Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO #2
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21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO #2

―Sabes que confío en ti. ―Imprimió un sentimiento real a cada palabra―. Si sientes que de ese modo puedes arreglarlo, tienes mi apoyo y no me opondré.

―¿Lo dices en serio?

―Por supuesto.

―Te lo agradezco mucho ―susurró, acariciándole la mejilla y sonriendo ligeramente.

―Lo sé. Ahora te toca aceptar la peor parte ―agregó, endureciendo el gesto.

―¿Qué quieres decir?

―Que habrás de ser igual de comprensiva conmigo cuando me vea obligado por las circunstancias a enfrentar un peligro sin contar con tu ayuda. Vosotras tenéis un vínculo que nadie puede romper, pero no todos los problemas tendrán solución en vuestras manos.

―Oskar, eso no ocurrirá jamás ―agregó inquieta, poniéndose en pie. Después, con un gracioso mohín, le instó a bajar la cabeza para pasarle los brazos por los hombros.

―Ninguno puede saberlo. Lo que sí te garantizo es que, si ocurre, te recordaré este momento. ―Su tono implacable dejó claro que no habría lugar para discusiones.

―Entonces, rezaré para que nunca tengas que hacerlo ―dijo, entremetiendo los dedos en su cabello para acercarlo a sus labios.

Sin poder contenerse, él se hundió en su ardiente boca, saboreando cada rincón.

Thyra percibió que, pese a estar dejándose el alma en ese beso, su amado esposo no cedería.

Eso la encendió aún más, solo que no podrían dar rienda suelta a sus deseos hasta que anocheciera.

Ambos tenían obligaciones y no debían llegar tarde.

Tras despedirse, mientras el sol, perezoso, apenas comenzaba a asomarse sobre el campamento, la princesa avanzó con pasos decididos entre las tiendas. Sus pensamientos eran una maraña de preocupación y urgencia.

Golpeó suavemente la tela de la entrada, aguardando una respuesta.

No tenía idea de cómo se lo iba a tomar Alana, pero esperaba que, al igual que Nîga, apoyara su decisión.

La gravedad de la situación la estaba empujando a tomar medidas desesperadas.

Tal vez si Nessa la reconocía, cambiase su empecinamiento por el deber que recaía en los hombros de todos los errantes: proteger a la Elegida a toda costa. Siempre, incluso con la propia vida.

―Alana, Nîga, ¿puedo pasar? ―preguntó con voz firme, aunque la ansiedad le encogió un poco el estómago.

La lona se movió y el precioso rostro de la inglesa apareció entre las sombras. Su expresión era serena; sin embargo, sus ojos la escudriñaron con intensidad.

―Pues claro, Thyra. ¿A qué viene eso de preguntar? Tú siempre puedes entrar sin más. ¿Verdad, Nîga? ―dijo mirándola.

―Siempre ―confirmó la Drăgoi.

―¿Ves? ―insistió Alana.

―Está bien.

―¿Por qué has venido tan temprano?

―Vengo a hablar de mi tía Nessa ―dijo sin rodeos.

La Elegida intercambió una mirada con la vampira antes de asentir.

―Tú dirás.

Ella le soltó de golpe todo lo que había hablado con la prisionera, que llevaba encarcelada desde su sjelevenner .

Los ojos de Thyra se empañaron, pero se recompuso enseguida al sentir el fuego de la ira en sus entrañas.

Jamás cedería. Antes prefería luchar con ella a muerte y que el Creador decidiera por ambas.

―… Os lo aseguro, aún no puedo creer que le haya pedido como pago a mi padre mi primogénito cuando nazca ―repitió la princesa, a punto de dejarse llevar por la oscuridad de su alma.

Los labios de la errante se torcieron en una expresión feroz, casi animal. De pronto, el silencio tomó posesión de la situación mientras Nîga formaba una mueca de desprecio. Alana cerró los ojos brevemente, como si esa noticia no la sorprendiera en absoluto.

―Siento mucho todo esto ―respondió con calma―. La oímos decirlo la noche de vuestros esponsales. Se lo exigió a tu padre frente a todos, aunque ninguno fuimos capaces de dar crédito a su petición.

Thyra sintió que el aire dentro de la tienda se había vuelto pesado, casi irrespirable. Comenzó a boquear, tratando de recuperar el aliento.

―Todos… ¿Todos lo saben? ¿Por qué mis padres no me lo han dicho?

―Quizás pensaron que no era necesario ―intervino Nîga―. ¿Qué hubiera cambiado?

―Nada, supongo. ¡Solo que yo debía saberlo!

―Bien, ahora ya lo sabes ―agregó Alana, que distinguió en sus ojos el reflejo de la indignación. Se quedó un instante en silencio antes de proseguir―. Pero tú no estás aquí solo para contarnos esto. ¿Qué es lo que estás tratando de pedirnos?

La princesa formó una sonrisa al verse descubierta.

―Quiero que las tres le sonsaquemos la verdad. Algo me dice que solo así podré vencerla.

―Entiendo ―dijo la Elegida―. Piensas que el que me reconozca la hará cambiar de parecer.

―Sí ―susurró angustiada―. Alana ―agregó, ofreciéndole ambas manos, ella se las sujetó al momento―, todo errante está destinado a reconocerlo en ti. Nuestra alma nos empuja a protegerte, y ninguno de nosotros jamás ha podido negarse a esa llamada.

―¿Llamada? ¿Es que os obliga Su sangre como a ellos? ―preguntó sorprendida, soltándole una mano y girándose hacia Nîga.

―Fuimos creados para un fin: reestablecer el equilibrio y salvar a los humanos entregando nuestra propia vida si fuera necesario.

Os aseguro que no permitiré que se salga con la suya.

Quiero que la hagas entrar en razón, Alana ―le pidió, casi rogó―.

Ha de entender el daño que ha provocado, ya no solo a mis padres, sino a la estabilidad de nuestro pueblo. Es una maldita bruja…

―No digas eso, Thyra ―la interrumpió―. Solo está perdida, pero pronto encontrará su razón de ser.

La joven errante le sostuvo la mirada.

―Lo dudo mucho.

―Si dudaras, no estarías aquí. Buscas con desesperación que esa carga desaparezca y estás a punto de pedirnos que le mostremos lo que las tres podemos llegar a hacer, ¿me equivoco?

Nîga no dijo nada, no obstante, seguía sin aceptar que ella pudiera ser parte de algo tan puro.

Era imposible. Era ir contra el mismo Dios que ahora parecía querer acogerla en su seno.

Que Alana y Thyra fuesen dos de ellas le parecía lógico, pero ¿cómo nadie, en su sano juicio, pensaría que una vampira fuese la mejor elección del Creador de todo cuanto existía en el cielo y en la tierra?

―ÉL nos guiará, estoy segura.

―Yo… ―intervino la Drăgoi― yo creo que no debería ir. ―Dejó escapar una exhalación de incredulidad―. Esta «unión» que pensáis que formamos es… es…

Alana le ofreció la mano y algo empujó a la «No Muerta» a aceptarla sin vacilar. Acto seguido, Thyra le cogió la otra mano.

―Es un hecho ―concluyó la Elegida―. La duda es un signo inequívoco de la humanidad que aún reside en ti. Puedo sentirla, Nîga.

―No hay nada de eso en mí ―dijo con los ojos empañados.

―Tus lágrimas hablan por ti. La ponzoña que recorre tu cuerpo se resiste y no se rendirá jamás; pero sé que sientes que hay momentos en los que no es tan fuerte.

Aférrate a ellos, aunque dudes. Aunque la sangre de Mørket te grite que abandones, lucha.

Lucha, Nîga, porque ÉL siempre estará a tu lado.

―¿Siempre? ―sollozó.

―Te ha protegido durante cientos de años para que hoy estuvieras aquí con nosotras.

Si tu mente alberga alguna duda, deja que te guíe tu corazón.

No solo la fe nos mueve, también el amor que sentimos por las personas que nos valoran y la confianza que les tenemos, porque sabemos que se sacrificarían sin dudarlo para que no nos ocurriese nada malo.

―Fe, amor y confianza ―susurró la vampira.

―Una tríada indestructible. ÉL sabe que es pronto para que lo comprendas, por eso soy yo quien te lo pide. Formas parte de mí. Me salvaste, y sé que yo te salvaré cuando llegue la hora.

―¿Y ella lo… siente? ―preguntó, mirando a Thyra.

―Todo el tiempo, Hawin ―dijo la princesa, convencida.

Por primera vez, la vampira se hizo a un lado para permitir que la humana, que aún después de tanto tiempo sobrevivía en ella, sonriera.

―Confío plenamente en ambas ―dijo la Drăgoi sin titubear―. No sé si en esa confianza reside la fe en vosotras, pero creo que está muy cerca. Y os aprecio muchísimo a las dos, tanto que no sé si a eso se le puede llamar amor.

Alana y Thyra se miraron un instante.

―Las tres somos diferentes ―añadió la Elegida―, pero ahí es donde reside nuestra fuerza. Formamos un todo.

―Exacto ―intervino la errante―, por eso os necesito más que nunca. Si Nessa no cede ante ti ―dijo mirando a Alana―, quizás lo haga ante…

Dejó la idea en el aire. Las tres sabían a qué se refería. Ya lo habían dicho de todas las formas posibles, así que no era necesario añadir nada más.

―Creo que ha llegado el momento de hablar con tu padre ―dijo la inglesa.

Nîga bajó la mirada, asintiendo.

―Gracias ―agregó Thyra, abrazándolas con fuerza. En realidad, con todo lo que era.