22. PERDÓNAME #2
Alana cerró un instante los ojos antes de tocar el campo invisible del que estaba creada la celda. Colocó una de sus manos y esta lo atravesó sin oponer resistencia. Después, caminó unos pasos y entró.
Thyra y Nîga gritaron asustadas. A su alrededor, el séquito trató de liberarse de la protección de los Drøm para sacarla de allí; pero ella, sin girarse, elevó los brazos y movió las manos un poco para tranquilizarlos.
―¿Cómo has hecho eso? ―preguntó la errante, horrorizada. Retrocedió hasta casi tocar el campo de fuerza al fondo.
―Si no me dejas entrar en tu corazón, no podrás elegir.
―¿Es que acaso tuve elección al ser creada para servir a Su propósito? ¡Somos sus esclavos! Me concedió unos dones para tenerme encadenada a una lucha que aborrezco.
―No necesitas mentir. ÉL sabe todo lo que has hecho y has dejado de hacer ―agregó Alana, acercándose un poco más.
―¿Qué pretendes?
―Maldita bruja ―dijo la princesa, incapaz de continuar callada―. Traicionaste a mi padre, a mi madre, ¡a todo el pueblo errante! Has atentado contra la esencia de nuestra raza y ahora exiges un pago que jamás se te dará. ¡Arrodíllate ante ella!
―¡No puedes obligarme! ―se revolvió y corrió a la otra esquina.
Alana avanzó un paso más. Su mirada solo mostraba compasión, algo que hizo enloquecer a la prisionera.
―Tienes razón en algo: fuisteis creados para un fin.
Pero has olvidado algo extremadamente importante…
Que tú, como el resto, pediste venir. Vuestras almas se ofrecieron con fervor para luchar contra la Oscuridad.
Ninguno fue obligado, sino todo lo contrario.
ÉL os concedió la corporeidad a cambio de vuestro sacrificio.
Nîga miró a Thyra, quien le devolvió una expresión demudada por lo que acababa de escuchar. Ella tampoco lo recordaba; sin embargo, algo dentro de su ser le dijo que era verdad.
―Eso no es cierto… ―renegó Nessa.
Alana se dio la vuelta y traspasó con ambas manos de nuevo el campo invisible de la celda.
―Entrad ―dijo a la vampira y a la princesa.
Incluso sabiendo que aquella decisión podría acabar con la vida de alguna, las dos se aferraron a ella y atravesaron la barrera. La presa sonrió pensando que ahora las tenía a su merced. Se había fijado y ninguna llevaba cera Sjaman en sus oídos.
―Habéis cometido un gran error ―rio enloquecida―. ¡Pensáis que sois lo suficientemente fuertes como para vencerme!
Nîga, que hasta ahora se había mantenido en silencio, comenzó a sentirse distinta. Miró a Thyra, que tenía los ojos fijos en su tía. Alana cerró aún más sus dedos y asintió. Las tres seguían unidas por las manos y, de alguna manera, supieron que ahí residía su fuerza.
―Nessa ―insistió la Elegida una vez más―, cede. Solo te mostramos la verdad. Y la verdad es que tu ambición te nubló el juicio y te separó de quién eres.
Ella soltó una carcajada, pero esta vez sonó menos segura.
―¿La verdad? ¿De qué verdad estás hablando? ¡No creo nada de lo que has dicho!
―Entonces, deja que ÉL te muestro el camino. En ti está la decisión de volver; si no, tendrás que afrontar tus errores.
Alana se adelantó un paso con sus manos aún unidas a las de Thyra y Nîga.
En ese instante, una cálida luz dorada surgió de sus cuerpos envolviéndolas en un resplandor cegador que pulsaba como una estrella naciente.
La celda se llenó de una energía sagrada, algo que ninguna magia oscura podría contrarrestar, ni siquiera el don de la cautiva como perteneciente a la casa Drøm.
El fulgor se incrementó, obligando a todos a cubrirse los ojos.
Era la manifestación del poder absoluto que albergaban las tres siendo una.
Nessa retrocedió, avergonzada. Su rostro se transformó en un gesto de horror cuando se dio cuenta de cuan errado había sido su comportamiento y la verdad que le estaba siendo mostrada. Las tres eran mucho más que simples mujeres. Eran la única esperanza de que la humanidad tuviera una oportunidad.
―No…, esto no es posible ―vocalizó a duras penas, sobrecogida.
Alana se dirigió a la errante una vez más. Su voz englobó a la de todas sus antepasadas, a todas las que habían nacido para que ella guiara a Su ejército, y resonó con un eco divino que tocó el alma de Nessa al pronunciar las palabras que sellaron su destino.
―Soy la última de treinta y ocho generaciones que han portado Su sangre. Una vez más, ÉL te da la oportunidad de elegir qué deseas hacer con tu vida. ¿Quieres estar a Su lado o prefieres vivir en las tinieblas?
Un grito ahogado escapó de los labios de la cautiva.
Su mente, antes atrapada en su propio odio y arrogancia se aclaró de pronto, como si el velo que tapaba sus ojos le hubiese sido arrancado de golpe.
Entonces, fue consciente de todos sus errores y desvaríos.
Se tapó el rostro con las manos y lloró amargamente mientras caía de rodillas.
―Perdóname… ―susurró con un hilo de voz.
El resplandor disminuyó hasta desaparecer; no obstante, el poder que lo había generado permaneció en el aire, como un recordatorio silencioso de que no estaban solas y de que nunca lo estarían.
Alana bajó la mirada hacia ella. Una oleada de dolor y de verdadero arrepentimiento le llegó al instante.
Thyra y Nîga también la sintieron. El aura que ahora desprendía era muy diferente.
La Luz la había traído de vuelta junto a los suyos.
No por miedo a las represalias ni obligada a cumplir con el deber que había adquirido siglos atrás, sino convencida de que el peso del amor no correspondido le había hecho perder la razón.
―Levántate, Nessa ―dijo la Elegida, convencida de que su alma lloraba por haberse equivocado tanto.
―No lo merezco ―sollozó más fuerte.
―No eres tú quien decide tu valía, sino tus actos.
―Pero ¿cómo voy a poder pedirles perdón a mi pueblo, a Eirik, a mi amada hermana y a Thyra y a su esposo?
―¿Es lo que de verdad deseas?
Arrepentida, apartó las manos y miró a Alana. Después, posó sus ojos en su sobrina, cuya expresión se había suavizado por completo.
―Sí, incluso así, acataré el castigo que consideren oportuno.
―Nadie está libre de pecado, Nessa. Aunque estoy segura de que podréis llegar a un acuerdo, puesto que hay mucho de lo que debéis hablar.
―Perdóname, Thyra ―susurró, bajando la mirada al suelo.
―Sé que lo dices de corazón. Yo… te perdono. En cuanto a mis padres o a Oskar, no puedo hablar por ellos.
Alana se giró hacia un lado y dijo en voz alta:
―Libéralos, Ulfar.
El líder Drøm no dudó en obedecer a la Elegida. Como errante, su deber siempre se centraría en ayudarla en todo lo que necesitara. Al ir apareciendo uno tras otro frente a Nessa, ella bajó de nuevo la cabeza.
―Bien ―intervino el rey―, ¿es verdad que te arrepientes?
―Hermana… ―susurró la reina.
Ella suspiró y decidió enfrentar sus errores.
―Merecía cuanto me hicisteis tú y tus generales, Eirik.
Si no me hubieseis detenido, habría creado el caos total.
En realidad, eso era justo lo que buscaba.
Te envidiaba, Brina. Envidiaba el amor que sentíais el uno por el otro y deseaba destruiros a cualquier precio.
Y lo que exigí a mi regreso… Lo lamento de veras. Espero poder…
―No añadas nada más ―respondió su hermana, conmovida―. Ambos pensaremos qué hacer con la ayuda de la Elegida. Ella tiene la última palabra y cumpliremos su decisión. Por eso estamos aquí.
―¿Tú piensas del mismo modo, Eirik?
―Brina ha hablado sabiamente ―dijo con sobriedad, tragándose las ganas de acabar con ella por todo lo que les había hecho sufrir―. Nos retiraremos para pensar en tu futuro.
Alana, segura de lo que debía hacer, soltó a Thyra y a Nîga, y se acercó a ella. Puso la mano en su frente y aquel contacto eliminó cualquier rastro de duda de su contrición.
―Que queden disipadas las tinieblas de tu mente y que la Luz Eterna, donde la paz y Su gracia moran, te protejan. Amén.
Todos bajaron la cabeza, la prisionera incluso un poco más, y respondieron a la vez:
―Amén.
Tras abandonar la celda, la custodiada le pidió que se detuviera un instante. Volvió a hincarse de rodillas antes de decir en voz alta lo que sentía en su corazón.
―Juro por mi vida y mi sangre que os serviré el resto de mis días y que nunca más me dejaré arrastrar por la oscuridad.
Eirik cerró los ojos y suspiró. Después, miró a Brina, a quien le fue imposible retener las lágrimas, e inclinó levemente la cabeza hacia ella. Ambos habían sido testigos de un nuevo milagro, puesto que lo imposible había ocurrido.
―ÉL lo sabe ―dijo Alana con una preciosa sonrisa en los labios―. Ahora, descansa. Tienes mucho por hacer en Su nombre.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y caminó hacia el campamento seguida del grupo. Aún quedaba bastante por aclarar; pero, con la elección de Nessa, el destino de los errantes acababa de cambiar para siempre.
Las sombras de algunos edificios comenzaban a proyectarse en otros cercanos cuando Abbadon y su séquito atravesaron los límites del Ducado de Venecia.
No había urgencia en sus movimientos, pero sí una precisión implacable, como la de un depredador que acecha con la certeza de que su presa está cerca.
A su lado, Rău seguía manteniéndose en silencio.
Con la mirada atenta a cuanto pudiera ocurrir, recorrió cada callejuela, cada leve oscuridad que oscilaba sobre el agua turbia de los infestos canales.
La ciudad, envuelta en su bullicio mercantil, apenas percibía la presencia de los vampiros, cuyas siluetas se deslizaban con la ligereza del viento.
―Diez años es demasiado tiempo para permanecer en un mismo lugar sin levantar sospechas ―dijo el general empleando un tono neutro, aunque ligeramente mordaz―. Señor, ¿de verdad creéis que sigue aquí?
Abbadon no se molestó en mirarlo, sino que siguió avanzando entre las gentes, que se apartaban nada más verlos.