiado importante como para cometer un solo error.
Él soltó una leve risa, que sonó como un reproche.
―Lo sé, pero podríamos estar jugándonos la cabeza para nada. Si los skyggene nos encuentran antes de que demos con el druida…
Al oír esa queja, Bêwestan giró el rostro hacia él con una expresión imperturbable.
―¿Miedo a estas alturas, capitán?
―Jamás. Ninguno de nosotros recuerda qué se sentía al temer algo. Lo sabéis de sobra.
―Entonces, ¿a qué vienen esas dudas?
Dagmar asintió mientras elegía las palabras adecuadas. Sabía que su general nunca dejaba nada al azar, pero esta misión tenía demasiados factores inciertos.
―No queremos morir en una celda, sino en el campo de batalla. No hemos vivido mil vidas para eso. Por decirlo de alguna manera, ese es nuestro único «temor».
―Pensar así os hace incluso más grandes ante mis ojos. No te preocupes, Eochaid aparecerá.
El resto, que aguardaba en la entrada de la caverna, dejó de estar en completo silencio ante la sensación de que alguien los estaba vigilando.
Un susurro, apenas perceptible, se deslizó por la cueva.
No provenía del viento ni de algún animal escondido entre las rocas.
Era algo más. Algo a lo que no podían poner forma.
Bêwestan y Dagmar intercambiaron una mirada al oír lo que decían los suyos.
En los pocos instantes que tardaron en girarse, apareció una figura de la nada.
Emergió sin más de la penumbra, como si el propio aire lo hubiese materializado.
Era un hombre alto y delgado, con una túnica de lana gruesa que caía hasta sus tobillos.
Su barba, larga y espesa, enmarcaba un rostro surcado de arrugas profundas, y en su cuello colgaban varios amuletos de hueso y piedra.
El séquito Drăgoi entró al momento. Al verlos, la general los detuvo levantando la mano. El recién llegado miró en derredor y sonrió.
―Os habéis tomado vuestro tiempo en llegar hasta aquí ―dijo Eochaid con voz áspera, pero sin hostilidad.
Bêwestan no se inmutó; sin embargo, le causó cierta curiosidad el tono de molestia que había empleado.
―Te aseguro que mucho más del que me hubiera gustado.
El anciano inclinó la cabeza a un lado mientras la ojeaba con descaro, como si no le importarse el hecho de que podía morir desangrado bajo sus colmillos en un parpadeo. Se pasó varias veces los dientes por el labio inferior, considerando sus siguientes palabras.
―Quizá sea así. De todos modos, solo la tierra misma es la que ha decidido que este encuentro debía darse ahora.
Dagmar tensó la mandíbula, pero no dijo nada.
―No estamos aquí para hablar del Destino ―dijo Bêw, denotando impaciencia―.
Solo vengo a cobrar una deuda. Dime dónde está Dorek, y Helmet considerará que ya no le debes nada.
Eso sí, necesitaré que lo avises de alguna manera de que nos dirigimos a sus dominios.
No nos acercaremos sin asegurarnos de que conoce mis intenciones.
Eochaid soltó una risa baja. Un sonido hueco, casi burlón.
―¿Tanta prisa tienen los que más tiempo poseen?
El viejo avanzó por un lateral, rozando con los dedos las caladas piedras mientras murmuraba algo en un idioma antiguo que ningún vampiro entendió. Sus palabras se perdieron en la penumbra, como si hablara directamente con el lugar que los rodeaba.
Finalmente, se detuvo y levantó la vista hacia ellos.
―La sangre os ha traído aquí y la sangre os guiará. Pero necesitaréis algo más que determinación para cruzar el umbral de los skyggene: su permiso.
Bêwestan dio un paso adelante. Su imponente presencia dominó no solo el espacio entre ellos, sino toda esa parte de la cueva.
―Ya me gané con creces y con la sangre de la que hablas ese permiso, druida ―agregó ella, cada vez más irascible―. No te lo repetiré. Le avisarás de nuestra llegada y nos mostrarás el camino.
Él la observó de nuevo durante un instante, con la mirada indescifrable de quien ha visto demasiado.
―Sabes que no hay garantías cuando tratas con las Sombras. Ni siquiera yo puedo estar seguro de que no os apresarán, incluso adelantándoles vuestra llegada. Pero si es lo que queréis…
―Así es.
El druida extendió una mano. Un águila descendió desde lo alto de la cueva y se posó en su antebrazo con una gracia sobrenatural.
Con la otra, sacó un pequeño pergamino y una daga curva.
Sin vacilar, cortó la punta de su dedo y dejó que una gota de su sangre cayera sobre el pliego antes de trazar unas runas con aquella tinta escarlata.
Cuando terminó, lo dobló y lo ató a la pata del ave.
―Este mensaje llegará a Dorek mucho antes que vosotros. Sabrá que vais en su busca, pero solo él decidirá si os recibe o no.
El águila batió sus alas y se perdió en las galerías.
―Con esto he cumplido mi parte del trato con Helmet ―agregó mientras le entregaba un pequeño plano―. Si salís ahora, llegaréis a la fortaleza antes del amanecer. Lo demás, ya no es asunto mío.
―Gracias, Eochaid.
―Él no debió retenerte nunca… ―dijo antes de desaparecer ante los ojos de todos.
―¿Dónde se ha metido? ―preguntó Dagmar, que sacó su daga y alumbró hacia todas partes con la antorcha.
―No importa ―susurró ella, mirando el pequeño pliego con la ruta que debían tomar―. Salgamos. Ya sé cuál es el camino.
Los vampiros se pusieron en movimiento de inmediato. No había más que hablar ni tiempo que perder. El skyggene pronto sabría que iban de camino, y eso significaba que debían estar preparados para cualquier situación. Mientras se deslizaban a través de la espesura, Dagmar se acercó a Bêwestan.
―Si Dorek decide que somos enemigos, será una muerte lenta para todos nosotros.
Ella no apartó la mirada del sendero.
―Si Dorek nos ve como enemigos, entonces es que ha olvidado quién fui para él. Y juró que no lo haría.
El capitán asintió levemente, pero su expresión mostraba la duda de si Bêw aún confiaba en esa promesa o estaba dejando sin más su existencia en manos del Destino.
La noche avanzó, y, con ella, el encuentro que decidiría el futuro de una guerra que deseaba ganar a toda costa. Al amanecer, tras una escarpada colina, se toparon con un valle. Durante unos instantes, el grupo se detuvo, incrédulo. Allí no había nada.