22. PERDÓNAME #3
―Xerab no es un errante ―dijo con brusquedad―. Tampoco es como Helmet ni como yo. No busca guerras ni conquistas. Encuentra un refugio y lo convierte en su fortaleza. Venecia era su madriguera. Si no está aquí, será porque lo han obligado a dejarla.
―O simplemente decidió abandonarla ―insinuó Rău con media sonrisa. Detestaba a los hermanos de su señor, pero a Xerab lo despreciaba todavía más porque lo consideraba demasiado débil.
Los ojos de Abbadon destellaron con un fulgor carmesí.
―El único que podría ordenarle que dejara todo atrás es mi padre, pero no me ha informado de su marcha.
―Señor, ¿es que Mørket os haría eso?
―El qué, ¿no comunicarme sus planes? ―dijo con rabia contenida. Su general asintió con un gesto austero―. Mi padre no me debe nada, aunque eso no significa que no me moleste su falta de consideración en algunos momentos.
―Sois su primogénito. Nadie es mejor que vos. Todos los Ursu lo sabemos y daríamos nuestra existencia sin dudarlo.
El líder sonrió, satisfecho por las palabras de su mano derecha.
―Es lo mínimo que espero de vosotros.
Rău no respondió, solo bajó la cabeza y continuó caminando.
La siguiente isla, donde se suponía que Xerab llevaba establecido una década, los recibió con sus calles de piedra resbaladiza, puentes y un aire denso y salado.
Las calles estrechas y húmedas hedían a madera podrida y agua estancada.
Las casas de piedra, con sus balcones sostenidos por vigas de maderos torcidos, se alzaban a ambos lados del canal.
Los pasos de los vampiros resonaban contra los adoquines, un eco siniestro en la ciudad dormida.
Venecia no poseía el caos de otras ciudades.
Todo tenía un orden dentro de su aparente desorden, desde los mercaderes que discutían precios hasta los monjes que deambulaban con sus vestiduras pardas.
―Buscadlos en cada isla, callejón, burdel o palacio ―ordenó Abbadon―. Xerab y los suyos deben de estar aquí en alguna parte. No os alimentéis hasta que cada maldito habitante haya sido interrogado, ¿queda claro?
Los guerreros asintieron. Aunque deseaban atacar a los humanos como bestias hambrientas, se movieron con sigilo, tal y como les había pedido su amo.
El líder Ursu sabía que irrumpir como una tormenta en plena noche no tenía sentido.
Además, si su hermano controlaba a la población, no iba a restarle autoridad.
La mejor opción que tenían era mezclarse entre los vivos con suma discreción, como el veneno que se filtra gota a gota hasta que el cuerpo comprende que se está muriendo.
Robarían voluntades sin levantar sospechas, más tarde se darían un festín con los que más les atrajesen.
Una a una, todas las tabernas fueron registradas.
También entraron en los burdeles e interrogaron a cuantos allí se encontraban.
En algunos momentos, con métodos poco ortodoxos; aunque borraron todo rastro de su paso en cada lugar.
Por último, se dedicaron a los majestuosos palacios de piedra, con sus intrincados ventanales.
Nadie conocía la existencia de Xerab ni de la casa Neacșu.
La tarde comenzaba a caer cuando Rău regresó junto a Abbadon con una expresión neutra. Lo que en él solo podía significar una cosa: habían fracasado.
―Nada, mi señor ―dijo frustrado, como si cada palabra le supiera a ceniza―.
No hay rastro de él ni de ningún otro vampiro.
Es como si jamás hubiera puesto un pie en esta ciudad.
O Xerab se ha esfumado o alguien se ha encargado de borrar su rastro.
Tal vez haya sido él mismo con su ejército.
Si ningún humano ha oído hablar de ellos, significa que han hecho desaparecer los recuerdos de todos los que todavía viven aquí.
Eso solo les habría llevado una jornada, quizás dos.
Rău cruzó los brazos, inclinando ligeramente la cabeza.
Abbadon apretó la mandíbula pensando dónde estaría su hermano.
Xerab era impulsivo, sí, pero jamás habría dejado Venecia sin una razón de peso.
Algo no encajaba, pero no tenía idea de qué era.
Chasqueó la lengua, un gesto muy suyo, y permaneció inmóvil en un lateral de la bella plaza que habían dejado desierta de transeúntes hasta que el sol se pusiera.
Su destacamento esperaba en silencio la próxima orden mientras los pocos mercaderes que aún no habían recogido sus puestos bajaban la vista, tal y como se les había obligado.
―Ni un simple mensaje… ―expresó el líder, desconcertado por primera vez en su larga existencia―. Me resulta muy extraño que no se haya puesto en contacto conmigo. Me da mala espina.
―Creo que deberíamos dejar la ciudad cuanto antes. ¿Habéis pensado en la posibilidad de que no quiera ser encontrado?
Abbadon cerró los ojos durante un instante, tratando de poner en orden sus ideas.
Aquello no podía ser cierto; sin embargo, la falta de información era indiscutible.
Podrían permanecer un poco más, pero esa no era una opción que tuviese el lujo de poder elegir.
Los días avanzaban, y aún debían llegar al este, a los dominios de su padre.
―Quién sabe lo que tiene ese memo en la cabeza. Venga, suelta de una vez lo que estás pensando ―lo instó su líder.
Rău sonrió, mostrando fugazmente parte de sus colmillos en la penumbra.
―Lo que ya os había dicho. Los tvillinger están en Brujas. Si Xerab ha roto lazos con Venecia, tal vez Velkan y Traian sepan algo.
El jefe Ursu no respondió de inmediato. Los gemelos tvillinger no eran aliados fáciles, pero sí muy útiles. Y si su hermano había desaparecido, debía asegurar esa alianza con ellos porque los iba a necesitar en menos de cinco lunas.
Finalmente, giró sobre sus talones.
―Alimentaos. Después, nos dirigiremos a Brujas.
Los vampiros se escurrieron entre las sombras, dejando a su paso gritos desgarradores de terror y sufrimiento. Un poco más tarde, las torres de Venecia desaparecieron tras ellos mientras el grupo avanzaba en la penumbra a la velocidad del viento.
La mente de Abbadon era un torbellino. Xerab había estado allí. De eso estaba seguro. Pero lo que no tenía sentido era que hubiese abandonado todo lo que había creado sin dejar rastro. ¿Lo habrían cazado los errantes o había regresado con su padre sin consultarle?
Rău observaba su semblante, pensando en la posibilidad de que, por primera vez en siglos, su líder parecía estar preocupado.
―Si los tvillinger no aceptan entrar en guerra con nosotros, acabaré con su raza ―dijo su amo, rompiendo el silencio.
El general asintió.
―Yo no me fío de ellos. Siempre he tenido la sensación de que van a traicionarnos en cualquier momento.
―Ellos siempre juegan. Pero, en su juego, yo marco las reglas.
―De eso estoy seguro, señor.
La tropa prosiguió hacia el norte, Brujas los esperaba. Y si la verdad sobre el paradero de su hermano estaba allí, Abbadon no se marcharía sin obtenerla.