Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 20. NO EXISTE MAYOR… HONOR
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20. NO EXISTE MAYOR… HONOR

E n el último instante, Alana dejó que Thyra encabezara el grupo.

Al entrar, se encontraron con que el rey estaba hablando con Vidar y Gudrun acerca de que era necesario despejar una zona de árboles caídos para agrandar el campo de entrenamiento.

Mientras tanto, León y los Ursu les daban la razón con gestos serios, mostrando así su conformidad.

Alana, nada más cruzar la mirada con el párroco, fue directamente hacia él, emocionada de verlo.

―¡Padre! ―dijo, cogiendo sus manos.

―Alana… ―Acabó abrazándola, olvidando por un momento la sangre que llevaba la joven en sus venas.

Ella lo rodeó con sus brazos, mostrándole el cariño que sentía por él desde que era una niña. Llevaban demasiado tiempo sin verse para lo que estaban acostumbrados.

―¿Cómo te encuentras? ―le preguntó preocupado. A sus oídos había llegado la noticia de que había regresado al castillo―. ¿Viste a…?

―Ahora no quiero hablar de él. Pero te aseguro que no han sido unos días fáciles.

―¿Por qué? ―agregó, desconociendo el motivo.

―Te lo contaré en otro momento ―prometió, mirándolo a los ojos―. Al menos ahora estoy más tranquila porque mis padres y Wade ya están en el campamento.

―Te comprendo, hija. Reconozco que últimamente no he tenido mucho tiempo, pero intentaré por todos los medios ir a verlos mañana.

En realidad, León llevaba varias semanas inmerso en aprender las técnicas más complejas de curación de los errantes.

Eirik había ordenado a Unne que lo instruyera, y ella no había tenido más remedio que aceptarlo bajo su ala para enseñarle cuanto sabía.

Dado quién era él y lo que significaba para la Elegida, debía conocer hasta el último remedio.

De ello podría depender la vida de Alana y la victoria.

El líder errante estaba convencido de que no se despegaría de ella en la batalla.

Ahora con más razón, al haber sido convertido en un ser cuasiinmortal.

―Puedo confirmarte que lo están deseando ―dijo sonriéndole―. Ahora debemos comenzar.

―Por supuesto, Elegida.

Alana asintió y caminó hacia Eirik, que se mantenía expectante junto a los generales, esperando a que ella se pronunciara.

Lo cierto era que el rey no veía la necesidad de que los vampiros estuvieran en esa reunión.

Por un lado, incluso podría llegar a entender la presencia de León.

Además, hacía años que lo conocía. Debía admitir que, pese a los muchos días que llevaba entre ellos, apenas había dispuesto de tiempo para hablar de algo que al párroco le urgía explicarle.

Tenía esa conversación pendiente con él, y León se la había pedido en varias ocasiones.

Los últimos acontecimientos no le habían permitido dedicarle ni un instante.

Daba la sensación de que estaba dándole largas, así que se propuso encontrar un momento para poder aclarar lo que fuese que a León le parecía tan importante.

Por otro, la presencia de Nîga no le molestaba tanto como la de los Ursu.

Con todo, tenía que reconocer que los cinco habían mostrado una actitud ejemplar ayudando sin quejarse en cuanto se les había pedido, acatando sus órdenes y las de sus errantes.

El rey sabía que muchos humanos no habrían reaccionado de tal manera, así que no tenía dudas sobre que aquellos, que le habían pedido asilo de rodillas sin titubear, realmente se sentían muy agradecidos por encontrarse bajo su protección.

―Alana… ―Se inclinaron los errantes ante ella.

―Eirik ―asintió―, Vidar, Gudrun ―se giró sobre sí misma―, León, Nîga, Erke, Soren, Bahoz, Ejder… Os agradezco de corazón vuestra presencia.

Ellos también bajaron la cabeza como signo de respeto hacia la muchacha que les estaba hablando al suponer que se trataba de alguien muy importante para los errantes.

―Decidme, ¿qué requerís? ―preguntó el rey, que aún no entendía el motivo de tenerlos allí a todos.

―No soy yo la que necesita ayuda, sino aquellos cuyas vidas aún están sujetas por un hilo invisible a sus creadores.

Por lo que tengo entendido, León es libre.

El vampiro que lo transformó murió aquel mismo día, proporcionándole la posibilidad de tener una existencia alejada de la llamada de la sangre; pero Nîga y ellos no cuentan con esa ventaja.

―Lo sabemos ―respondió Eirik―. Erke me ha pedido que, cuando comience la guerra entre Abbadon y Helmet, los encarcelemos para no verse obligados a partir.

―Realmente es admirable que hayáis sido capaz de pedirlo. Estoy segura de lo mucho que os va a costar negaros a obedecer.

―Lo siento ―dijo Erke, algo perdido al ver que esa humana se dirigía a todos como si estuviera por encima del mismo rey―, no os conozco.

―Bueno, Erke, segundo general de Abbadon. Hijo de Askar y Nínive, y hermano menor de Bălan. Yo sí os conozco.

Él miró a sus capitanes, que negaron al mismo tiempo.

Estos ignoraban los nombres de sus padres, por lo que era imposible que la joven los hubiera averiguado a través de ellos.

Hacía miles de años que no había pensado en su vida humana, y ahora la inglesa le había devuelto los recuerdos del pasado junto con el dolor de su pérdida.

―¿Cómo sabéis sus nombres…? ―agregó, sintiendo un nudo en la garganta.

―Preguntadme en otro momento ―dijo, mirando a los otros tres, dándoles a entender que también se los revelaría si eso era lo que querían.

―¿Por qué estamos aquí? ―preguntó Soren con brusquedad. Quería terminar con aquella reunión que había logrado ponerlo nervioso.

―Para que os libere. A todos. No puedo devolveros la vida, pero sí hacer desaparecer el yugo que os une a vuestros amos.

―¿Qué estás diciendo, Alana? ―Nîga se acercó con los ojos fijos en los suyos, perpleja por lo que acababa de oír.

―Que puedo romper los lazos de sangre.

―Muchacha ―intervino Bahoz―, eso ni el mismo dios de los cristianos podría.

Una cálida sonrisa iluminó su rostro, envolviendo el momento en una calma inesperada. Eirik avanzó un paso hacia ella, incapaz de creer que eso fuera posible. Gudrun y Vidar se miraron, dudando también de que pudiera cumplir lo que estaba diciendo.

―¿Estáis segura de lo que…? ―El rey no logró acabar la frase porque ni él mismo confiaba en que tuviera tal don.

Ella cerró los ojos y se llevó ambas manos al corazón. Sabiendo que todos estaban esperando una respuesta, solo dijo:

―No existe mayor honor…

La energía invisible que desprendía impactó de lleno contra los errantes, que terminaron de rodillas al sentir Su gracia. El padre León pareció notarlo al mismo tiempo, y acabó en el suelo con la cabeza gacha y el corazón sobrepasado por ser testigo.

Nîga miró a los Ursu, quienes mostraron sus manos en señal de no entender por qué habían actuado así.

―Alana, ¿qué ocurre? ―preguntó con cierto temblor en la voz.

―ÉL os está pidiendo lealtad. Es una prueba de fuego. Si en vuestras almas existe el más mínimo resquicio de arrepentimiento, os liberará.

La Drăgoi se dejó caer con el rostro contraído por la necesidad de no pertenecer nunca más a Helmet.

―Lo he oído miles de veces; pero, por primera vez, lo digo de corazón: hágase en mí Su voluntad ―susurró.

―Ursu ―dijo Alana bajando la mirada, pidiéndoles en silencio que imitaran al resto.

Ellos, incapaces de captar el verdadero significado de lo que les estaba ofreciendo, dudaron un instante.

―Nosotros no… no tenemos fe, muchacha ―se disculpó de alguna manera Erke por todos.

―Pero deseáis alejaros del Mal, ¿no es cierto?

―Más que nada.

―Si eso no es tener fe en que vuestros corazones pueden cambiar, ¿qué es entonces?

―Os llamáis Alana, ¿verdad? ―preguntó Soren.

―Así es.

―Yo soy Soren. Alana, siento deciros que, por mucho que nos arrepintamos, no podemos deshacer los horrores que hemos cometido.

―¿Y renunciar a los que vendrán? ―Los miró a todos de tal forma que parecía que su aura era capaz de atravesarlos.

―Eso lo hicimos el día que abandonamos el campamento de Abbadon ―aseguró Erke.

―Entonces, vampiros, arrodillaos. Cerrad los ojos y permitid que ÉL forme parte de vosotros.

Los cuatro se miraron antes de fijarse en Nîga, que parecía estar dispuesta a caminar sobre el fuego por aquella chica.

El general Ursu, completamente enamorado de ella, se dejó caer exactamente igual que la vampira había hecho antes.

Soren, Bahoz y Ejder, quien no había dicho nada aún porque la situación escapaba de su entendimiento, imitaron al resto, que ya estaba de rodillas.

―Nacisteis como humanos ―comenzó Alana de forma solemne, como si aquellas palabras fuesen puestas en su boca para deshacer algo oscuro y prohibido―.

Hombres y mujeres a Su imagen y semejanza.

Os arrebataron la vida para ataros a las tinieblas, pero ÉL hace mucho que os perdonó y hoy os devuelve parte de aquello que siempre debió perteneceros: vuestra libertad.

Se acercó a ellos e impuso sus manos a cada uno en la frente mientras decía una y otra vez: «No existe mayor honor…

». Los cinco sintieron como si una cuerda invisible se partiera en dos, dejándolos en la más pura soledad, aunque con una sensación de haber recuperado parte de su ser.

Esto los hizo desestabilizarse hasta tal punto que no tuvieron más remedio que apoyar las manos en el suelo, aceptando la independencia que acababan de recuperar.

Todos la miraron incrédulos. Incluso Nîga se llevó las manos a la altura del corazón, conmovida al sentir que el tirano de Helmet ya no podría reclamarla nunca más.

―En pie, por favor ―pidió Alana.

Errantes y vampiros lo hicieron al instante por devoción, no por verse obligados.

―No… no siento su asqueroso aliento ―habló por primera vez Ejder, quien también se frotó el pecho, consternado por no notar aquel cabo invisible al que llevaba siglos atado.

―¿Cómo es posible? ―balbuceó Thyra.