Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 20. NO EXISTE MAYOR… HONOR #2
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20. NO EXISTE MAYOR… HONOR #2

Alana se miró las manos y formó una leve sonrisa.

León, que aún no se había puesto en pie, la miró con los ojos anegados de lágrimas rosadas mientras en su mente solo era capaz de formar una palabra, que no se atrevió a pronunciar.

Sabía que ella ya había curado a varios enfermos, incluso le salvó la vida al príncipe cuando fue atacado; pero acababa de presenciar la imposición de sus manos y, al igual que Lázaro había vuelto a la vida, a Nîga y a los cuatro vampiros se les había separado del mal para siempre.

Y eso, para León, había sido un verdadero «milagro».

Ella lo miró y él se puso en pie, secándose los ojos.

―Porque toda ayuda es poca, Thyra ―le aclaró. Después, se dirigió a los vampiros, incluido el párroco―. Disfrutad del regalo que se os ha vuelto a otorgar. Ahora necesito descansar. Eirik ―dijo, mirándolo con satisfacción―, os agradezco vuestra presencia y apoyo.

―Para mí y los míos es un privilegio serviros.

―Alana ―susurró Nîga, acercándose a ella―, ¿somos libres de verdad? ―Miró a Thyra, después a Erke y volvió a la Elegida.

―Todos lo sois.

―¿Es cierto que el dios de los cristianos…? ―Soren no pudo retener aquella pregunta.

―Mørket os mintió. Siempre ha envidiado el libre albedrío que ÉL les concedió a los humanos. Es un alma descarriada y arrastró consigo a muchos, que no dudaron en unirse para vengarse. La paciencia de Dios es infinita; pero, tarde o temprano, tendrá que responder por sus acciones.

―No soy capaz de asimilar lo que habéis hecho ―intervino Erke―.

Solo puedo daros las gracias por… ―Le fue imposible acabar la frase―.

Desde que nos escapamos, jamás imaginé que encontrar a los errantes nos otorgaría tantas bendiciones.

Creo que hablo por todos cuando os digo que, pase lo que pase, siempre estaremos a vuestro lado.

Sus capitanes asintieron, mostrando con ese gesto que pensaban lo mismo que él.

―Al mío no, Erke, al Suyo ―sonrió la inglesa, sintiendo una paz infinita―. En los próximos días, comenzaremos un entrenamiento que pondrá al límite vuestra resistencia. Aunque todo me será revelado a su debido tiempo. Por ahora, disfrutad de cuanto se nos ha obsequiado.

Los vampiros se inclinaron ante ella y después repitieron el gesto con Eirik antes de salir de la tienda principal. Nîga, a la que había dejado de retenerla su naturaleza vampírica, se acercó a Alana y la abrazó sin más. De pronto, miró a Thyra y estiró el brazo para que se uniera a ellas.

―No tengo palabras… ―susurró a punto de llorar.

Eirik se sintió sobrecogido al presenciar aquella unión entre las tres.

Se fijó en León y en cómo las miraba. El párroco, que tanto había esperado para enseñarle a Alana los conocimientos que le habían sido transmitidos, se sintió un poco inútil porque la sangre de Cristo parecía mostrarle cuanto necesitaba en el momento justo en el que lo precisaba.

Viéndolas juntas, el corazón le dio un vuelco al pensar en la diversidad del número tres y en su simbología en la Biblia: la perfección, la integridad y la unidad de la naturaleza divina.

Tal vez aquella empresa en la que se habían visto forzadas a participar fuera demasiado exigente para tres simples muchachas. Estaba convencido de que ninguna hubiese querido ser partícipe, pero todas habían acudido sin pensárselo dos veces al haber oído, por la Gracia de Dios, «la llamada».

―Fe, Nîga, acabas de encontrar la fe ―dijo Thyra.

―Fe… ―repitió ella, a la que le llegó el significado de aquellas dos simples letras que unidas formaban un «todo».

―Bienvenida ―añadió Alana, cerrando los ojos.

Estaban un paso más cerca de lograr un imposible, pero aún quedaba demasiado lejos el pacto de la noche que cambiaría ese Destino que se empeñaba en complicar sus vidas a cada paso.

Aunque, después de todo, quizás no faltara tanto.

Tras salir de la reunión, los cuatro Ursu, por primera vez desde que fueron convertidos, sintieron el verdadero olor que desprendía el bosque.

Tierra removida por pisadas, leña recién cortada, antorchas encendidas y decenas de hogueras donde grandes piezas eran asadas con esmero para alimentar a cientos de errantes.

Un poco más lejos, la sangre de aquellos animales sacrificados estaba siendo recogida y guardada con cuidado para que ellos pudieran continuar resistiendo.

Esa noche, sin duda, el ambiente era distinto.

Lo sentían cargado de un fervor especial.

Incluso el aire, que respiraron sin saber por qué, les pareció que susurraba palabras de consuelo para ayudarlos en aquella transformación.

Tal vez Alana tuviera razón, y debía tenerla, porque ahora pensaban que esa reunión les había devuelto parte de quienes habían sido en el pasado.

Desde tiempos inmemoriales, se habían visto sumidos en una existencia de oscuridad; sin embargo, la sensación de libertad que ahora los envolvía les pareció casi un sueño.

Intercambiaron miradas incrédulas mientras la verdad se asentaba en sus almas.

Un leve temor por perder lo que se les había regalado los sobrecogió al mismo tiempo.

―No puedo creer que ya no sienta esa conexión ―murmuró Bahoz con voz entrecortada.

―Es como si el peso de todos estos siglos se hubiese desvanecido sin más ―añadió Soren, dejando escapar un suspiro que le sirvió para liberar parte del dolor acumulado en su interior.

―Es una nueva oportunidad, hermanos ―reconoció Erke―, y os juro que yo no pienso desaprovecharla.

―Os lo creáis o no, siento la necesidad de regresar a mi verdadero hogar ―soltó Ejder con vehemencia―, pero ¿qué sería de vosotros sin mí? ―bromeó lo mejor que pudo para relajar un poco la situación.

―No sé qué vais a hacer vosotros, pero yo pienso pasar lo que me quede de existencia con Nîga ―aseguró el segundo de Abbadon.

Los tres lo miraron sorprendidos. Soren, que era el único que conocía su secreto, por haberlo compartido con los otros dos; y, los estos, porque acaban de descubrir que su general no era tan solitario como pensaban.

―¿Nîga y tú…? ―preguntó Ejder. Él asintió―. Es… sorprendente.

―¿Por qué?

―Vamos, Erke ―intervino Bahoz―. ¡Es una… Drăgoi!

―¿Es que no os dais cuenta? ―sonrió―. Ya no somos Ursu. Ya no le pertenecemos a Abbadon. Sí, su ponzoña sigue dentro de nosotros, pero no podrá reclamarnos.

―Aún me resulta muy difícil creer que eso no vaya a pasar. ―Soren lo miró con una expresión que mostraba su preocupación―. Él piensa que estamos buscando a Taiat. En cuanto comience la guerra…

―No, amigo mío. Al no acudir a su «llamada», pensará que hemos muerto ―dijo el general, convencido.

Oskar e Yngvar, extrañados de verlos allí, se acercaron para saber por qué esperaban fuera de la tienda del rey.

―¿Ha acabado ya la reunión? ―preguntó el de la casa Knutsen.

Erke lo miró y sonrió al recordar aquellas jornadas en las que estuvieron siguiéndolo por el bosque junto a Vidar y la patrulla.

―Así es.

―¿Esperáis a alguien? ―insistió al comprobar que no se movían.

―A Nîga ―aclaró el vampiro.

―¿Por alguna razón? ―Oskar no disimuló su incomodidad.

En ese momento, las tres jóvenes aparecieron junto al padre León. Alana le aseguró que buscaría un hueco para poder hablar con él en cuanto le fuera posible. El párroco, antes de despedirse, le reiteró que estaba deseando volver a ver a su familia. Sobre todo, al pequeño y revoltoso Wade.

Oskar se acercó a Thyra y le ofreció la mano, ella la aceptó al momento. Yngvar miró a Alana del mismo modo que Erke a Nîga.

―¿Qué tal ha ido? ―preguntó el joven Knutsen.

―Ha sido liberador ―dijo la Elegida, sonriendo.

La princesa, que sabía que lo que había ocurrido esa tarde era algo digno de comentar y no olvidar jamás, propuso que fuesen a cenar juntos.

A Alana le pareció una gran idea. Nîga miró a Erke y asintió, pero los capitanes prefirieron retirarse.

Confiaban en que su general les contaría luego; no obstante, prefirieron celebrar la liberación a su manera.