22. PERDÓNAME
E l campamento bullía con la vida cotidiana de los errantes en el nuevo día cuando el grupo avanzó con paso firme.
Alana caminaba junto a Thyra y Nîga, que iban seguidas de cerca por los reyes Eirik y Brina.
Sus hijos, Vang, Thorkell y Asvoria, los flanqueaban, mientras que los generales, Vidar y Gudrun, cerraban la marcha con una expresión circunspecta.
La tensión era palpable. Todos sabían lo que estaba en juego para la princesa, por lo que no hubo palabras innecesarias ni miradas de distracción.
Mientras avanzaban, el aire helado trajo consigo el aroma a leña quemada.
La preocupación que sentían pesaba más que el frío con el que aquella mañana de primavera los estaba castigando.
La Elegida miró un instante al cielo, tratando de aprovechar los escasos rayos del sol.
Solo ella desconocía que la luz apenas rozaba el interior de las celdas hacia las que se estaban dirigiendo.
Allí, por decisión de Eirik, se vivía en penumbra, un recordatorio constante de su justicia implacable.
Aquel juicio aún no había recaído sobre Nessa, aunque la última oportunidad que habían optado por darle se decidiría después de esa reunión.
Eirik caminaba con la postura de un líder que conocía de sobra a quién iban a enfrentarse.
Su mirada, dura e inclemente dado lo sucedido con la prisionera en el pasado, no daba la sensación de que estuviera dispuesto a perdonarla.
Brina, a su derecha, estaba convencida de que poco podrían hacer con su desquiciada hermana.
Hacía mucho que la había desterrado de su memoria.
De hecho, llevaba siglos pensando que había muerto; pero ahora volvía a tener que revivir el infierno que les hizo pasar y al que pretendía arrastrar a su hija.
No lo consentiría. Aunque con ese acto se condenara para siempre, acabaría con su vida antes que permitir la posibilidad de que Thyra sufriera tanto como ella.
A punto de pisar el territorio de los Fengsel, Oskar apareció junto al guerrero que lo había ido a avisar.
Thyra se detuvo un momento para comentarle a toda prisa el cambio de planes y se disculpó con él por no haber querido que fuera partícipe.
El joven Isaksen asintió agradecido por aquella decisión y, tras darle un beso en la mejilla, se colocó junto a Vang y Thorkell, que lo acogieron entre ellos con un gesto de cabeza.
Eirik ordenó a ese guerrero que se adelantara para informar de la llegada de la comitiva. Al entrar en sus dominios, Leifur, con el rostro endurecido por los años, ya los estaba esperando.
Al verlos, se inclinó con respeto.
―Mi rey, mi reina ―dijo con vehemencia.
―Últimamente nos vemos muy a menudo, amigo mío ―respondió Eirik, sujetándole con fuerza el antebrazo.
―Es cierto. No esperaba recibir una visita tan temprano. ¿Qué os ha obligado a regresar tan pronto?
―Nessa ―respondió entre dientes.
―Entiendo.
―¿Ha dado más problemas?
―Lo cierto es que no. Lleva unos días bastante calmada. Aunque tampoco le hemos dado el beneficio de la duda. Seguimos utilizando la cera para no caer en su embrujo.
―Hacéis bien, Leifur. ―Carraspeó, molesto por encontrarse de nuevo tan cerca de su cuñada―. La Elegida, Nîga y mi hija van a hablar con ella. El resto queremos oírlas, pero no que sepa que estamos aquí.
El carcelero arqueó una ceja, extrañado por aquella petición; no obstante, obedeció al momento.
―Por supuesto. Pediré a los Drøm que creen la barrera, pero no sabemos si funcionará con ella.
―Aun así, hemos de intentarlo.
Leifur asintió e hizo un gesto con la mano a un par de sus subordinados.
A uno lo envió a por los creadores de realidades y al otro a por la cera.
El joven volvió enseguida con una bandeja llena de pequeñas esferas.
Uno a uno, empezando por los reyes, las fueron amoldando con el calor de sus dedos y poniéndoselas en los oídos para protegerse.
Las tres se miraron un instante, decidiendo qué hacer.
Alana negó con la cabeza, dándoles a entender que no iban a necesitarlas.
Aun así, las cogieron y simularon colocárselas, pero las guardaron en los bolsillos de sus ropas.
Poco después, llegó Ulfar, el líder de la casa Drøm, con cuatro de sus guerreros.
Mientras determinaba con Eirik, Vidar, Gudrun, Alana y Thyra cómo iban a proceder, Nîga prefirió mantenerse en segundo plano junto a la reina y a Asvoria.
En cierta manera, se había visto arrastrada a formar parte de aquella idea tan arriesgada.
No estaba nada convencida de que saliera bien, aunque la Elegida y la princesa pensaran lo contrario.
Por lo que le había contado Thyra, Nessa era muy peligrosa.
Una errante con dos dones era una rareza, y ella solo los había utilizado en su propio beneficio.
Pese a todo, no fue capaz de conseguir lo que más ansiaba: al rey.
La inminente marcha del grupo la obligó a dejar atrás esas elucubraciones; sin embargo, la sumió en una marea incómoda de posibilidades, y todas acababan en una catástrofe.
Alana intuyó su estado de ánimo y le preguntó en voz baja:
―¿Estás bien, Nîga?
―No lo sé ―respondió, sincerándose.
La inglesa atrajo a Thyra y a la vampira a su cuerpo para susurrarles una advertencia.
―Cuando estemos frente a ella, poneos detrás de mí.
―¿Y no crees que deberíamos utilizar la cera? ―vocalizó aún más bajo la Drăgoi.
―Estoy empezando a pensar lo mismo ―agregó la princesa.
―La Oscuridad solo puede entrar en vuestros corazones si se lo permitís. Yo porto Su sangre y ÉL dijo: «Yo Soy la Luz. Yo Soy el camino, y la verdad y la vida». No temáis los dones que le fueron concedidos porque pueden serle arrebatados si no se arrepiente de su error.
―Confío en ti, Alana ―dijo Thyra.
Nîga asintió, dándole a entender que ella también lo hacía.
―Entonces, no hay nada que temer.
Conforme se encaminaban hacia allí, el ambiente les pareció más pesado, como si estuviese cargado de la energía de aquellos que habían sido encarcelados alguna vez.
Cuando estuvieron cerca del pasillo donde se encontraba Nessa, Leifur les hizo una señal con la mano para que se detuvieran.
Ulfar reunió a los suyos, que formaron un semicírculo.
Sus expresiones se tornaron pétreas, y sus miradas impenetrables.
Las largas túnicas que caracterizaban a su casa parecían flotar mientras se deslizaban alrededor del grupo.
Susurros en un idioma antiguo comenzaron a llenar el aire, como si el viento les respondiera a cada palabra.
Desaparecieron sin más ante las tres, cada uno envuelto con un velo de energía traslúcida. Ellos podrían verlas y escuchar cada detalle sin ser percibidos, pero nadie sabría que estaban allí.
El líder Drøm dio un paso atrás y murmuró:
―Está hecho. Podéis avanzar.
Thyra respiró hondo, luego miró a las dos.
Tras asentir, la inglesa avanzó primero, irradiando una determinación que no se asemejaba a nada que hubiera percibido hasta el momento en ella.
Caminó por el pasillo, flanqueada por la princesa y Nîga, aunque un paso por detrás.
La imagen que proyectaban era imponente.
Parecía que el mundo mismo reconociera la fuerza que emanaba de su unión.
En realidad, las tres formaban más que una simple alianza.
Juntas, representaban un equilibrio sagrado.
Nîga simbolizaba la resiliencia. Su resistencia innegable la había salvado en infinitas ocasiones.
Conectada para siempre a la inmortalidad, poseía la sabiduría de los que habían visto el mundo cambiar incontables veces.
Con una voluntad indestructible, había buscado su propia libertad hasta encontrar a Alana, la Elegida, Portadora de la sangre de Cristo, quien personificaba el espíritu de sacrificio.
En sus manos recaía la promesa de vencer al Mal ancestral que caminaba sobre la faz de la tierra.
Aquel excelso trío lo cerraba Thyra, hija del linaje errante, que encarnaba el nexo entre los mortales y la voluntad divina.
Representaba la voz de su pueblo y la fe inquebrantable que latía en sus corazones casi eternos.
Los que permanecían ocultos tras esa capa perfecta de invisibilidad sintieron una vibración insólita que salía de ellas. El suelo pareció temblar bajo sus pies mientras caminaban. Un poder casi infinito se arremolinó a su alrededor, intangible pero innegable.
Oskar se preocupó aún más al verlas acercarse a la celda, mientras que Eirik y Brina aguantaron la respiración por lo que pudiera ocurrir. En realidad, ninguno lo sabía. Los generales se mantuvieron alerta y los príncipes se sintieron sobrecogidos, ignorantes de lo que sucedería a continuación.
Alana mantenía la vista fija en aquel corredor tenebroso, creado exprofeso para intimidar a los que mantenían encarcelados.
Aunque no había duda alguna en su mente de que aquello era necesario, sí que sintió una responsabilidad abrumadora.
La decisión de la prisionera marcaría un antes y un después para el desarrollo de los futuros acontecimientos, y ya no habría vuelta atrás.
Las tres se quedaron solas ante la celda, la única barrera que existía entre ellas y la mujer que había desafiado al Destino mismo. Nessa alzó la vista y entrecerró los ojos al verlas.
―Vaya, vaya…, querida sobrina ―musitó con una sonrisa torcida―, ¿a quiénes has traído contigo? ¿Acaso habéis venido a rezar una plegaria por mí?
―Así es, mi oveja descarriada ―dijo Alana con media voz, sin embargo, su tono grave reverberó igual que si una ola devastadora hubiese impactado contra el pecho de la encarcelada.
―¿Qué? ―balbuceó al comprender a quién tenía frente a sus ojos―. Sois… sois la Elegida.
―La espera ha terminado. En mí recae Su legado. En mí recae la responsabilidad de salvaros a todos.
―No lo dudo ―respondió con altanería―, pero creo que Eirik olvidó cuál era su verdadero cometido cuando me torturó y después trató de asesinarme.