Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO
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21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO

B êwestan resopló al ver el amanecer del cuarto día.

El tiempo se había ensañado con ellos desde que habían salido de Tintagel.

Una jornada tras otra, el horizonte se había convertido en una línea infinita en constante movimiento, donde el cielo y el mar se fundían con furia desmedida en tonos grises y azules muy oscuros.

Por el día, la lluvia los azotaba sin piedad; el viento gélido del norte impactaba contra sus rostros como dagas recién afiladas, cortándoles la piel; y las olas rompían contra el casco con un estruendo monótono pero angustioso, del que estaban deseando deshacerse cuanto antes.

Por la noche, además de todo eso, el barco se sumía en profundas tinieblas.

Las únicas luces provenían de las estrellas y de las antorchas, que oscilaban sin cesar en un baile macabro.

El rugido del mar estaba omnipresente, como un murmullo ahogado que se colaba sin permiso en los sueños de los marineros y de los pocos vampiros que aún resistían aquella tortura.

Los otros Drăgoi, los que no habían navegado nunca, llevaban días sumidos en los efectos de encontrarse alejados de la tierra.

No vomitaban, pero eran incapaces de separarse de la sensación de estar a punto de hacerlo en cualquier instante.

Por el contrario, Bêwestan se había pasado gran parte de la travesía caminando por cubierta envuelta en su gruesa capa, como si hubiera nacido para ello.

Jamás se había mareado en un navío ni temido el enojo de las traicioneras aguas.

Tampoco tuvo el más mínimo reparo en ayudar a varios humanos a atar cabos sueltos o a replegar algunas velas.

Tenía que reconocer que le gustaba sentir la fuerza de la naturaleza.

Tal vez la única que, a esas alturas, podía dominar las circunstancias.

En uno de los peores momentos, en plena tempestad, los hombres se aferraron a donde pudieron y los vampiros, con rabia mal disimulada, maldijeron mirando al cielo, como si se estuviera vengando de todos ellos por cuantos horrores habían cometido.

Bêw, sin embargo, se sentía más viva que nunca.

Para asombro de un par de marineros cercanos a ella, vieron cómo, ignorando el peligro que corría, se acercaba a la barandilla.

Mientras se sujetaba con determinación, sin sentir el más mínimo miedo, observó con una sonrisa las aguas embravecidas, como si esperara encontrar respuestas en sus profundidades.

Quizás las fuerzas necesarias para no buscar una venganza bien merecida contra Dorek.

Pero aquello tendría que esperar, al menos hasta que ganaran al ejército de Abbadon.

Poco tiempo después, la tormenta cesó al fin y el barco dejó de zarandearse como una nuez.

En cuanto tuvieron algo de calma, algunos marineros se fueron a dormir, destrozados.

Incluso la mayoría de los vampiros cedió a la repentina calma.

Mientras Dagmar vigilaba la costa, ella durmió a intervalos cortos.

Sentía la preocupación del peso de la responsabilidad que había dejado Helmet en sus manos y se mantenía alerta.

Incluso se esforzó en buscar a las sombras que se decía que habitaban en aquellas costas.

Quién sabía si esos mitos eran ciertos, aunque era mejor no tentar al Destino más de lo que ya lo habían hecho.

Cuando finalmente avistaron las costas de Éire, el paisaje, de una belleza indómita, los hizo contener el aliento.

Colinas verdes, cubiertas de una bruma ligera, que las hacía parecer irreales, se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Los acantilados se elevaban como gigantes guardianes, con sus rocas oscuras azotadas por el mar enfurecido.

En la playa, los pescadores, que trabajaban junto a los barcos de remos, iban vestidos con gruesas túnicas y capas remendadas para protegerse de las inclemencias del viento.

La brisa marina traía consigo el aroma de las algas y la promesa de un peligro del que estaba segura de que no podría escapar.

Antes de desembarcar, liberaron a los marineros.

Ninguno se quejó del estado en el que se había quedado el barco gracias al generoso pago que recibieron, sobre todo el capitán.

El bote que utilizaron para llegar a tierra apenas si podía con el peso de los fornidos Drăgoi.

Antes de encallar, Bêwestan saltó con agilidad, hundiendo sus botas de cuero en la arena mojada. Sus vampiros la imitaron sin vacilar.

Ahora debían dirigirse a Whiterock. No sabía cuánto iba a llevarlos encontrar al druida Eochaid, aunque esperaba que no fuese demasiado.

Si el viejo, de alguna manera, pudiera hacerle llegar una misiva a Dorek antes de plantarse en su fortaleza, se sentiría aún más confiada.

Prefería que supiera que ella iba en su busca de forma intencionada y no que lo averiguara por haberlos atrapado como animalillos indefensos en sus tierras, como si temiera enfrentarse a él.

Eso no iba a pasar. Dado lo que ocurrió entre ellos, le exigiría tratar a los suyos con respeto. El maldito debía enterarse de una vez por todas de que ya no le tenía ningún miedo y que había llegado el momento de que cumpliera lo que le prometió.

Mientras avanzaban hacia el interior, sus sentidos se agudizaron. Sabía que ese era solo el comienzo de un largo camino. Encontrar a los skyggene sería una tarea titánica, pero estaba más que lista para enfrentarse a lo que fuera necesario. Y aún más a Dorek.

Thyra se levantó aquella mañana con la determinación de hablar con Alana de lo sucedido con Nessa.

Llevaba varios días dándole vueltas a cómo afrontarían Oskar y ella esa amenaza, que los rondaba como un maldito ladrón robándoles la poca paz de la que aún podían disfrutar mientras esperaban lo inevitable.

Tampoco comprendía por qué su tía se dejó arrastrar en el pasado por el poder que le concedían sus dones.

Estos solo le pertenecían porque ÉL así lo había decidido, y quizás tuvieran que desperdiciarse por haberse permitido creer que servirían únicamente a sus propios propósitos y no para lograr un bien mayor.

Mientras terminaba de colocarse los pantalones de cuero ajustados y la chaqueta fabricada con una ligera cota de malla en su interior, se dijo que todo se estaba complicando todavía más, si eso era posible.

Decidida a solucionar el problema, se repitió que debía encontrarla.

La Elegida había estado tan ocupada con su padre, el rey, y los vampiros en reuniones interminables que no había tenido corazón para añadirle una carga más.

Pero los días pasaban, y pronto Nîga tendría que enfrentarse a un encerramiento prolongado junto a Taiat a fin de sonsacarle cuanto sabía.

Según le había dicho su madre, Erke y los suyos ya les habían revelado las intenciones de Abbadon con respecto al joven que buscaban: un Elegido.

Es decir, el líder Ursu quería encontrar a un muchacho.

De momento, no habían averiguado por qué se habían centrado en un hombre y no en una mujer.

Tal vez el prisionero supiera algo más que había logrado guardarse para sí.

Al menos habían podido confirmar que no les mintió en el interrogatorio.

Pero aquel que llevaba semanas con los Fengsel no era cualquiera, sino la mano derecha de Rău.

Un despiadado «No Muerto» que, con seguridad, sabría esconder un secreto.

A esas alturas, intuía que su padre estaría más que dispuesto a sacárselo de una manera u otra.

De todos modos, si Abbadon había confiado a Rău algo más, ninguno de los cuatro vampiros tenía conocimiento de ello.

Menos aún, si el malnacido le había dado órdenes específicas a Taiat.

De ahí la importancia de que Nîga intentara lo imposible para que, de algún modo, el otro acabara confesándole lo que guardaba.

La princesa se sentó y comenzó a cepillar su preciosa melena rubia. Estaba perdida en aquellos pensamientos cuando Oskar se acercó a su espalda y colocó las manos en sus hombros. Ambos se miraron en el espejo apoyado en el tocador.

―¿En qué piensas, amor? ―dijo él, agachándose para darle un beso en la mejilla.

―He de solucionar lo de Nessa como sea. Hoy voy a hablar con Alana.

―¿Para qué, Thyra? ¿Es que piensas que podrá sonsacarle algo o hacerla entrar en razón?

―No lo sé, la verdad. Pero ella es la Elegida. Todos le debemos lealtad hasta la muerte. ¿Y si mi tía cambiara de parecer al verla?

―Dudo mucho de que eso vaya a suceder ―añadió negando con la cabeza―. Para mí, Nessa ha perdido el juicio por completo y no creo que vaya a recuperarlo.

―Lo sé, Oskar ―respondió exasperada―. ¡Pero no se me ocurre otra cosa! No perdemos nada con intentarlo. Eso sí, informaré a mi padre. No vamos a colarnos en territorio Fengsel sin su conocimiento. Sabes que eso nunca se me ocurriría hacerlo.

―Y yo te lo agradezco. ¿Cuándo quieres que vayamos a verla? ―La miró, levantando las cejas.

Ella frunció los labios ligeramente.

―Mmm… ―vocalizó despacio al tiempo que pensaba cómo decirle lo que tenía en mente.

―¿Es que no quieres que vaya contigo? ―dijo sorprendido mientras esperaba su respuesta.

―No es eso. Bueno… ―Resopló, dándose por vencida―. Verás, por un lado, claro que quiero que vengas. Esto te afecta tanto como a mí, ¡se trata de nuestro futuro hijo!

―Sí, aunque hay un «pero», ¿verdad? ―agregó, volviendo a clavar su mirada en ella.

―Oskar, creo que solo debemos ir las tres. Alana, Nîga y yo.

―¿Por qué? ―preguntó, separándose de ella mientras dibujaba una mueca de disgusto antes de acabar de ponerse las botas.

Thyra se giró en la silla hacia él antes de proseguir.

―No es que quiera apartarte de esto…

―Pero lo haces.

―No es eso. ―Clavó sus preciosos ojos verdes en los de su ektemann ―. Es algo que me dicen que tiene que ser así.

El joven Isaksen comprendió la importancia de sus palabras y la grandeza que había tras ellas. Volvió a acercarse y se agachó, apoyando las manos en sus muslos.